Mi ex me buscó y tres alumnos lo grabaron todo
Llevaba una semana sin que me hablara cuando me esperó a la salida de clase, me llevó a un rincón apartado y dejó que tres desconocidos lo vieran todo.
Llevaba una semana sin que me hablara cuando me esperó a la salida de clase, me llevó a un rincón apartado y dejó que tres desconocidos lo vieran todo.
Confiaba en ella ciegamente, por eso no preguntó adónde iban cuando el coche dejó la autopista y enfiló hacia la costa con la profesora en el asiento de atrás.
Salieron del club a las dos de la mañana. Renata no imaginaba que la verdadera función de esa noche se transmitía en una pantalla al pie de la cama.
Pensé que tenía el vapor para mí sola y mis juguetes. Entonces la puerta se abrió y una desconocida altísima me miró sin ninguna prisa por cubrirse.
Nunca pensé que unas manos de mujer pudieran tocarme así. Cuando mi patrona me ofreció un masaje, no supe que estaba abriendo una puerta que ya no querría cerrar.
«Normalmente ahora tendrías que arrodillarte y esperar en silencio», me dijo mientras me ajustaba el collar. No sabía que sería yo quien terminaría mandando.
Cerró la puerta con llave y se la guardó en el bolsillo. —A partir de ahora haces lo que yo diga —susurró, y una parte de mí, cansada de decidir, quiso obedecer.
Cuando le inmovilicé la cabeza entre mis muslos esperaba que se resistiera. En vez de eso, sentí su aliento caliente contra mi ropa interior y un gemido bajo.
Llevaba meses notando cómo me buscaba entre la gente durante el sermón. Ese domingo decidí seguirla hasta su casa y averiguar qué escondía esa mirada.
Llegué a casa creyendo que podría dormir, pero el teléfono vibró con su nombre en la pantalla y supe que esa noche no iba a descansar.
Llevábamos mes y medio escribiéndonos cada mañana y cada noche. Cuando por fin la vi sentada en aquella mesa, supe que ninguna de las dos dormiría sola.
La diferencia de edad debía ser un problema, no una invitación. Pero cuando ella dejó caer los zapatos y me miró desde el sofá, supe que iba a obedecer cada orden.
Tenía un vestido rojo demasiado ajustado y cuarenta y dos años recién cumplidos cuando aquella rubia apoyó la mano en mi cintura y me apretó contra ella.
Beatriz ya no se resistía cuando le pasaba la cadena por el cuello. Le había cambiado el nombre, la rutina y la idea que tenía de sí misma.
Pensé que la tenía acorralada contra la pared. Tardé un segundo en entender que la única atrapada en esa casa vacía era yo.
Cuando el invierno me deja temblando y sola, cierro los ojos y la imagino entrando a paso firme, dispuesta a desnudarme despacio y a hacerme por fin completamente suya.
Las bragas todavía estaban tibias cuando las descolgó del pomo. No imaginaba que esa curiosidad la llevaría hasta la cama de una desconocida.
Llevaba años adiestrando sumisas por internet, pero jamás imaginé que detrás del antifaz de mi nueva esclava estaría la cara de la mujer que vivía justo enfrente.
Compartían la misma clase tres días a la semana y se miraban a escondidas. Hasta que una de ellas decidió que ya estaba cansada de fingir que no pasaba nada.
Cuando pasé frente al baño entreabierto y la vi desnuda de espaldas, supe que esa noche en mi casa no iba a terminar como dos viejas conocidas tomando el té.