Lo que pasó con la otra pareja en el jacuzzi
Marina me lanzó una mirada por encima del vapor cuando ellos cruzaron la puerta. Yo ya sabía, en ese instante, que esa noche no iba a terminar como habíamos planeado al subir.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Marina me lanzó una mirada por encima del vapor cuando ellos cruzaron la puerta. Yo ya sabía, en ese instante, que esa noche no iba a terminar como habíamos planeado al subir.
Lo del descampado ya no me alcanzaba: necesitaba que alguien me viera. Y entonces, en la góndola de las mermeladas, una mano áspera se apoyó sobre mi falda sin pedirme permiso.
Aquella mañana decidí que mi plug favorito vendría conmigo al gimnasio. No imaginaba que tres miradas curiosas terminarían siguiéndome entre las máquinas.
Cuando él se baja el bóxer frente a la computadora, yo dejo la esponja en el agua. Mi marido y mi hijo duermen. La ventana de enfrente queda abierta.
Cuando él llegó esa noche, yo ya estaba al otro lado del cristal con la luz apagada, observando cómo ella lo recibía con una sonrisa que nunca me había mostrado a mí.
Volví al probador con el vestido que me había pedido y encontré la cortina corrida, un hombre nervioso afuera y a mi mujer desnuda, sonriendo al espejo.
A las nueve de la noche entré al gimnasio buscando a alguien que se atreviera a mirarme. Esa vez fueron tres, y supieron lo que llevaba debajo.
El camión iba lleno y me senté hasta el fondo. Cuando me bajé el cierre supe que jugaba a perder, pero esa mujer del escote no apartaba la mirada y eso solo me puso peor.
Rodeé la cabaña por el lado del cuarto de bombas y vi la mano de mi mujer dentro del bóxer mojado de Marcos. Y no pude moverme de los arbustos.
Crucé la puerta equivocada en la finca y la vi de espaldas, en encaje blanco, frente al espejo. Lo que no debía mirar fue lo único que pude mirar.
Lanzamos la moneda como tantas otras veces, pero esa tarde, con ellos espiándonos desde la cresta de la duna, cada cara o cruz subía la apuesta un poco más.
Tres desconocidos nos miraban con descaro desde la piscina, y yo todavía no sabía que mi novia y yo saldríamos de allí con un secreto cada uno.
Llevaba dos días con cuarenta de fiebre cuando oí su voz al otro lado de la pared, dándole órdenes al vecino que tantas veces me había sonrojado en el ascensor.
La carpeta cayó al suelo a propósito, y yo decidí seguirles el juego. Me agaché despacio frente a esos dos viejos, con el parque entero como escenario.
Cuando vi a esa mujer cruzar la calle, con la blusa a punto de estallar, supe que mi noche de tedio había terminado. No imaginé acabar agachada tras un árbol.
Tenía la casa para mí sola, cuatro tragos en el cuerpo y la certeza de que cuatro hombres me observaban desde el andamio. No iba a desperdiciar la mañana.
Cuando me asomé por la cerradura y la vi de rodillas frente a él, supe que el morbo había vencido al orgullo mucho antes que aquella noche.
Encendí el celular, abrí apenas las cortinas y esperé a que su sombra cruzara la ventana mientras yo me quedaba desnuda frente al espejo.
Esa carpeta no debía existir. Pero la abrí, y entre cientos de fotos mías dormida y desnuda, encontré algo peor: el correo donde él las regalaba.
Quería que la miraran. Que se la comieran con los ojos. Lo que no esperaba era que uno de los desconocidos del fondo se atreviera a buscarla en las duchas.