Lo que hice en la fiesta de fin de año delante de todos
Me apunté a última hora a una fiesta en el campo donde nadie tenía pareja y mandaba una sola regla: lo que pasara esa noche, se quedaba allí. No imaginaba hasta dónde llegaría.
Me apunté a última hora a una fiesta en el campo donde nadie tenía pareja y mandaba una sola regla: lo que pasara esa noche, se quedaba allí. No imaginaba hasta dónde llegaría.
Llevábamos semanas rozándonos en los pasillos sin atrevernos a nada. Esa noche me cansé de esperar, me quité la sudadera frente a su puerta y le dije lo que quería.
Lo deseábamos los dos desde la primera clase, pero nunca imaginamos que sería él quien nos pediría que eligiéramos entre olvidarlo o mudarnos a su casa.
Salimos de las duchas envueltos en toallas cortas, temblando de frío. En el jacuzzi nos esperaban dos desconocidos que sonreían como si acabaran de encontrar la cena.
Subí las escaleras detrás de él oliendo su colonia, sin saber que sus compañeros volverían dos horas antes de lo previsto.
La llave giró en la cerradura a las dos de la madrugada y yo seguía debajo de él, sin intención de taparme. Cuatro pares de ojos me miraron desde la puerta.
Casi las nueve de la noche, el campus vacío y una mochila olvidada en los lavabos. La abrí solo para buscar al dueño. Lo que había en el fondo lo cambió todo.
El cabecero de su cama golpeaba la pared a un ritmo constante, y yo, despierto en la oscuridad, ya no podía fingir que aquello no me importaba.
Llevaba semanas fingiendo que no notaba sus miradas, sus piernas abiertas en el sofá, los bultos que marcaba a propósito. Esa noche volví antes de la cuenta y dejé de fingir.
Estábamos solos en la sala de pesas cuando se quitó la camiseta y me dijo que tocara. No imaginé hasta dónde llegaríamos al cerrar la puerta del vestuario.
Le ofreció una copa con una sonrisa traviesa y un guiño, y en ese instante el profesor supo que la distancia entre ellos dos estaba a punto de desaparecer.
Llevaban toda la vida siendo inseparables, pero esa tarde, solos en el sofá, ninguno de los dos quiso fingir que aquel beso había sido un accidente.
Su mano subió desde mi rodilla hasta el muslo sin prisa, como si supiera de antemano que yo no iba a apartarla. Y no la aparté.
Llevaba meses fingiendo que no se me iban los ojos cuando salía del baño en calzoncillos. Esa Navidad, solo en el piso, abrí la bolsa de su ropa sucia.
Diez minutos de pausa, un videojuego de fútbol y una apuesta absurda bastaron para que todo lo que Bruno creía saber de su amigo se viniera abajo en una tarde.
Bastó que ella me encontrara de rodillas junto a su cama para que la amistad se rompiera y empezara otra cosa: obedecer cada uno de sus caprichos sin rechistar.
Cuando me agarró del brazo a la salida, entendí que no buscaba una disculpa. Buscaba un esclavo, y yo ya estaba de rodillas antes de que lo pidiera.
Llevaba semanas admirando sus pies desde la última fila. El día que se quitó las sandalias y me clavó la mirada, supe que ya no había vuelta atrás.
Me costó tres meses de paciencia llegar hasta el sofá de Mariana, quitarle las zapatillas despacio y descubrir si de verdad le importaba que yo no pudiera dejar de mirar sus pies.
Subió descalza al autobús con las zapatillas en la mano y, al fondo, un desconocido no podía apartar los ojos de sus pies desnudos sobre el asiento.