Mi mujer me pidió un permiso que lo cambió todo
Cuando volvió a casa con el pelo revuelto y una sonrisa que no era para mí, entendí que el pacto que habíamos firmado en la cocina ya no tenía marcha atrás.
Cuando volvió a casa con el pelo revuelto y una sonrisa que no era para mí, entendí que el pacto que habíamos firmado en la cocina ya no tenía marcha atrás.
Cada vez que jurábamos terminar, bastaba una mirada para acabar encerrados otra vez, sudando y follando como si nos odiáramos.
Volví al taller con una excusa torpe y una falda demasiado corta; ellos entendieron enseguida que no iba por el coche.
Puse el juguete en aleatorio antes de salir de la oficina. Veinte plantas, un metro y un parque me separaban de casa. No calculé lo que aguantaría.
Los gemidos del otro lado de la pared me dejaron empapada, y decidí despertar a mi hombre de la forma más sucia que conozco.
Bajé el mando y contuve la respiración: al otro lado de la pared, sus gemidos empezaban a subir de tono y yo ya tenía la mano dentro del pantalón.
Cuando la playa quedó casi vacía, su mano bajó por mi abdomen y entendí que ese último baño no iba a terminar como un juego inocente.
Escuché los gemidos al pasar por el pasillo. La puerta estaba entreabierta y no pude apartar la mirada. Tampoco pude quedarme quieta.
Todo empezó cuando el cabecero de su cama golpeó la mía. A partir de ahí, ya no pude fingir que no la escuchaba, ni que no la deseaba desde hacía meses.
No quería despertarlo de golpe: quería que sintiera mi boca, mis manos y mi hambre antes de abrir los ojos.
Cada noche la escuchaba gemir con otros hombres; cuando por fin me miró distinto en el pasillo, supe que yo sería el siguiente.
Cuando Mateo me sentó entre él y su amigo Iván, y las dos manos empezaron a subirme por los muslos al mismo tiempo, supe que la invitación al bar era otra cosa.
Corrí hacia él como si llevara años esperándolo, aunque apenas nos conocíamos y yo todavía llevaba mi anillo de casada.
Apenas abrí la puerta, la besé con hambre. Ella temblaba, decía que era una locura, pero subió a mi cuarto sin soltarme la mano.
El aire acondicionado no funcionaba y el sudor me marcaba la camisa. Cuando levanté los ojos, él ya me miraba fijo por el retrovisor.
Cerré las persianas, me miré desnuda en el espejo y respiré hondo. Nunca me había tocado, pero esa tarde el único plan era descubrir mi cuerpo.
Cerré la puerta del consultorio temblando; cuando me pidió que me quitara la ropa, supe que no había olvidado nada de la otra vez.
Pensé que solo dormiríamos en el sofá, pero su mano encontró la mía en la oscuridad y ya ninguno quiso fingir que no pasaba nada.
Entré al cuarto convencida de que sería una cogida rápida para vengarme. Salí al amanecer sin recordar mi nombre.
Cuando vi su mensaje antes de entrar al parking, supe que no iba a volver a casa con las piernas temblando solo por conducir.