El viejo del gimnasio no podía apartar los ojos de mí
Cambié de horario para entrenar sola, sin miradas pesadas. Lo conseguí durante una semana. Hasta que él cruzó la puerta y todo mi cuerpo me traicionó.
Cambié de horario para entrenar sola, sin miradas pesadas. Lo conseguí durante una semana. Hasta que él cruzó la puerta y todo mi cuerpo me traicionó.
Acepté el fetiche de mi novio y salí vestida para que me miraran. Nunca pensé que terminaría a solas con un policía que me observaba demasiado.
Cuando el obi le apretó la cintura, supo que ya no había vuelta atrás: cada pliegue lo borraba un poco más, y nunca había deseado nada con tanta vergüenza.
Cada vez que subo al coche me aseguro de llevar las pinzas sujetas al volante. Así empezó todo, una tarde de calor en la que no encontraba dónde había aparcado.
La noche antes de partir encendimos la pantalla, pusimos los videos de aquella mansión y dejamos que el recuerdo nos preparara para lo que la isla nos guardaba.
Durante años mi madre paraba en aquel arcén con cualquier excusa. Aquel verano, viajando las dos solas, por fin me confesó lo que de verdad buscaba allí.
Eran las tres de la madrugada y dos siluetas se movían dentro del agua. Me quedé mirando desde la ventana, sin saber que mi mujer ya estaba despierta detrás de mí.
Creí que dormía mientras una rubia se acercaba a mí en la playa. Al volver, me confesó que lo había visto todo con los ojos entreabiertos.
Bruno me retó a calentar al camionero desde el coche. Lo que no imaginé fue que aquel desconocido nos seguiría hasta el bar para cobrarse el favor.
Tenía veintiséis años y creía conocer mis límites. Bastó un desconocido en la arena y la mirada cómplice de mi marido para descubrir que no conocía nada.
Mi novio creía que no me animaría. Apostó que solo lo calentaría desde la ventana, pero esa tarde el jardinero terminó arrodillado frente a mí.
Le dije a un desconocido que mi esposa dormía en casa sin pensarlo, y esa frase encendió algo que llevaba años apagado entre nosotros.
La primera orden llegó a las siete de la tarde y entendí que esa noche obedecería todo, sin preguntar, frente a una cámara y a un hombre que solo conocía por su voz escrita.
Me regaló un bañador carísimo para que solo él me admirara. No imaginaba que esa misma mañana yo dejaría que decenas de desconocidos me vieran sin nada.
Subí solo al apartamento para ducharme antes que los demás. Lo que no esperaba era que alguien, al otro lado del patio, estuviera esperando justo ese momento.
Cuando se apagaron las luces de la sala, supe que esa noche íbamos a cruzar una línea de la que ninguno de los dos querría volver.
Habían pasado meses desde la ruptura cuando su nombre iluminó la pantalla del móvil. Necesitaba pedirme algo, y por su tono supe que no sería nada sencillo.
Una ráfaga de viento le arrancó la toalla en el último escalón. Ella no se cubrió. Solo me miró, como si llevara semanas esperando que yo bajara a esa hora.
Cuando su jefe se ofreció a llevarme a comprar las bebidas, mi marido se quedó con cara de tonto. Yo ya sabía que esa salida no iba a ser inocente.
Sorteamos los equipos y me tocó con ella. A los pocos minutos entendí que se había dado cuenta de todo, y que mirar le gustaba tanto como a mí ser mirada.