Me entregué a mi amo atada frente a desconocidos
Me senté en esa silla a fingir una emergencia, pero bajo el top sin sujetador mi cuerpo solo obedecía a una voz que no estaba en la sala: la de mi amo.
Me senté en esa silla a fingir una emergencia, pero bajo el top sin sujetador mi cuerpo solo obedecía a una voz que no estaba en la sala: la de mi amo.
Volví de la barra con una cerveza en la mano y la vi bailando con él. No pasó nada… ¿o sí? La pregunta se me clavó y, para mi vergüenza, también me excitó.
Prometí que solo contaría cosas reales, así que les cuento cómo mi mamá descubrió a mi novio mayor… y cómo, sin querer, terminé descubriendo a qué se dedicaba ella de verdad.
Recién salida de la ducha, me miré al espejo y entendí que no podía seguir esperando. Tomé un papel y empecé a anotar todo lo que llevaba años deseando hacer y nunca me animé.
Las dóminas los estrujan, anillan, queman. Nosotras apenas lamemos. La primera vez que miré unos de cerca fue en un piso de estudiantes, mucho antes de arrodillarme ante nadie.
A los ochenta y siete años creía haberlo oído todo. Entonces ella se arrodilló al otro lado de la rejilla y empezó a contarme lo que hacía cuando su marido viajaba.
Odio los baños públicos desde siempre, pero ese día no me quedó opción. Lo que no imaginé fue lo que encontraría al volver corriendo por el teléfono que olvidé sobre el depósito del agua.
La primera vez que la oí al otro lado del tabique me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, fingiendo que dormía mientras ella creía estar completamente sola.
Subimos a tender la ropa con cualquier pretexto. Entre los tanques de agua de la azotea descubrí que ella estaba tan impaciente como yo por dejar de fingir.
Encontré sus braguitas en el suelo del pasillo, con una nota encima. A partir de esa noche, los dos jugamos a un juego del que ninguno quería salir.
Aquel jueves no tenía clases y la mañana era mía. Abrí el agua, cerré los ojos y me dejé llevar... sin imaginar que unas botas aparecerían en la ventana.
Sabía que él me deseaba desde hacía meses, y yo no iba a parar hasta tenerlo en mi cama. Lo que no calculé fue quién nos descubriría después.
Nunca había olido el deseo de otra mujer hasta esa tarde, de pie en el pasillo, con la prenda empapada de mi compañera entre las manos y el pulso desbocado.
Empezó con un tobillo torcido en la cancha y terminó muchas semanas después, una noche en que su casa quedó vacía y ya no hubo motivos para frenar.
La vi por primera vez animando desde las gradas, con el pelo mojado y esa risa fácil. Diez días después, detrás del frontón, me enseñó algo que nunca olvidé.
Habíamos quedado para repasar los finales, pero a las seis los libros ya estaban cerrados y nadie se quería ir. Lo que vino después todavía me acelera el pulso.
Todos en la facultad sabían cómo era yo, y al vigilante de la entrada le bastó una sonrisa para entender que esa tarde, después del aseo, no me iría tan rápido.
Llevaba quince años viuda y dormida para el sexo. Entonces aquel hombre, casi veinte años menor, me miró los labios y supe que la mañana no terminaría en los apuntes.
Todas mis compañeras suspiraban por él, pero ninguna sabía lo que yo escondía bajo el uniforme masculino que el mundo me obligaba a usar.
Nunca fuimos amigas, pero ella me miraba con desprecio cada vez que su novio se quedaba observándome de más. Y yo decidí darle una razón de verdad para odiarme.