La siesta que Camila convirtió en su fantasía
Cuando el pueblo entero dormía la siesta, Camila se paró en medio de la calle vacía, se mordió el labio y nos preguntó cuál de los cinco se animaba primero.
Cuando el pueblo entero dormía la siesta, Camila se paró en medio de la calle vacía, se mordió el labio y nos preguntó cuál de los cinco se animaba primero.
Pensé que solo serían unas fotos más. No imaginé que las manos de los tres terminarían recorriéndome a la vez, ni que yo me dejaría llevar sin pensar en mi marido.
Llevaba semanas dándole vueltas a la idea, pero nada me preparó para lo que sentí cuando las primeras manos desconocidas me recorrieron la piel en la oscuridad.
Llevaba años buscando algo más fuerte que un solo hombre. Aquel fin de semana, en mi casa de la sierra, treinta de ellos me esperaban junto a la piscina.
Llevaba una semana sin que me hablara cuando me esperó a la salida de clase, me llevó a un rincón apartado y dejó que tres desconocidos lo vieran todo.
Cuando la furgoneta frenó detrás de mí en plena madrugada, supe que esa noche no iba a terminar como cualquier otra. Y, para mi sorpresa, no quise que terminara.
Salimos a tomar el sol sin marcas y sin nadie alrededor. Lo que no imaginábamos era a cuántos íbamos a tener encima antes de volver al agua.
Tumbadas al sol después de lo que acababa de pasar, oíamos cómo se reían de él por no haberse atrevido. Y eso fue justo lo que nos hizo levantarnos.
Salieron del club a las dos de la mañana. Renata no imaginaba que la verdadera función de esa noche se transmitía en una pantalla al pie de la cama.
Aceptó seguirla con el coche sin saber muy bien por qué. Solo sabía que, mientras conducía detrás de ella, algo se encendía dentro de su cuerpo.
Nos calentamos en clase y no aguantamos hasta llegar a casa. El descampado detrás de la facultad fue el primero de muchos lugares donde no debíamos tocarnos.
De todas las que pasaron por aquella fiesta, ella fue la única que no probé. Por eso, cuando su nombre apareció en mi teléfono al día siguiente, supe que no iba a poder negarme.
Llevaba años adiestrando sumisas por internet, pero jamás imaginé que detrás del antifaz de mi nueva esclava estaría la cara de la mujer que vivía justo enfrente.
Su padre me hablaba al oído por el teléfono mientras ella, en silencio, me bajaba la tanga. Sabíamos que un solo gemido podía delatarnos, y eso lo hacía mejor.
Subí al séptimo piso buscando relajarme una hora. No imaginé que la masajista, y luego mi amante, tenían otros planes para mí esa noche.
Carla no podía quitarle los ojos de encima mientras ella entrenaba. Cada gota de sudor en su espalda encendía algo que jamás había sentido por otra mujer.
Cuando Renata abrió la puerta del cuarto con el arnés puesto y preguntó si había lugar para una más, supe que esa Navidad no íbamos a olvidarla ninguna.
Llevaba tres meses sin sus manos, sin su boca, sin sus tetas sobre las mías. Esa noche me serví una copa de vino, me desnudé y decidí que el placer no tenía por qué esperar a su regreso.
Creí que iba a guiarla en su primera experiencia, pero fue ella quien tomó el control y me enseñó hasta dónde podía llegar mi cuerpo.
Mara le cubrió los ojos y le pidió silencio. Lo que su mejor amiga hizo después con la lengua cruzó para siempre la frontera de lo que eran.