Carta a Mariana: la fantasía que nunca te confesé
Han pasado años, Mariana, y todavía te pienso mientras me toco en la oscuridad. Esta es la confesión que nunca vas a leer y la fantasía que no puedo dejar de repetirme.
Han pasado años, Mariana, y todavía te pienso mientras me toco en la oscuridad. Esta es la confesión que nunca vas a leer y la fantasía que no puedo dejar de repetirme.
La cajera me miró raro cuando pasó por caja los pepinos, la zanahoria y la berenjena. No imaginaba dónde iban a terminar unas horas después.
Cuando entré al bar y lo vi en la mesa del fondo sin Camila entre nosotros, supe que esa cerveza era una excusa y que iba a terminar con su boca en la mía.
Cada vez que pasaba frente a su tienda, él me desnudaba con los ojos; yo tardé poco en dejar de fingir que no me excitaba.
Cerré los ojos para relajarme, pero cuando sus manos bajaron por mi espalda supe que esa noche no iba a terminar durmiendo.
Todo empezó en la escalera, con preguntas demasiado íntimas y una curiosidad que pronto se convirtió en pura calentura.
Empezó con una broma sobre su blusa abierta, pero cuando me retó a sostenerle la mirada supe que esa noche no iba a terminar en la mesa.
Sin foto de perfil, discreto, sin dramas. Cuando el desconocido de la app le mandó una foto por privado, Bastián reconoció al novio de su mejor amigo.
Empapados, a oscuras y demasiado cerca, entendí que pedirle que se quedara era dejar de fingir lo que llevaba meses imaginando.
Llegué antes que él, encendí las velas y dejé la puerta entornada para una cita que ya no tenía vuelta atrás.
Esa noche entré al hotel pensando en trabajar, pero terminé confesando lo que siempre me moja: que me miren, me graben y me cojan sin pudor.
Renata dormía apretada contra mi espalda en tanga y yo estaba desnudo. Cuando abrió los ojos supe que aquella mañana no iba a acabar como debía.
Cuando Sara subió a acostarse, Rubén se giró en el sofá y le dijo lo que ninguno de los dos se había atrevido a decir en dos años. Adrián no quiso frenarlo.
Le pasé el pincel por el pómulo y ella cerró los ojos. Cuando los abrió, mi mano seguía en su mejilla porque yo tampoco quería moverla.
Sabía que tocaba matarme a pajas en silencio esas vacaciones, hasta que Andrés empezó a describirme la escena y la fantasía se me metió entre las piernas.
Ni bien lo dejó en su portal supo que no iba a llegar a casa sin tocarse. Aparcó en el primer hueco oscuro que encontró y bajó la mano al bulto del pantalón.
Solo bajé al jardín a fumar en camisola y me crucé con dos amigos de mi pareja. Media hora después estaba desnuda encima de una mesa, con los ojos abiertos de par en par.
Ella creía estar sola en su cala privada. Yo, escondido tras las dunas, aprendí de memoria cada curva de su cuerpo antes de que las olas la vistieran de nuevo.
Le mandé el audio a las tres de la mañana: mañana volvemos y esta vez sin freno. Ella respondió con una lista de lo que quería que él nos hiciera.
Llevaba meses saludándome con amabilidad, pero esa mañana de calor descubrí en el reflejo de la nevera que no me miraba a los ojos.