Oímos a la prima de mi mujer al otro lado de la pared
Sofía dormía de espaldas a mí cuando los primeros gemidos atravesaron la pared. La desperté con la mano entre sus piernas: —Calla y escucha, le dije.
Sofía dormía de espaldas a mí cuando los primeros gemidos atravesaron la pared. La desperté con la mano entre sus piernas: —Calla y escucha, le dije.
Habíamos quedado cinco para esa tarde de verano. A las siete sonó el teléfono, uno de nosotros no venía, y aun así abrimos la puerta a dos desconocidos.
Estábamos solos en la playa hasta que un hombre se detuvo en la orilla a mirarnos. Y en lugar de cubrirnos, decidimos darle algo que mirar.
Carla rodeó la mesa despacio, se detuvo detrás de Marina y apoyó las manos sobre sus hombros. Nadie en esa cena pensaba terminar la noche como empezó.
Llevaba años fantaseando con el dogging, pero nunca imaginé que sería ella quien me arrastraría hasta el final de aquel polígono, con una sorpresa esperándome entre los setos.
Subí a la moto sin saber pilotar y bajé de ella convertido en otro. Pero lo que de verdad me cambió pasó después, en la arena, lejos de las miradas... o eso creía.
Le había dado mi palabra: esa noche yo solo miraría. Pero cuando él la besó contra la pared del cuarto, supe que no podría quedarme quieto en la silla.
Le elegí yo el vestido: blanco, ajustado y sin nada debajo. Quería que fuera la más deseada de la cena, y todavía no imaginaba hasta dónde nos llevaría esa noche.
Hugo nos enseñó un vídeo donde nadie sabía quién tocaba a quién. Dijo que era para vencer los celos. No sabía que el sorteo me pondría a mirar lo que más temía.
Amo a mi esposa y sé que ella me ama. Por eso nunca entendí por qué la idea de verla entregarse a otro hombre se volvió la fantasía que no podía sacarme de la cabeza.
Llevábamos meses con nuestro juego secreto, pero cuando Bruno cerró la puerta del hotel y Tomás se sentó a mirar, entendí que esa noche ya no había marcha atrás.
Tres sillas en medio del salón, cuatro mujeres dando vueltas y la música a punto de parar: la que se quedara de pie esa ronda, se quedaba sin nada.
Después de tantos años, una conversación sincera tras la cena bastó para que las dos parejas cruzáramos la línea que siempre habíamos rodeado sin atrevernos.
Estábamos despeinadas y sin maquillaje cuando Daniela me recordó aquella vez. No imaginé que, antes del anochecer, ellos nos estarían mirando desde la puerta entreabierta.
Sabía que aquel viaje cambiaría algo entre nosotros, pero jamás imaginé hasta dónde llegaría mi mujer cuando otro hombre empezó a darle órdenes.
Cuando Marina se quitó la última prenda dentro del agua tibia, los cuatro supimos que esa noche nadie iba a dormir en su propio lado de la cama.
Cuando Lucía cruzó la sala y se sentó en las rodillas de él sin mirarme, supe que esa noche yo solo iba a mirar, y que era exactamente lo que ambos queríamos.
El baño de visitas estaba ocupado, así que entré al cuarto sin pensarlo. Damián estaba ahí, solo, mirándome como quien llevaba semanas esperando ese momento.
Después del cuarto gin-tonic, mi mujer se levantó del sofá, cruzó el salón y empezó a desnudarse frente a nuestro amigo. Yo solo pude mirar y desearlo.
Mientras le untaba el protector, ella movía despacio las caderas contra la arena. Yo solo pensaba en cómo convencerla de cruzar la puerta del otro hotel.