La confesión que me dejó sin aliento
Cuando empezó a contarme lo que hacía a puerta cerrada con un adulto de su familia, supe que no iba a poder escucharla sin excitarme.
Cuando empezó a contarme lo que hacía a puerta cerrada con un adulto de su familia, supe que no iba a poder escucharla sin excitarme.
Estaba ordenando archivos viejos de la laptop cuando lo vi: yo, desnuda, montada por un hombre que había borrado de mi memoria. Y esa noche estaba sola.
Me desperté empapada, sin saber si el hombre que me había abrazado en el sueño era un colega, un desconocido o pura imaginación. No importaba nada.
Iba a darme un baño rápido y dormir. No sabía que Marlene había metido en mi maleta un par de vibradores, un consolador y una idea muy cabrona.
Cerré la puerta del departamento, me apoyé contra la madera y supe que esa noche iba a tardar mucho en dormir. Necesitaba tocarme y quería tomármelo con calma.
Le pedí que llegara desnuda a la piscina y le dejé la puerta sin llave. Diez minutos después, la vi cruzar el patio con el pelo rojo brillando bajo la luz del agua.
Acepté el primer billete pensando que solo sería una caricia, pero la puerta cerrada cambió todas mis reglas.
Creí que el dolor me había apagado para siempre, hasta que una noche alguien me miró como si todavía quedara algo vivo en mí.
Apenas cerramos la puerta, dejó caer el bolso, me miró con hambre y entendí que ya no había vuelta atrás.
Cuando me invitó a cenar aún no sabía que iba a acabar desnuda en su sofá, con su boca entre mis piernas, descubriendo lo que llevaba años negándome.
Empecé a masturbarme en silencio junto a ella, pero cuando creyó que dormía, su mano se movió debajo de la sábana y todo cambió.
Me agarró de la mano en recepción, dijo que le debía algo y, antes de pensarlo, ya lo estaba besando contra la puerta del baño.
Cuando cerró el pestillo del baño y se colocó entre mis piernas, entendí que llevaba días esperando ese beso.
Fingimos dormir en silencio, pero su erección contra mi culo y mi mano dentro de su bóxer hicieron imposible seguir quietos.
Los vidrios estaban empañados, yo seguía en cuatro y él ya sabía que esa noche mi cuerpo no iba a olvidar su primera entrada.
La vi caminar por la orilla con su panza redonda y una sonrisa que me recordó todo lo que habíamos dejado pendiente.
Entré a revisar materiales y terminé con la falda subida, la boca llena de él y las piernas temblando contra una mesa polvorienta.
Encontré su braguita rota y empapada en el suelo. Cuando se giró en la cama y me miró con vergüenza en los ojos, supe que la noche apenas empezaba.
Lo leí durante semanas, me toqué pensando en su voz y, cuando lo vi salir por la terminal, supe que esa espera iba a terminar mal.
El bulto de Idris se apretó contra mí un instante y no me aparté. Cuando cerraron la puerta, seguía empapada. Bajé por agua a la cocina y vi el frutero.