Volvió a buscarlas y esta vez ellas pusieron las reglas
Creyó que esa noche mandaría él. En cuanto cruzó la puerta, las cuerdas ya estaban listas y sus sonrisas no tenían nada de inocentes.
Creyó que esa noche mandaría él. En cuanto cruzó la puerta, las cuerdas ya estaban listas y sus sonrisas no tenían nada de inocentes.
Cuando la puerta volvió a abrirse, Rubén entendió que la noche anterior solo había sido el principio de lo que aquellas mujeres pensaban hacer con él.
Llevaba toda la noche esperándola, atado a la cama de aquella casa, sabiendo que el domingo ella regresaría a terminar lo que habíamos empezado.
Bajo la capa formal y los lentes oscuros, la arquitecta escondía un cuerpo joven que pronto conocerían, uno a uno, los obreros que cavaban su puente.
La profesora pasó un dedo por su escote y le susurró al oído que abriera las piernas. Nerea obedeció antes de entender que ya no había marcha atrás.
Carmen lo había planeado todo: las duchas del sótano, las parejas nerviosas y una sola regla, que nadie se quedara mirando desde fuera.
Subí el vestido escalón a escalón mientras ellos me seguían por la escalera. Para cuando llegamos a mi habitación, ya no había nada que disimular.
Aceptamos las reglas sin saber del todo a qué nos entregábamos: una isla, varios amos y la promesa de que un no siempre sería un no. El resto lo decidía el deseo.
Cuando por fin abrió los ojos, descubrió que los cuatro sillones que rodeaban la cama ya no estaban vacíos. Y entonces entendió a qué jugaba él.
Los aplausos llegaron desde los cuatro sillones que rodeaban la cama. Se giró, todavía agitada, y los encontró desnudos, esperando su turno.
Tres meses limpia, nueve hombres bajo llave y un único objetivo: la noche en que todos serían míos sin reglas, sin prisa y sin miedo a nada.
Salí del trabajo con un calor insoportable y se me ocurrió pasar por la sauna. No sabía que aquel desvío iba a terminar con los tres metidos en algo mucho más grande.
Cuando la puerta del baño se abrió de golpe, entendí que Adrián no me había llevado allí para estar a solas. Y lo más perturbador fue cuánto lo deseaba.
La dejé a dos calles del punto de encuentro y, cuando se subió al coche, se presentó como si yo fuera otro pasajero más. Ninguno de los tres sabíamos lo que vendría.
«Una mujer como tú vale miles por una noche», dijo Ingrid mientras me ataba la correa al cuello y me arrastraba hacia el interior del local.
Cuando la Señora chasqueó los dedos, supe que esa noche mi mujer dejaría de ser solo mía y que yo miraría cada segundo sin poder apartar los ojos.
Tres mujeres, tres hombres y una sola regla esa noche en el bungaló: nadie sabía con quién acabaría, y el cronómetro ya corría sobre la mesa del salón.
Bajé la guardia un segundo y Renata ya había cerrado la puerta con llave. Conocía mi secreto, y pensaba usarlo para conseguir exactamente lo que quería de mí.
Bajó la escalera con un vestido negro que apenas la cubría, y los dos invitados entendieron que aquella cena no iba a parecerse a ninguna otra.
Cinco hombres, un autobús vacío y una ruta que se desvió de su recorrido. Reconocí cada una de sus caras y supe que esa noche no llegaría temprano a casa.