Lo que la pelirroja escondía bajo su quitón
Cuando se inclinó para estirar en la palestra vacía, la descubrió observándolo desde las columnas: alta, pelirroja y con una sonrisa que prometía mucho más que simples ejercicios.
Cuando se inclinó para estirar en la palestra vacía, la descubrió observándolo desde las columnas: alta, pelirroja y con una sonrisa que prometía mucho más que simples ejercicios.
Entré como un estudiante asustado y salí siendo ella. Detrás de la cortina negra, sin nombres ni rostros, descubrí cuánto deseaba que un desconocido me usara.
Llegó a mi despacho con la sonrisa de la mujer intocable que todos admiraban, sin imaginar que esa tarde aprendería a arrodillarse y a llamarme señor.
Subí al escenario decidida a ser el centro de su atención. Lo que no sabía era que esa noche terminaría entre dos desconocidos que no me dejarían respirar.
Desperté con la piel pintada de achiote y unos labios desconocidos en el cuello, sin saber que esa noche la selva me daría un cuerpo que jamás creí posible.
Jamás imaginé que el placer pudiera llegar tan lejos. Esa noche mi amante despertó en mí una curiosidad que ya no pude apagar a la mañana siguiente.
Aburrida en casa, acepté tomar algo con él. No conté con que esa cerveza terminaría conmigo de rodillas y, después, en su habitación de hotel.
La primera vez que Carla cruzó las piernas en el asiento de atrás supe que esos viajes iban a complicarme la vida mucho más de lo que jamás imaginé.
Llevaba semanas planeándolo en secreto. Esa noche, cuando entró al cuarto con la botella de vino, supo que su regalo no estaba envuelto en papel.
El macho que prometía dejarnos rendidas no apareció. Estábamos las dos solas en el motel, vestidas, calientes y con toda la tarde por delante.
Me gusta provocar, lo admito. Pero esa mañana, cuando los subí a la camioneta sin nada bajo la calza, supe que el fin de semana se me iría de las manos.
Siempre me pregunté de dónde sacaba tanto dinero. Cuando por fin me lo mostró, mi mejor amigo estaba parado frente a mí con medias blancas y una sonrisa que lo cambiaba todo.
Entré a la habitación esperando una cita íntima con mi marido y, cuando me puse en cuatro, descubrí que no estábamos solos. Lo que vino después me cambió.
Entré a ese taller dando órdenes, como hago siempre. No imaginé que aquel hombre lleno de grasa iba a recordarme quién mandaba de verdad esa tarde.
Se arregló como hacía años que no lo hacía, se perfumó y condujo hasta la dirección anotada en un papel amarillo. Todo, se repetía, era por el bien de su hijo.
La primera orden llegó a las siete de la tarde y entendí que esa noche obedecería todo, sin preguntar, frente a una cámara y a un hombre que solo conocía por su voz escrita.
Le puse un precio absurdo creyendo que se reiría y me dejaría en paz. Asintió sin dudar, y entonces abrió su túnica y entendí en qué me había metido.
Bastó un comentario fuera de lugar en una foto de la playa para que Nora descubriera quién se escondía detrás de aquel perfil sin rostro.
Su marido nos abrió la puerta de su casa con una sola intención: ver cómo dos desconocidos hacían gozar a su mujer. Ella fingía dudar, pero su mirada ya había decidido.
A los casi cuarenta, libre y dueña de su deseo, descubrió que aún le quedaba un territorio por explorar. Y decidió hacerlo sola, sin prisa, antes de compartirlo con nadie.