Dejé que me tocaran entre las mesas del bar
La primera mano en mi culo me asustó. La segunda la estuve esperando toda la noche, agachándome más de la cuenta para que volviera a pasar.
Historias reales contadas en primera persona
La primera mano en mi culo me asustó. La segunda la estuve esperando toda la noche, agachándome más de la cuenta para que volviera a pasar.
Mientras la aguja caía sobre el vinilo, ella se reclinó en el sofá y susurró que era completamente suya. Lo que pasó esa tarde duró mucho más que la música.
Llevaba meses escribiéndome. Esa noche por fin lo tenía enfrente, y entonces apareció el chico que me cruzaba en el tren cada tarde.
La idea fue suya: buscar a un desconocido que me hiciera lo que él no se atrevía. Lo que no calculó es que yo no volvería a mirarlo igual.
Tenía dos opciones: frenar todo y alejarla de él, o darle vía libre para que se quedara con lo que yo más quería. Elegí la peor de las dos.
Mi madre creía que yo seguía en clase. No sabía que la puerta del armario estaba entreabierta y que esa tarde lo vi todo desde dentro de su cuarto.
Él me había salvado el curso sin pedir nada a cambio. Esa tarde decidí que las gracias se las daría de una forma que ninguno de los dos olvidaría jamás.
Le pedí que manejara despacio, que no tenía prisa por llegar. Él todavía no sabía lo que yo había decidido hacerle apenas dejáramos atrás las luces de la fiesta.
Le dije que me hiciera lo que quisiera y lo dije en serio. Lo que vino después en aquel sofá todavía me enciende cada vez que lo recuerdo.
Eran las ocho y media de la noche, faltaba media hora para la llamada del cliente, y yo ya sabía exactamente cómo quería que pasáramos esa espera.
Creí que pagaría mi descuido con dinero. Él solo quería que le contara, con todo detalle, lo que jamás me había atrevido a confesarle a nadie.
Nos desnudamos antes de llegar al dormitorio y nos besamos como si las bocas estuvieran en guerra. Esa noche el sofá fue suficiente, y aún quedaba el segundo asalto.
Llegó sin avisar, con esa sonrisa de quien siempre consigue lo que quiere, y en una sola semana puso patas arriba la vida de mi madre, la mía y la del barrio entero.
Marina no había dormido de la emoción. Lo que ninguna de las tres imaginaba era que aquella cala escondida iba a desnudarnos mucho más que la ropa.
Bajamos al garaje a jugar como cuando éramos novios. Lo que no esperábamos era que esa noche hubiera alguien más despierto entre los coches.
Llevaba años con ganas de ir a una playa nudista, pero ninguna de mis parejas quiso acompañarme. Aquella mañana decidí ir solo, sin imaginar cómo terminaría.
Bajé al baño de aquel cine de barrio creyendo que solo buscaba intimidad, pero esa tarde descubrí algo de mí que ya no pude dejar de perseguir.
La conocí en el avión de regreso y, dos días después, ya dormía en mi cama jurando que no era lesbiana mientras su mano buscaba la mía bajo las sábanas.
Hay algo que nunca le dije a nadie: mi lugar favorito del mundo no es ningún viaje ni ninguna cama de hotel. Es exactamente entre sus piernas, sin prisa.
Reconocí su cara en el semáforo y supe que esa semana de trabajo no terminaría como las demás. Solo me faltaba una excusa para tocar su puerta de noche.