Lo que pasó en el concurso de camisetas mojadas
Subió al estrado vestida mientras las demás ya estaban casi desnudas, y supe que esa noche iba a perder por completo la vergüenza delante de todos.
Subió al estrado vestida mientras las demás ya estaban casi desnudas, y supe que esa noche iba a perder por completo la vergüenza delante de todos.
Creía haber enterrado a la mujer que cobraba por su tiempo. Bastó una oferta de mi propio novio para que esa mujer despertara y tomara el control de la noche.
Llevaba años sin pisar un boliche, pero esa noche el amigo de mi hijo me miró de una forma que ningún hombre me miraba desde hacía mucho.
Esa noche, cuando todos dormían, mi tía dejó la copa en la arena, se quitó las sandalias y me dijo que el agua estaba mejor sin nada encima.
Llevaba dos años sin vestirme. Entonces encontré la llave de la habitación que la dueña me pidió no abrir, y dentro estaba todo lo que necesitaba.
Me cambié de ropa, me perfumé con esencia de coco y volví al bar con un solo plan en la cabeza: averiguar si aquella sonrisa iba en serio.
Empezó frente a una webcam, a oscuras y a salvo. Pero esa tarde, en la playa del pantano, no había pantalla: solo mi cuerpo, el sol y los ojos de hombres que no apartaban la vista.
Creía que llevábamos cinco años perfectos, hasta que entró en aquel local y eligió algo que dejaba claro que mi cuerpo ya no le bastaba.
Bajé del coche para sentarme delante y, en cuanto noté el bulto en su pantalón, supe que aquel taxi no me iba a llevar directa a casa.
Me abrió la puerta solo en vaqueros y supe que no íbamos a ver ninguna película. Lo miré de arriba abajo y la boca se me hizo agua.
Pasé al centro de la rueda creyendo que controlaba la situación. No sabía que el short se iría metiendo poco a poco hasta dejarme casi sin nada delante de todos.
Detuvo el coche frente al edificio con las manos temblando. Ella lo esperaba tras la ventana, y ambos sabían que esa copa de vino era solo el principio.
De día era el ayudante perfecto del atelier; de noche se probaba el encaje frente al espejo. Una sola foto bastó para que alguien descubriera quién era en realidad.
Aquel vuelo nocturno empezó como una charla entre amigas y terminó con una confesión: en mi cama siempre hubo lugar para mi marido, para mi amante y, esa noche, para ella.
La amistad con aquel viejo bruto y bonachón se torció una tarde de vino, en un pueblo perdido, cuando me dijo al oído lo que pensaba hacer conmigo.
Subió la escalera delante de mí, sin nada debajo del camisón, y supe que de esa casa no iba a salir siendo el mismo de antes.
Me senté en penumbra, decidida a no tocar a nadie y solo observar. Pero mis dedos tenían otros planes mientras la veía entregarse a dos hombres a un metro de mí.
Llevaba semanas pensando en ella cada noche, hasta que esa cena terminó en el asiento del auto, con su mano buscando lo que yo apenas lograba esconder.
Solo iba a tomar una cerveza con ella mientras esperaba a la pareja con la que había quedado. Nunca había pisado un club así, y la curiosidad pudo conmigo.
Cada noche llegaba un coche distinto a la casa de enfrente y las luces se apagaban, todas menos una. Esa madrugada me acerqué a la ventana y ya no pude dejar de mirar.