Mi ama me declaró la guerra de sexos esa noche
Me hizo arrodillarme en el centro del sótano, ajustó el collar a mi cuello y sonrió: esa noche pensaba demostrarme, otra vez, cuál de los dos era el sexo débil.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Me hizo arrodillarme en el centro del sótano, ajustó el collar a mi cuello y sonrió: esa noche pensaba demostrarme, otra vez, cuál de los dos era el sexo débil.
Cuando desperté rota en la cama de mármol, supe que solo había una persona en el mundo capaz de hacerme sentir querida: el hombre que me enseñó a desear el dolor.
Rodeada de vampiros en aquel viejo matadero, con el collar verde apretándome el cuello, comprendí que mi cuerpo ya no me pertenecía. Solo podía rogar por unos días más.
Cuando el viejo Aníbal se empalmó en la bañera y soltó su comentario de siempre, supe que había llegado el momento de aplicar el consejo de Rosa.
Nunca había confesado esa atracción. Hasta que la vi apoyada en la barra, envuelta en pelaje sintético, mirándome como una depredadora elige a su presa.
La cláusula era clara: una vez dentro, ninguna súplica detendría lo que habían planeado para ella. Y aun así, firmó con las bragas húmedas.
Se sentó a la mesa con su sonrisa de siempre, esa de quien se cree el dueño del mundo. No imaginaba que esa tarde íbamos a borrársela para siempre.
Sintió la mirada antes de verla: alguien la observaba desnuda entre las taquillas. Cuando abrió la puerta de golpe, el cazador se convirtió en presa.
En el gimnasio del club, después del último circuito, Daniela y Roxana descubrieron que el deporte no era lo único que se les daba bien hacer juntas.
Me esposó en bañador por una acusación falsa, pero al apretarme para que confesara descubrió que el dolor no me asustaba. Y ella necesitaba a alguien así.
Crucé la puerta y no oí nada. Ese silencio significaba una sola cosa: esa noche mi Ama no estaba para juegos, y yo iba a pagar cada minuto de su mal humor.
Crucé la puerta del hotel sabiendo que esa noche dejaría de ser yo. Tres extraños me esperaban con una copa servida y ninguna intención de tratarme con cuidado.
Quería que entendiera que ningún título ni ascenso significa nada cuando está desnudo sobre mis baldosas, esperando que yo decida cuánto vale.
Escupió a la hechicera mientras dos esclavos lo sujetaban. Ella sonrió, lamió el desprecio de su mejilla y prometió convertirlo en su próxima obra maestra.
Se colocó con las piernas abiertas y las manos a la espalda, temblando. Llevaba meses soñando con ese instante, y ella todavía ni siquiera lo había mirado.
Lo arrojaron desnudo al fango entre bestias, y la supervisora de la máscara sonrió: sabía exactamente cuánto tardaría el barón en suplicar de rodillas por un trozo de carne.
Apenas crucé la puerta me ordenó que me preparara, y supe que durante dos meses dejaría de ser una mujer para convertirme en su yegua más obediente.
Antes de recibir al concilio tiró de la correa, y su mascota emergió temblando desde debajo de la mesa, con la mirada perdida en pura adoración.
Desperté atada, amordazada y a ciegas, sin saber dónde estaba ni cuánto tiempo había pasado. Solo tenía una certeza: la mujer que fui ya no existía.
Creyó que sería el trabajo más fácil de su vida: un hombre solo, indefenso, de espaldas. No contaba con que esas mismas manos decidirían su ruina.