La confesión del baño en la oficina
Me agarró de la mano en recepción, dijo que le debía algo y, antes de pensarlo, ya lo estaba besando contra la puerta del baño.
Historias reales contadas en primera persona
Me agarró de la mano en recepción, dijo que le debía algo y, antes de pensarlo, ya lo estaba besando contra la puerta del baño.
Cuando cerró el pestillo del baño y se colocó entre mis piernas, entendí que llevaba días esperando ese beso.
Acepté entrar vendada y de rodillas, pero no estaba preparada para descubrir cuánto asco, miedo y excitación podían mezclarse en una sola noche.
Fui a pedirle ayuda por una llave rota y terminé descubriendo cómo se siente que un hombre experimentado te quite el aire y la vergüenza.
Fui a arreglar una fuga un sábado y terminé arrodillado entre las piernas de una mujer madura, obedeciendo cada orden sin saber lo que venía detrás.
Después de dos años sin tocarla, la tuve a mi lado en el avión, temblando, pidiéndome perdón y mirándome como si todavía fuera su hombre.
Aquella madrugada me pagaron solo por mirar, pero terminé de rodillas, con una polla en la boca y otra abriéndome sin que pudiera apartarme.
Empezó con roces en el patio y miradas largas; terminó contra la barda, con su respiración rota y mis manos donde ya no había vuelta atrás.
Los vidrios estaban empañados, yo seguía en cuatro y él ya sabía que esa noche mi cuerpo no iba a olvidar su primera entrada.
Estaba indispuesta, pero cuando me dijo que solo quería mi boca, supe que iba a terminar de rodillas tragándome todo.
La vi caminar por la orilla con su panza redonda y una sonrisa que me recordó todo lo que habíamos dejado pendiente.
Ella manejaba en silencio mientras él me tocaba en el asiento trasero, y yo entendí que aquel favor ya no tenía vuelta atrás.
Le ofrecí agua por el calor, pero cuando volvió a mi piso por una cerveza, ya no venía solo a descansar.
Cuando vi a Daniel sirviendo café con esa sonrisa tranquila, recordé exactamente por qué había jurado no volver a buscarlo.
Fui a esa fiesta jurando que no haría nada, pero cuando me quedé sola con él supe que no iba a salir de ese cuarto con la boca limpia.
Todo empezó con una orden sencilla por la mañana y terminó con mi cuerpo temblando, abierto y obediente, sin saber si me dejaría correrme.
Pensé que solo estábamos jugando bajo la mesa, hasta que me besó con la boca llena de la corrida de otro hombre.
Cuando vi el letrero de las habitaciones por horas, entendí que no iba a aprender inglés esa tarde, sino hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Pensé que había alquilado una habitación normal, hasta que descubrí qué clase de pareja dormía al otro lado del pasillo.
Apenas cerró el auto en ese descampado, supe que no íbamos a volver a casa tan rápido.