Cuatro días de voyeurismo en la montaña
Cuando se levantó la falda en plena carretera y dejó que los camioneros miraran, supe que ese viaje no iba a tener nada de inocente.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Cuando se levantó la falda en plena carretera y dejó que los camioneros miraran, supe que ese viaje no iba a tener nada de inocente.
El ascensor se detuvo entre pisos, y el silencio se llenó de miradas, confesiones sucias y una calentura que ya nadie quiso frenar.
Cuando me sirvió una cerveza y me puso la mano en la bragueta, entendí que llevaba días dejándose ver a propósito por esa ventana.
Me senté frente al sofá con las piernas apretadas y la ropa interior empapada, decidida a no tocar nada y a verlo todo.
Llevábamos años desnudándonos sin cruzar la línea, hasta que una ducha borracha en la playa convirtió las miradas en algo mucho más sucio.
Me acerqué solo para curiosear, pero cuando vi a aquella mujer adulta inclinarse sobre la cuna, ya estaba con la polla dura dentro del chándal.
Solo quería que dejaran de ignorarme, aunque para conseguirlo tuviera que ponerme delante de todos y dejar que se rieran mientras me observaban.
Yo fingía mirar la pantalla mientras él me abría el pantalón bajo su sudadera y me hacía temblar en la última fila.
Me levanté en puntas de pie a espiar el murmullo del cuarto de al lado. Sobre la cama no estaba el padre de Camila. Estaba su madre, encima de otra mujer.
Empezó como una prueba absurda entre jefa y subordinada, pero cuando me vio desnuda y sonrió, supe que ya no mandaba yo.
La humillé en el ascensor por algo que nunca debí saber, y al día siguiente supe que mi trabajo y mi cuerpo ya no me pertenecían del todo.
Cuando vi al hombre escondido entre los arbustos, ya era tarde para taparme... y peor todavía, no quise hacerlo.
Oculta dentro de un coche de lujo, vi cómo empezaban a tocarse y supe que, si no me iba en ese instante, terminaría empapada.
Al principio solo eran besos torpes y caricias sobre la ropa; después, él empezó a pedirme que me dejara mirar y mostrar cada vez más.
Me llevaron a la oficina con un collar al cuello, y cuando vi a los hombres alrededor de la mesa entendí exactamente para qué me habían preparado.
Llevaba meses fantaseando con verla en manos de otro. Cuando Damián cerró la puerta esa madrugada, mi mujer se giró hacia Rubén con esa cara que yo solo conocía en la cama.
Ella me chupaba en el asiento trasero cuando oí su voz junto a la ventanilla; en vez de apartarse, siguió más caliente que antes.
A las dos de la mañana levanté la persiana en calzoncillos, y mi vecina del bloque de enfrente ya me estaba esperando con la luz encendida.
Volvimos sudados, medio borrachos y demasiado excitados; cuando las puertas quedaron abiertas, nadie durmió como había planeado.
El mensaje llegó al mediodía: esa noche debía llevar a mi esposa al hotel y esperar en la habitación contigua, frente a una pantalla encendida.