El juguete que encendí en el ascensor
Puse el juguete en aleatorio antes de salir de la oficina. Veinte plantas, un metro y un parque me separaban de casa. No calculé lo que aguantaría.
Puse el juguete en aleatorio antes de salir de la oficina. Veinte plantas, un metro y un parque me separaban de casa. No calculé lo que aguantaría.
Aquel bulto duro en el tren no me tocó solo el culo; me abrió una puerta que ya no he podido cerrar.
Nunca me habían mamado la polla delante de tanta gente. Y todavía no había pasado lo peor: lo que ese pelirrojo iba a hacerme al llegar a la última cala.
Cuando la playa quedó casi vacía, su mano bajó por mi abdomen y entendí que ese último baño no iba a terminar como un juego inocente.
Acepté su cena por necesidad, pero cuando aparcó en la oscuridad supe que no quería tocarme: quería verme perder la vergüenza.
Me hice la borracha en el asiento trasero, pero cuando ese desconocido me metió la mano bajo la falda, dejé de actuar.
Cerré la puerta, me puse el vestido más corto y decidí obedecer cada regla que me excitaba, aunque acabara temblando sola sobre el sofá.
Subí al baño con uno de ellos, pero no imaginaba que esa noche iba a salir temblando, satisfecha y con el cuerpo todavía ardiendo.
Mi marido volvió del bar con una sonrisa rara, un número en el bolsillo y una idea sucia que me dejó empapada antes de tocarme.
Me puse el vestido que él eligió y, cuando sentí las miradas clavadas en mi culo, entendí por qué a mi marido le excitaba exhibirme.
Cuando se levantó la falda en plena carretera y dejó que los camioneros miraran, supe que ese viaje no iba a tener nada de inocente.
El aire acondicionado no funcionaba y el sudor me marcaba la camisa. Cuando levanté los ojos, él ya me miraba fijo por el retrovisor.
Cuando volvió del baño y me deslizó algo tibio en la mano, entendí que mi tanga rojo había vuelto con un secreto que iba a arruinarme el resto de la noche.
Llevábamos años rozándonos con la excusa del cariño familiar. Cuando la puerta se cerró y quedamos solas, saqué el bikini más chico que tenía y prendí un porro.
Llevábamos años desnudándonos sin cruzar la línea, hasta que una ducha borracha en la playa convirtió las miradas en algo mucho más sucio.
Solo quería que dejaran de ignorarme, aunque para conseguirlo tuviera que ponerme delante de todos y dejar que se rieran mientras me observaban.
Iba a darme un baño rápido y dormir. No sabía que Marlene había metido en mi maleta un par de vibradores, un consolador y una idea muy cabrona.
Dejó claro desde que se sentó a mi lado que no pensaba pagar con dinero, y cuando me pidió que parara en el parque entendí por qué.
Cerré la puerta del departamento, me apoyé contra la madera y supe que esa noche iba a tardar mucho en dormir. Necesitaba tocarme y quería tomármelo con calma.
Solo quería mirar la cartelera, pero terminé arrodillada entre butacas, con su polla en la boca y la pantalla iluminándonos a medias.