Terminamos los cuatro en la misma cama de hotel
Nunca había mirado a otra pareja coger a un metro de mí. Con mi amiga gimiendo en la cama de al lado, descubrí que mirar y dejarme ver me encendía como nada.
Nunca había mirado a otra pareja coger a un metro de mí. Con mi amiga gimiendo en la cama de al lado, descubrí que mirar y dejarme ver me encendía como nada.
Nunca imaginé que aquella chica tímida de gafas, que se sonrojaba al hablar de sexo, terminaría desnuda y entregada en una jaima perdida del desierto.
La regla era simple: solo mirar, quedarnos en ropa interior y nada más. Duró exactamente hasta que ella puso mi mano sobre su pecho y me pidió que apretara.
Estábamos solos en la playa hasta que un hombre se detuvo en la orilla a mirarnos. Y en lugar de cubrirnos, decidimos darle algo que mirar.
Le elegí yo el vestido: blanco, ajustado y sin nada debajo. Quería que fuera la más deseada de la cena, y todavía no imaginaba hasta dónde nos llevaría esa noche.
Hugo nos enseñó un vídeo donde nadie sabía quién tocaba a quién. Dijo que era para vencer los celos. No sabía que el sorteo me pondría a mirar lo que más temía.
La encontré esperándome en la cama, pero esa noche no la quería solo para mí. La saqué al pasillo, desnuda, justo frente a la puerta donde dormía mi amigo.
Sabía que aquel viaje cambiaría algo entre nosotros, pero jamás imaginé hasta dónde llegaría mi mujer cuando otro hombre empezó a darle órdenes.
Cuando Lucía cruzó la sala y se sentó en las rodillas de él sin mirarme, supe que esa noche yo solo iba a mirar, y que era exactamente lo que ambos queríamos.
Le dije que entrara sola, como si no me conociera, y que hiciera lo que quisiera si algo le gustaba. No imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar esa tarde.
Estábamos solas en la arena, desnudas y excitadas, cuando descubrí que dos jóvenes nos espiaban desde las rocas. Romina solo me preguntó si quería seguir.
Le pedí que no llevara nada debajo del vestido verde. No imaginaba que esa travesura nos abriría la puerta a la pareja de la mesa de al lado.
Lucía volvió de su clase con el nombre de otra pareja anotado en el móvil. Esa noche supimos que el sábado dejaría de ser un sábado cualquiera.
Entró con una noticia que cambiaría las reglas entre nosotros: una marca quería fotografiarla en lencería, y la idea la encendía mucho más de lo que yo esperaba.
Mujer pequeña, religiosa, casada en un pueblo donde todos hablan. Jamás imaginé que las fotos que mi marido guardaba en secreto terminarían recorriendo toda la región.
Cuando el guardia gritó su número, las risas se apagaron de golpe y cien miradas se clavaron en ella: la única belleza intacta en un patio de cemento, sudor y alambre de púas.
Solo recibí dos fotos esa mañana: ella desnuda frente al mar y, una hora después, la funda de un condón abierta. Lo demás me lo contó en la cama.
Buscábamos un consolador nuevo lejos de casa, donde nadie nos conociera. Lo que pasó en aquella cabina dejó el juguete olvidado en el suelo.
Mi novia llevaba una semana fuera de la ciudad y yo solo pensaba en una cosa: escribirle a Mariana y citarla en el café de siempre para jugar un rato.
Seguía repitiéndome que era solo parte de la terapia, que no era nada personal. Pero con el semen de otro hombre resbalando por mis muslos, ya no me creía ni una palabra.