Lo que vi en el pasillo del tren nocturno
La vi al subir y supe que no iba a dormir. Lo que no imaginé es que la espiaría desde las sombras del entrevagón mientras otro hombre la tomaba contra la ventana.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
La vi al subir y supe que no iba a dormir. Lo que no imaginé es que la espiaría desde las sombras del entrevagón mientras otro hombre la tomaba contra la ventana.
Se me cayó el celular al agua y tuve que usar el de mi madre. Nunca imaginé que un chat guardado me mostraría quién entraba a casa cuando yo no estaba.
Salgo al jardín casi desnuda porque sé que él me observa tras las cortinas. Hoy he preparado algo especial para mi mirón favorito.
Volvimos de las vacaciones y mi marido seguía con la misma idea fija: ofrecerme a otro hombre y quedarse mirando. Esa noche, por fin, lo dejé disfrutar del espectáculo.
Le pasé el teléfono para que viera las fotos de las vacaciones, sin recordar lo que había unas pantallas más adelante. Su cara cuando llegó allí lo cambió todo.
La primera mano en mi culo me asustó. La segunda la estuve esperando toda la noche, agachándome más de la cuenta para que volviera a pasar.
Treinta años de amistad y nunca había pasado nada. Hasta que un grifo reventó, la camiseta se le pegó al cuerpo y me dijo: «Quítate la ropa».
No nos exhibimos para que nos vean: simplemente dejamos de escondernos. Y si una persiana se mueve al otro lado del seto, ella sonríe y abre un poco más las piernas.
Apagué la luz de la terraza y me quedé inmóvil, fumando, mientras al otro lado del cristal ellos empezaban sin disimulo. Y supe que querían que mirara.
Escondí mis prendas por todo el terreno y me juré recuperarlas antes del quinto orgasmo. El claxon de aquel auto detenido frente a la reja lo cambió todo.
Yo solo quería ver hasta dónde llegaba mi mujer con esos dos chicos. Me encendí un cigarro y me quedé quieto, mirando cómo empezaba el juego.
«Hoy quiero que nos masturbemos mientras nos miramos», me dijo dentro del coche. No esperaba eso, pero la idea de mirarla sin tocarla me encendió de golpe.
El traqueteo del autobús medio vacío me encendió, y cuando bajé la mano bajo la falda no imaginé que alguien al otro lado del pasillo no me quitaría los ojos de encima.
Empezamos el día con una apuesta tonta y lo terminamos en la habitación de unos desconocidos, con un teléfono grabándolo todo.
La puerta estaba apenas junta y dentro alguien repetía que sí, que sí. No debí mirar, pero me quedé clavado en el pasillo, conteniendo la respiración.
Cada mañana observaba a la gente desde su mesa del café, sin imaginar que un hombre de traje la estudiaba a ella, ni el trato silencioso que iba a proponerle.
Él hablaba de ella con un orgullo extraño, como quien enseña algo que quiere que le envidien. Tardé media tarde en entender qué buscaba realmente ese hombre.
Bajé al baño a medianoche y la puerta entreabierta me reveló algo que jamás imaginé: mi madre, a la que creía dormida, no estaba sola en la ducha.
Pensaba que aquellas fotos eran solo mías, hasta que ella contó hasta cinco frente a los barcos y se levantó el vestido sin avisar.
Cuando salió del agua y vi que la tela se le pegaba al cuerpo sin esconder nada, entendí que ese día íbamos a ser el centro de todas las miradas.