La venda que cambió todo entre dos amigas
Mara le cubrió los ojos y le pidió silencio. Lo que su mejor amiga hizo después con la lengua cruzó para siempre la frontera de lo que eran.
Mara le cubrió los ojos y le pidió silencio. Lo que su mejor amiga hizo después con la lengua cruzó para siempre la frontera de lo que eran.
Nadia se arrodilló frente al ventanal de cristal sabiendo que los vecinos del jardín de al lado no perdían detalle. Y esa fue apenas la primera tarde.
Veníamos a recuperar nuestra relación y terminamos desnudos frente a dos desconocidos en una cala que solo nosotros conocíamos esa mañana.
Mi mujer llevaba semanas pidiéndome carta blanca para una noche. No imaginé que nuestros anfitriones tenían preparada una sorpresa que iba a dejarnos a los cuatro sin aliento.
Cuando me confesó el favor que quería pedirme, pensé que bromeaba. Su mejor amiga estaba rota, y Lorena había decidido que yo era la cura.
Cuando entré en aquel cuarto y las vi a las dos juntas, tardé un segundo en distinguir cuál era mi esposa y cuál la desconocida que había pagado por ella.
Eran casi las once cuando entró por la puerta con esa sonrisa que yo conocía demasiado bien, la misma que ponía cada vez que algo prohibido acababa de pasarle entre las piernas.
«Sabía que me excitaba imaginarla con otro hombre. Lo que no sabía era hasta dónde estábamos dispuestos a llegar cuando dejé de poner las reglas.»
Llevaba noches imaginándolo. Esa madrugada, sentada en el sillón con una copa en la mano, por fin lo vi: mi marido entrando en el cuerpo de otra.
Subí al coche pensando solo en el viaje. Diez minutos después, mi jefa estaba sobre mí, su hermana giraba la cabeza para no perder detalle y su marido sonreía por el retrovisor.
Fuimos a urgencias por un dolor extraño, pero la exploración del médico se convirtió en otra cosa frente a mis ojos, y yo no hice nada por detenerla.
Acordamos comportarnos como dos extraños en la arena: ella tendría que seducirme con medio mundo mirando, y yo tendría que aguantar sin delatarme.
Nunca habíamos entrado a un local así. Cuando aquella pareja de la playa cruzó la puerta y se sentó en nuestra mesa, supe que la noche ya no nos pertenecía solo a nosotros.
Cuando abrí la puerta de la habitación ya era tarde para arrepentirme: ella estaba sobre la cama, y él no se detuvo cuando nuestras miradas se cruzaron.
Mi mujer juraba que jamás cruzaría esa puerta. Tres horas después, era ella quien me suplicaba que no parásemos delante de todos.
Cuando Diego me extendió la mano para bailar, supe que mi esposo solo iba a mirar. Y que yo, por una vez, dejaría de ser la señora decente que todos creían.
Bruno me cargaba en vilo, clavada a su cuerpo como si no pesara nada, y yo me dejaba llevar. Lo que no imaginé es que alguien nos observaba desde la ventana de enfrente, cámara en mano.
«Van a ser unas compras con final feliz», me dijo con esa sonrisa que no era inocente. No imaginé que esa noche acabaríamos en un laberinto de setos con otra pareja.
Llevaba un año escuchándola contar quién la tocaba mientras yo solo miraba. Esa nochevieja, con la copa en la mano, me susurró al oído que esta vez no me iba a quedar afuera.
Nunca había mirado a otra pareja coger a un metro de mí. Con mi amiga gimiendo en la cama de al lado, descubrí que mirar y dejarme ver me encendía como nada.