Las bragas que mi mujer me hizo llevar al trabajo
Me las dejó dobladas sobre el lavabo, todavía con su olor, y una nota: «Hoy las llevas tú». Supe que la tarde iba a ser larga.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Me las dejó dobladas sobre el lavabo, todavía con su olor, y una nota: «Hoy las llevas tú». Supe que la tarde iba a ser larga.
Nuria llegó a la consulta para que la curaran de su lujuria; salió habiéndole enseñado a la joven doctora que algunas calenturas no se curan, se obedecen.
Leí el nombre en la etiqueta del cadáver y el corazón me dio un vuelco: era ella, la misma que me había humillado durante seis años. Y ahora estaba quieta, a mi merced.
Cuando vi el vídeo en su móvil supe que ya no había vuelta atrás: mi vecina sabía exactamente lo que quería de mí, y yo había caído en su trampa.
Llevaba toda la tarde sin clientes cuando entró ella. Me arrodillé para calzarle un tacón y, con su pie desnudo entre mis manos, supe que no iba a poder parar.
Cuando me senté frente a él con la lista en la mano, ya sabía que no había ido a revisar materiales. Mi jefe me había enviado para conseguir el descuento, y yo era la moneda.
Cuando se arrodilló en la ducha y me miró con esa sonrisa, supe que ya no había vuelta atrás: su fantasía y la mía estaban a punto de cruzar una línea.
Entró al mercado medio derruido buscando pruebas para una denuncia y encontró a cuatro hombres dispuestos a usarla como nunca nadie la había usado.
Acepté acompañarlo al viaje sabiendo que sería su mujer por unos días. Lo que no sabía era que mi cuerpo ya formaba parte de la negociación.
En cuanto él se puso al volante, Carmen supo quién mandaba: ningún beso ni caricia llegaría cuando ella lo pidiera, sino cuando él lo decidiera.
Tres años descalza, dos anillos en los dedos y la certeza de que al terminar el día él se arrodillará a lamer cada huella del camino que ella pisó.
Había una sola condición que le pedí esa tarde, y cuando entró por la puerta supe, solo por cómo me miró, que esta vez había decidido obedecerme del todo.
Subió la calefacción a tope para que ninguno de ellos dejara de sudar. Quería que llegaran cansados, sucios y con hambre de hacerle todo lo que nadie se atrevía a pedirle.
Me dejó sola en su sala, todavía temblando, y salí de su casa sin despedirme. Esa misma semana entendí que algo dentro de mí se había encendido y ya no podría apagarlo.
Me lanzaste tus bragas todavía tibias y una sonrisa. «Póntelas y espérame», dijiste. Dos horas después seguía de rodillas, contando los minutos hasta tu llegada.
Subí a ofrecerle ayuda como un buen vecino. Bajé convertido en algo muy distinto, arrodillado en su baño y obedeciendo cada palabra que salía de su boca.
Acerqué la nariz a su pelo sin pensar, una vez, dos, tres. Cuando giró la cabeza y me preguntó si me gustaba, supe que ya no había vuelta atrás.
Bajé a su casa creyendo que era un favor cualquiera entre vecinos. Me recibió con una sonrisa que no admitía preguntas y una orden que no supe negarme a cumplir.
La primera vez que me puso el collar supe que no había marcha atrás: bajaría cada vez que ella llamara, dispuesto a obedecer cualquier orden que saliera de su boca.
«No estamos haciendo nada, es un trozo de silicona», me dijo. Pero la forma en que me miraba mientras abría la caja decía exactamente lo contrario.