El verano en que me descubrieron mirándome
Cerré la ventana del baño para no repetir el error, pero cuando golpearon el vidrio supe que él también había pensado en mí toda la noche.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Cerré la ventana del baño para no repetir el error, pero cuando golpearon el vidrio supe que él también había pensado en mí toda la noche.
Cuando cerré la persiana, ella ya sabía que la estaban mirando y, en vez de asustarse, me pidió que no encendiera todas las luces.
La segunda vez no salió de la sombra para gritar ni para huir: salió con el vestido abierto y dijo que llevaba semanas esperándome.
Cuando vi cómo él se le pegaba por detrás en el ascensor, supe que ese apartamento escondía algo que no iba a poder dejar de mirar.
Creí que solo íbamos a besarnos después de la fiesta, hasta que vi a otra mujer desnudándose a pocos pasos y decidí no echarme atrás.
Cuando vi apagar las luces de la casa de campo, supe que esa noche no iba a dormir: iba a mirar cada segundo en silencio.
Llevaba meses mirándola por la ventana, pero el día que llamó a mi puerta entendí que ella también llevaba tiempo esperándome.
Cuando vi al corredor detenerse frente a la puerta abierta, supe que no íbamos a parar; ella ya estaba demasiado caliente para fingir pudor.
Empezó con besos por una apuesta tonta, pero cuando vi a mi novia abrirse de piernas delante de todos, supe que la noche ya no tenía vuelta atrás.
Nadie en la universidad imaginaba lo que hacía al salir de clase, y mucho menos lo que ocurría cuando su marido no estaba.
Creí que solo iba a espiarlas desde la toalla, pero cuando una de ellas me sostuvo la mirada supe que ya no estaba mirando yo solo.
Ella creía estar sola en su cala privada. Yo, escondido tras las dunas, aprendí de memoria cada curva de su cuerpo antes de que las olas la vistieran de nuevo.
Mi novia se quitó el bikini delante de nuestros amigos y, cuando vi cómo la miraban, supe que esa noche iba a follármela con otra hambre.
Me presenté sin avisar, vestida para provocar. Lo que no imaginaba era que el hermano de mi novio aprovecharía cada segundo que pasamos a solas.
Cada vez que íbamos a esa casa, mi marido encontraba un rincón para pararme, bajarme la ropa y susurrarme al oído el nombre de Damián mientras sacaba el móvil.
Cuando bajé las escaleras del bar, supe que aquel hombre me miraba sin disimulo. Y lo peor era que yo, con cada paso, quería que mirara más.
Me fascina mirar y que me miren. Esa noche en la arena, con Ingrid desnudándose frente a mí bajo la luna, lo entendí del todo por primera vez.
Salí de casa sin ropa interior, con la cámara de mi marido apuntándome. Él no buscaba el paseo: buscaba que alguien me viera y se quedara con las ganas.
Me quedé pegada a la pared del pasillo, conteniendo la respiración. Al otro lado de la puerta, las dos voces que menos esperaba escuchar juntas se buscaban en la penumbra.
No me pidió que parara. Me pidió un sitio detrás de la puerta entreabierta, en silencio, para mirar lo que él ya no sabía darle a su propia mujer.