La primera vez que lo hice en el coche de Mateo
Aquella noche no llevaba condón en el bolso ni intención de pedirle que se pusiera uno. Solo quería sentir hasta dónde éramos capaces de llegar.
Aquella noche no llevaba condón en el bolso ni intención de pedirle que se pusiera uno. Solo quería sentir hasta dónde éramos capaces de llegar.
Llevaba una semana entera castigando su cuerpo con juguetes, y yo sabía que mis dedos ya no le bastaban. Necesitaba algo más, y los dos lo sabíamos.
«La paciencia es una virtud», dijo sin levantar la vista del café. Y yo, que llevaba un mes sin permiso para terminar, supe que la prueba empezaba ahí.
Le dije que solo quería practicar unas fotos. Era mentira. Lo que buscaba era que me mirara de una vez como yo llevaba semanas mirándolo a él.
Con el maquillaje corrido por el llanto, me tomó de la mano y me guió escaleras arriba, decidida a que lo que sentíamos dejara por fin de ser un secreto.
Le escribí en broma que durmiera conmigo esa noche. No imaginé que, pasadas las doce, la puerta de mi habitación se abriría de verdad.
Eran las seis y cuarenta. Ella miró su reloj, me pidió que me detuviera junto al callejón y, antes de que pudiera preguntar nada, ya me estaba besando.
Conté hasta diez antes de cada golpe, sola frente al espejo, con la pomada ardiendo en cada herida abierta. Nadie sabía lo que el dolor estaba haciendo conmigo esa noche.
No quiero que me respetes a distancia. Quiero ser eso que abres en secreto, a las dos de la mañana, con la mano ya metida bajo la sábana y mi nombre atascado en la garganta.
Nunca me había desnudado delante de extraños. Esa mañana de calor decidí que era el día, sin imaginar que alguien me devolvería la mirada.
Pedí el paquete con el corazón en la boca, rezando para que llegara antes de que ellos volvieran. Cuando lo abrí, ya no había vuelta atrás.