El camino de tierra donde nadie debía verme
Salí en bicicleta sin ropa interior, con el celular vibrando de mensajes que no debí abrir. El camino estaba vacío, pero yo me sentía observada por todos.
Salí en bicicleta sin ropa interior, con el celular vibrando de mensajes que no debí abrir. El camino estaba vacío, pero yo me sentía observada por todos.
Estábamos solos en la montaña, o eso creía, hasta que sentí unos ojos clavados en nosotros desde la cabaña de al lado y no quise que pararan.
Durante un año soñó con el día en que pudiera devolverle cada engaño. La noche del Día de Muertos, un amuleto de obsidiana le ofreció exactamente eso.
Lo humillaban cada día en el instituto, hasta que un frasco sin etiqueta le prometió fuerza. Lo que tomó esa noche lo transformó en alguien irreconocible.
Habíamos crecido durmiendo en cuartos contiguos, hasta que una noche un sonido al otro lado de la pared me hizo entender que ya no la miraba como a una hermana.
Entré al correo hace media hora, con las piernas ya inquietas. Quería saber cuántos se habían tocado pensando en mí. Fueron más de los que imaginaba.
Vivía justo enfrente de mí y nunca me había mirado dos veces. Esa tarde decidí que eso iba a cambiar, aunque tuviera que cruzar el pasillo sin sujetador.
Estaba haciendo la tarea cuando el calor entre mis piernas me distrajo. Lo que hice después con ese vaso de hielo me cambió la manera de mirarme.
No fui a la playa a nadar. Fui a recordarla, centímetro por centímetro, hasta que el recuerdo se volvió tan real que el cuerpo me respondió solo.
Volví del hospital al borde del colapso y los encontré a los dos en la cama. No quería dormir: quería sentirme viva, y esa noche decidí lo que cambiaría a nuestra familia para siempre.
Cada vez que me levantaba por el encendedor lo sorprendía mirándome, y mi novio sonreía como si ya supiera cómo iba a terminar esa noche.
Salí del cuarto con apenas una tira de tela encima y entendí que esa noche yo no decidiría nada: ellos lo decidirían todo por mí.
Apenas nos hablábamos desde hacía semanas. La seguí hasta casa una mañana, me escondí en la escalera y por fin entendí por qué mi madre la animaba a todo.
Carla nunca había hecho topless delante de mí. Esa tarde no solo se quitó la parte de arriba: dos desconocidas se acercaron y nada volvió a ser igual.
Les dije que quería otro castigo en vez de beber. No imaginaban hasta dónde estaba dispuesta a llevar esa partida de cartas, y yo tampoco del todo.
Aquella madrugada se metió en mi saco de dormir diciendo que tenía frío, y lo que pasó después fue solo el principio de lo que de verdad quería pedirme.
Tu último mensaje seguía encendido en la pantalla cuando entré a la ducha. No aguanté ni el primer minuto de agua caliente sin pensar en tus manos.
Las correas se cerraban más cuanto más tiraba. Estaba atada, ciega y empapada en mi propia cama cuando la puerta del dormitorio se abrió y oí dos voces.
Llevaba meses sin tocarme. Con la música en los auriculares y mi compañera dormida a un metro, mi mano bajó sola por debajo de las sábanas, sin permiso y sin vuelta atrás.
Cerró la puerta con llave, apagó las luces y sacó la caja del fondo del cajón. Esta vez no iba a contenerse: quería saber hasta dónde llegaba su deseo.