La confesión que nos llevó del chat al aeropuerto
Lo leí durante semanas, me toqué pensando en su voz y, cuando lo vi salir por la terminal, supe que esa espera iba a terminar mal.
Historias reales contadas en primera persona
Lo leí durante semanas, me toqué pensando en su voz y, cuando lo vi salir por la terminal, supe que esa espera iba a terminar mal.
Empezó con unas medias escondidas bajo el pantalón y terminó de rodillas, obedeciendo mientras me vestían para usarme.
Después de tragarme su corrida, cenamos desnudos en mi cocina... y el helado terminó donde los dos estábamos deseando.
Empezó con desayunos, miradas y una casa en silencio; terminó cuando su voz tembló al pedirme que cerrara la puerta de mi cuarto.
Cuando vi el tamaño de su verga en aquella habitación, entendí que esa noche no se parecería a ninguna de mis otras aventuras.
Me escribió meses después de mi ruptura, habló de mi polla sin rodeos y esa misma noche acabó arrodillada delante de mí con una propuesta indecente.
Todo empezó como una broma entre amigos, hasta que ella me buscó en la arena, me apretó entre sus manos y dejó claro que no había ido a hablar.
Cuando sacó aquel plug rosa de su cajón, entendí que mi curiosidad por el dolor iba a cruzar una línea que no podría olvidar.
Mi vestido era demasiado corto, él no apartaba los ojos de mis piernas y, antes de medianoche, yo ya sabía cómo terminaría esa fiesta.
Me puse las botas solo para el frío, pero en cuanto sentí el plástico apretándome las piernas supe que iba a acabar mojándolas por dentro otra vez.
Cada mañana fingía mirarle la cara, pero vivía pendiente de sus tetas; el día que me habló, supe que ya no había vuelta atrás.
Se dejó caer en el sofá con esa calma tramposa, y cuando mis manos bajaron por su espalda supe que no iba a detenerme.
Fui al baño para calentarme un poco, pero el hombre que me siguió con la mirada ya tenía otros planes para mí.
Cerré la puerta y él ya me tenía contra la pared; lo que habíamos escrito durante semanas por fin iba a pasar sin frenos.
Cuando el teléfono vibró, ya estaba mojada; sabía que me esperaba en el mismo baño, con prisa, desprecio y esa polla que nunca aprendí a negar.
Nos sentamos frente a frente en primera clase y, antes de la siguiente parada, ya estaba temblando por lo que ella me dejaba ver bajo la mesa.
Salí de la oficina bajo el abrigo, con el cuerpo lleno de vibraciones y la certeza de que esa noche no dormiría sola.
Cada vez que pasaba frente a su tienda, él me desnudaba con los ojos; yo tardé poco en dejar de fingir que no me excitaba.
Cerré los ojos para relajarme, pero cuando sus manos bajaron por mi espalda supe que esa noche no iba a terminar durmiendo.
No estaba lista para que me penetrara, pero cuando le bajé el cierre y lo vi duro frente a mí, supe que esa tarde iba a cruzar otro límite.