Lo que ninguna sumisa cuenta sobre los testículos
Las dóminas los estrujan, anillan, queman. Nosotras apenas lamemos. La primera vez que miré unos de cerca fue en un piso de estudiantes, mucho antes de arrodillarme ante nadie.
Historias reales contadas en primera persona
Las dóminas los estrujan, anillan, queman. Nosotras apenas lamemos. La primera vez que miré unos de cerca fue en un piso de estudiantes, mucho antes de arrodillarme ante nadie.
Nunca te prometí más de lo que te di, y quizás por eso volviste. Esta es la historia de la mujer a la que jamás llegué a conocer del todo.
A los ochenta y siete años creía haberlo oído todo. Entonces ella se arrodilló al otro lado de la rejilla y empezó a contarme lo que hacía cuando su marido viajaba.
Odio los baños públicos desde siempre, pero ese día no me quedó opción. Lo que no imaginé fue lo que encontraría al volver corriendo por el teléfono que olvidé sobre el depósito del agua.
Éramos cinco amigos y un pueblo junto al mar. Lo que empezó como una broma entre risas y cervezas se convirtió en el fin de semana que lo cambió todo entre nosotros.
Llevábamos años con una regla clara, pero aquella mañana entendí que renovar el contrato significaba subirme a la mesa de la notaría delante de todos.
Camino entre las taquillas con la toalla al hombro y siento todas las miradas. Ellos fingen no mirar, pero sus cuerpos me responden antes que sus palabras.
Siempre supe que mi madre era distinta a las demás, pero hasta esa madrugada no entendí cuánto, ni hasta dónde estaba dispuesto a llegar yo.
Insistió tanto en acompañarme hasta el portal que terminé invitándolo a subir. A las ocho de la mañana sonó su teléfono y todo lo que creía cambió de golpe.
Creí que dormía la noche que traje a esos dos hombres. Me equivoqué: nos vio. Y semanas después entró al baño, se sentó frente a mí y exigió saberlo todo.
Cuando subí al coche y vi a aquel hombre en el asiento de adelante, no imaginé que mi amante me había llevado allí para entregarme a otro.
Tardé dos semanas en admitir que quería que volviera a pasar. Y una madrugada, en vez de huir, me senté en aquella escalera y los esperé.
Compré ese juguete casi por vergüenza, escondida tras una pantalla. No imaginé que el cuerpo que tanto odiaba terminaría enseñándome a quererme.
Cuando sentí su cuerpo contra mi espalda en la cocina, supe que no iba a poder resistirme. Lo que no sabía era que mi marido lo había planeado todo.
Cuando lo cargaron dormido hasta la cama, supe que esa noche no terminaría como las demás. Y no me arrepiento de nada de lo que pasó después.
Abrí la puerta envuelta en una toalla, todavía mojada, convencida de que era un paquete. Era él, con un ramo en la mano y una sonrisa que no prometía nada inocente.
No cuento esto para aliviar mi conciencia, sino para confesar hasta dónde fui capaz de llegar aquella tarde, con él dormido en la camilla y ella a unos metros.
Esa madrugada perdí mi dinero, mi ropa interior y la idea que tenía de mí misma. Lo que pasó después en aquel parque vacío no se lo había contado nunca a nadie.
Llevábamos años de vecinos y apenas un «hola» de pasillo. Esa noche, cuando le puse mi suéter sobre los hombros, supe que ya no íbamos a fingir.
Empezó como un interés académico por el alumno más brillante del grupo. Lo que terminó pasando en mi despacho todavía me cuesta ponerlo en palabras.