Para sobrevivir tuve que convertirme en mujer
Cuando abrió la bolsa encontró un sujetador color burdeos y una nota: «Familiarícese con las sensaciones. Mañana empezamos en serio». No había vuelta atrás.
Relatos de encuentros y experiencias trans
Cuando abrió la bolsa encontró un sujetador color burdeos y una nota: «Familiarícese con las sensaciones. Mañana empezamos en serio». No había vuelta atrás.
Pocas veces mando fotos: es peligroso. Pero ese chico me dio confianza, y entre medias negras y mensajes a medianoche me convertí en la protagonista de su mejor fantasía.
Esa madrugada me puse la falda, las medias y los tacones que escondía en el armario. No sabía que, al otro lado del rellano, alguien había estado mirando.
—Hoy solo vamos a cuidarte —susurró, y entendí que después de ser su puta toda la noche, ahora me tocaba volver a ser su chica.
Solo quedaba un nombre en su lista de pacientes, y cuando lo llamó no imaginaba quién iba a cruzar la puerta de su consulta esa tarde.
Me depilaba entero, me ponía medias y ligueros a escondidas. Nunca imaginé que un congreso de la empresa terminaría conmigo entregado a otro hombre.
Adrián entró a esa oficina como analista senior y supo, por la sonrisa de la directora, que saldría siendo otra cosa: algo bonito, dócil y sin nombre propio.
Amarrada en su sillón, con el vestido de princesa y la cara pintada, escuché que golpeaban la puerta. Y entendí que esa noche dejaría de ser solo suya.
Llevaba años poniéndome lencería a escondidas. Esa semana, lejos de casa, decidí averiguar qué se sentía hacerlo de verdad, en la cama de un desconocido.
Cuando dejó caer la bata entendí que mi vecina perfecta guardaba mucho más de lo que cualquiera imaginaba, y que esa noche yo ya no quería volver atrás.
Esa madrugada, cuando arrancó la sábana de un tirón, supe que ya no había nada que disimular: él lo sabía, y yo quería que lo supiera.
Tendía la ropa de madrugada, helada y aburrida, cuando algo en el silencio del patio me encendió por dentro y ya no quise parar.
Cuando el técnico arregló mi computadora creí que todo había terminado. No sabía que ya conocía a Marina, mi secreto mejor guardado, y pensaba usarlo en mi contra.
Estaba junto a la escultura de bronce, con un vestido negro que parecía enamorado de su cuerpo, y me miró sin pudor, como si ya supiera lo que íbamos a hacer esa noche.
Cuando bajé del coche vestida de marinera, los seis amigos de mis hermanos silbaron sin saber todavía cuál era mi secreto ni lo que estaba a punto de hacer por el festejado.
Lo conocí tímido y frágil, cuando se llamaba Tomás. Diez años después cruzó la puerta en minifalda, con una sonrisa que prometía arruinarme el verano.
Pensé que sería una tarde tranquila frente a la tele, hasta que el pie descalzo de mi hermanastra empezó a subir por mi muslo y una pregunta lo cambió todo.
Salí de casa con la tanga roja puesta y el corazón acelerado: mi tío jamás me citaba en día de descanso, y yo ya sabía a qué iba en realidad.
De pie frente a ellos, solo con el conjunto de encaje rosa, esperé la orden. La bolsa con el vestido pesaba en mis manos, y yo ya temblaba antes de que todo empezara.
Sorbía su gin tonic cuando dos hombres se sentaron a su lado y le hablaron de una película. Para cuando terminó la copa, ya había firmado.