Mi vecina se masturbaba y mi mujer me sorprendió mirando
Llevaba todo el día sin ganas de nada. Hasta que al encender la caldera vi a la mujer del edificio de enfrente caminar casi desnuda por su cocina, ajena a mi mirada.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Llevaba todo el día sin ganas de nada. Hasta que al encender la caldera vi a la mujer del edificio de enfrente caminar casi desnuda por su cocina, ajena a mi mirada.
Podía aguantar perfectamente, pero no quería. Bajé del coche, dejé la puerta entornada y esperé a que los faros de la carretera me encontraran en cuclillas.
Subió al estrado vestida mientras las demás ya estaban casi desnudas, y supe que esa noche iba a perder por completo la vergüenza delante de todos.
Tenía la ventana abierta y la mano donde no debía cuando escuché su voz a tres metros. Cuando abrí los ojos, ella ya me estaba mirando.
Empezó frente a una webcam, a oscuras y a salvo. Pero esa tarde, en la playa del pantano, no había pantalla: solo mi cuerpo, el sol y los ojos de hombres que no apartaban la vista.
Pasé al centro de la rueda creyendo que controlaba la situación. No sabía que el short se iría metiendo poco a poco hasta dejarme casi sin nada delante de todos.
Me senté en penumbra, decidida a no tocar a nadie y solo observar. Pero mis dedos tenían otros planes mientras la veía entregarse a dos hombres a un metro de mí.
Cuando empecé a provocar a Diego dentro de la carpa, Camila tenía los ojos cerrados. Pero su mano ya se movía bajo la bolsa de dormir, y supe que no estaba dormida en absoluto.
Ella se subió el vestido, me miró con una sonrisa y empezó a tocarse para el camionero que circulaba a nuestro lado. Apenas era el comienzo de un viaje que no olvidaría.
A ciento cincuenta metros de mi sombrilla, ella lo acariciaba sin disimulo. Supe que volvería por las dunas para no perderme nada de lo que vendría después.
Solo quería respirar lejos del humo y las bromas. Jamás imaginé que, desde el asiento trasero de mi propio coche, vería lo que aquel desconocido se atrevió a hacer con mi mujer.
Te dije que el viaje empezaba a las cuatro de la madrugada. No te conté que la mitad del placer estaría en quienes nos miraran por el camino.
Cuando mi amiga abrió la bolsa no había ningún uniforme: solo unas alas, un liguero y unas medias de red. Y el tráiler ya estaba esperando para salir.
Cuando bajó la voz para confesármelo, pensé en mil traiciones. Ninguna era esto: quería verme en la cama con su mejor amigo mientras él, sentado, no perdía detalle.
Solo había bajado por un vaso de agua. Lo que escuché en la planta baja me dejó clavada en el último escalón, conteniendo la respiración para que no me oyeran.
Cuando crucé la mirada con él al otro lado del vidrio, supe que esa misma tarde iba a convertir su curiosidad en algo que ninguno de los dos olvidaría.
Desde el primer día me pidió una foto para presumir ante sus amigas. Nunca imaginé hasta dónde llegaría su placer por exhibirme delante de otras.
Lo vi entreabrir la puerta mientras yo estaba de rodillas. Podía haberme detenido. En cambio le guiñé un ojo y dejé que se quedara mirando.
Dejé la cortina entreabierta a propósito. Esa tarde no era solo para Adrián y para mí: alguien más esperaba el espectáculo desde el otro lado de la calle.
La primera tarde aún no había deshecho la maleta y ya sabía que allí nadie apartaría la vista. Y lo peor era esto: a mí empezaba a gustarme.