Lo que imagino con el desconocido del colectivo
Nunca hablamos. Solo miradas que se cruzan dos paradas después de la mía. Pero en mi cabeza ya pasó todo, y vuelve a pasar cada mañana que lo veo subir.
Nunca hablamos. Solo miradas que se cruzan dos paradas después de la mía. Pero en mi cabeza ya pasó todo, y vuelve a pasar cada mañana que lo veo subir.
La reconocí entre las góndolas del supermercado: más llena, más segura, con esa mirada de quien todavía recuerda lo que pasó entre nosotros en aquella aula vacía.
Llevaba semanas saludándola al pasar con la moto. La tarde que me pidió que frenara, jamás imaginé el secreto que esa mujer guardaba bajo el camisón.
Habían pasado meses desde la ruptura cuando su nombre iluminó la pantalla del móvil. Necesitaba pedirme algo, y por su tono supe que no sería nada sencillo.
Las esposas eran suaves, pero se clavaban en mis muñecas. La máscara era lo único que me dejaban puesto. Yo solo era el objeto con el que jugar y olvidar.
Entre el vaho de la sauna ella bajó la mirada hacia mi toalla y sonrió, como si supiera exactamente lo que estaba a punto de pasar entre los dos.
Cuando el inversor pidió una hora a solas con ella, su jefe ni parpadeó. Sonrió, levantó la copa y respondió: «Hecho. Pero yo participo».
Lo vi acercarse a aquel hombre en la barra y entendí que era gay. Lo que no imaginé fue que, semanas después, sería yo quien lo arrastrara a mi cama.
Lo vi bajar del auto con ese traje claro y supe que esa noche no iba a dormir sola en el departamento prestado.
Escuché cada palabra sucia que dijeron sobre mi cuerpo, convencidos de que no les entendía. Cuando me levanté y les hablé en su idioma, las caras se les pusieron rojas.
Dejé el coche entre los árboles, me quité la ropa y me tumbé al sol. No imaginaba que aquella mañana iba a entregarme entera a un extraño.
Tenía noventa florines, dos días de viaje encima y una hija dormida. Lo que no tenía eran billetes para el barco, y el joven del mostrador ya la había mirado dos veces.
Estaba boca arriba, las rodillas casi en la cara, su mano en mi tobillo. Y supe que esa noche por fin iba a dejar caer la última barrera.
Lo vi inquieto en una banca del campus, esperando a alguien, y mi radar se encendió. No imaginé que ese chico tímido me haría perder la cuenta de las horas.
Sabía exactamente lo que provocaba al cruzar las piernas frente a su escritorio. Lo que él no sabía era la sorpresa que escondía debajo de mi falda.
Esa noche no quería esperar a nadie. Quería al guardia que me había desvestido con la mirada toda la tarde, aunque no supiera lo que escondía.
Fui a recoger a mi hija al aeropuerto fingiendo que esos diez días con su marido no habían significado nada. Pero mi cuerpo ya había aprendido otra cosa.
Tenían veintipocos años, eran descarados y guapos, y eran amigos de mi hijo. Yo acababa de cumplir los cincuenta. Esa noche, junto a la piscina, dejé de fingir que no los deseaba.
No quería que me tomara. Quería que me reclamara, despacio, hasta que dejara de reconocerme. Esa noche aprendí que rendirse también es una forma de poder.
Tenía la edad de mi hija mayor y se empinaba para mirarme el escote mientras yo firmaba. No dije nada. Al día siguiente elegí el vestido pensando en él.