Mi rutina secreta cuando mi marido se va a trabajar
Lo decidí la noche anterior, mientras él dormía: a la mañana siguiente empezaría, sola, una rutina que llevaba años imaginando y que nunca me había atrevido a sostener.
Lo decidí la noche anterior, mientras él dormía: a la mañana siguiente empezaría, sola, una rutina que llevaba años imaginando y que nunca me había atrevido a sostener.
Lo dejé pasar pensando que solo buscaba un vaso de agua. Diez minutos después estaba arrodillada frente al sofá y no quería detenerme.
Subí al último vagón pensando en un viaje tranquilo. Nunca imaginé que la mujer del vestido verde me invitaría a mirar todo lo que su pareja iba a hacerle.
Cuando Sofía me susurró al oído que esa noche no estaríamos solas, sentí un escalofrío que no supe si era miedo o ganas. El desconocido ya subía las escaleras.
Apreté el último tornillo, le di la vuelta y supe que algo había salido mal. Lo que no imaginé fue cómo terminaría aquella siesta frustrada.
Tenía casi el doble de mi edad y una sonrisa que prometía problemas. Me dijo que iba a comprobar si tenía hambre de verdad o solo estaba aburrido, y ya estaba perdido.
Tenía sesenta y tantos años y un perfume que perduraba en el ascensor; jamás pensé que ayudarla con unos muebles me llevaría a su cama esa misma noche.
Lo invité a un café sabiendo que no era un café lo que quería. A los cincuenta, Raquel descubrió que la culpa nunca había podido con sus ganas.
No recuerdo sus nombres, pero llevo años sin poder olvidar sus caras. Ni sus cuerpos. Y sobre todo no me perdono haber disfrutado tanto de aquella noche.
Lo veía entrenar cada mañana y fingía no mirarlo. Hasta que un día me acerqué, y esa decisión me llevó a la noche más intensa de toda mi vida.
El asiento del copiloto era incómodo para él, así que le ofrecí compartir la cama. No imaginé lo que pasaría cuando creyó que ya me había dormido.
Lo tenía sentado en bata frente a mi mesa, todavía sudado, y yo solo pensaba en lo que habíamos hecho esa tarde mientras mi hijo comía a mi lado.
Mientras ellas se iban de compras, nosotros nos quedamos solos con una cerveza, un móvil lleno de fotos y demasiada curiosidad por lo que el otro escondía.
Toqué el timbre convencida de que estaríamos los dos solos. Me abrió una desconocida de pelo negro y sonrisa torcida que ya sabía mi nombre.
Una semana después de aquella primera noche, mis pies me llevaron solos de vuelta al cabaret. Verónica me esperaba con una caja de terciopelo y una sentencia.
Apagué el televisor, esperé a que mi tía roncara y subí la pierna sobre su cadera. Sentí lo duro que estaba y supe que ya no había marcha atrás.
Siempre éramos los últimos en apagar las luces. Esa noche entré sin avisar y lo que vi me cambió cada turno que vino después.
Me escondí en el descanso de la escalera solo para oír su voz grave hablar de mi cuerpo. Sabía que estaba mal. También sabía que ya no podía dejar de buscarlo.
Esa noche, después de publicar, abrí el correo y encontré un mensaje suyo. No sabía que un desconocido podía moverme tanto solo con palabras.
Se quedó quieta entre los árboles, roja de vergüenza, con las manos cruzadas a la espalda. —Solo déjame mirar —susurró—. Nunca he visto a un hombre hacerlo.