El verano en que la piscina del bloque perdió el pudor
Ese bañador apenas las cubría, y cada día la piscina enseñaba un poco más de piel. Nadie sospechaba hasta dónde llegarían los vecinos cuando cayera la última prenda.
Ese bañador apenas las cubría, y cada día la piscina enseñaba un poco más de piel. Nadie sospechaba hasta dónde llegarían los vecinos cuando cayera la última prenda.
Sabía que aquel disfraz de diabla era demasiado atrevido, pero lo que no imaginé es hasta dónde estaría dispuesta a llegar cuando dejé las braguitas escondidas en el baño.
Tomé la pastilla azul antes de salir del vestuario porque sabía lo que venía. Lo que no sabía era hasta dónde íbamos a llegar Romina y yo esa noche.
«Una mujer como tú vale miles por una noche», dijo Ingrid mientras me ataba la correa al cuello y me arrastraba hacia el interior del local.
Creí que sería un día de mar entre amigos. No conté con el chico de cubierta que no me quitaba los ojos de encima, ni con todo lo que vino después.
Llevaba media hora posando junto al descapotable cuando el fotógrafo le pidió que se quitara el vestido. Y ella, bajo el sol del desierto, no dijo que no.
Vestida como para una sesión de fotos, entré en un gimnasio vacío con dos hombres que recordaba demasiado bien. Y ellos tenían algo planeado para esa tarde.
Cuando cruzamos la puerta de aquel local en penumbra, supe que esa noche compartiríamos algo que ninguno de los dos podría olvidar jamás.
Entre el humo y los gritos del público, Soledad ya no sabía dónde terminaba ella y empezaba su hija. Solo sabía que no quería que esa noche acabara nunca.
Solo quería dormir la borrachera. Pero cuando la puerta se abrió y entraron ellos tres, decidí seguir con los ojos cerrados para ver hasta dónde se atrevían.
Volví al chalet pensando que todo había terminado, y me encontré la piscina llena de cuerpos, vasos por el suelo y a la pantera esperándome en el agua con una sonrisa que lo decía todo.
Llevaba horas tirada sobre la toalla, el sol bajando, y cada vez que creía haber terminado alguien nuevo se arrodillaba a mi lado con otra idea en la cabeza.
Cuatro mujeres, nueve hombres y una cabaña con piscina. Subí a la van sabiendo que algo iba a pasar, pero no que iba a entregarme a todos sin pensarlo dos veces.
Dejé el móvil en la entrada, monté mis platos y, cuando se hizo de noche, entendí por qué: medio jardín follaba sin pudor y la anfitriona venía directa hacia mí.
Bajé a la cocina prácticamente desnuda, con tres desconocidos arrodillados en mi salón y mi pareja al otro lado de la pared. Lo que no sabía era que él lo estaba grabando todo.
Cuando el pueblo entero dormía la siesta, Camila se paró en medio de la calle vacía, se mordió el labio y nos preguntó cuál de los cinco se animaba primero.
Pensé que solo serían unas fotos más. No imaginé que las manos de los tres terminarían recorriéndome a la vez, ni que yo me dejaría llevar sin pensar en mi marido.
Cuando me puso la venda en el portal, lo único que sentía era una gota que bajaba despacio entre mis muslos y el corazón a punto de salírseme.
Cuando se mudó al apartamento de enfrente no imaginé que una tarde, mientras su hijo dormía, su mano subiría por mi muslo y yo separaría las piernas sin pensarlo.
Frente a la cámara, la sexóloga prometió una simple clase de anatomía. Pero cuando la conductora deslizó la mano bajo su tanga, las dos supieron que ya no había vuelta atrás.