Mi jefe me llevó del bdsm al sexo grupal
Todo empezó con órdenes absurdas en la oficina, y terminó conmigo abierta de piernas para clientes, desconocidos y fiestas que no podía olvidar.
Todo empezó con órdenes absurdas en la oficina, y terminó conmigo abierta de piernas para clientes, desconocidos y fiestas que no podía olvidar.
Solo bajé al jardín a fumar en camisola y me crucé con dos amigos de mi pareja. Media hora después estaba desnuda encima de una mesa, con los ojos abiertos de par en par.
Creí que solo iba a espiarlas desde la toalla, pero cuando una de ellas me sostuvo la mirada supe que ya no estaba mirando yo solo.
Mi novia se quitó el bikini delante de nuestros amigos y, cuando vi cómo la miraban, supe que esa noche iba a follármela con otra hambre.
Me presenté sin avisar, vestida para provocar. Lo que no imaginaba era que el hermano de mi novio aprovecharía cada segundo que pasamos a solas.
Cada vez que íbamos a esa casa, mi marido encontraba un rincón para pararme, bajarme la ropa y susurrarme al oído el nombre de Damián mientras sacaba el móvil.
Me dijo que me recogería a las cinco y que no preguntara nada. Lo que no imaginaba era lo que tendría que llevar escondido mientras paseábamos entre la gente.
Cuando entró al apartamento esa tarde, no esperaba encontrar a otro hombre sentado en el sofá, ni descubrir cuánto la excitaba sentirse observada.
Cuando bajé las escaleras del bar, supe que aquel hombre me miraba sin disimulo. Y lo peor era que yo, con cada paso, quería que mirara más.
Sabía a lo que íbamos antes de subir al coche, pero me dejé llevar igual. Aquel chalet apartado, la piscina vacía y dos hombres que no me quitaban los ojos de encima.
Me fascina mirar y que me miren. Esa noche en la arena, con Ingrid desnudándose frente a mí bajo la luna, lo entendí del todo por primera vez.
Salí de casa sin ropa interior, con la cámara de mi marido apuntándome. Él no buscaba el paseo: buscaba que alguien me viera y se quedara con las ganas.
Sabía exactamente lo que iba a hacer cuando apagué la luz grande y dejé solo la lamparita: desnudarme despacio mientras ella fingía hablar de cualquier cosa.
Eran las once de la noche, la calle estaba vacía y decidí quitarme la ropa ahí mismo. No imaginé que alguien tambaleándose en la esquina me estaba observando.
Llevábamos meses jugando a que la miraran sin que ella lo supiera. Esa noche, con dos amigos en el sofá, descubrí que era ella quien controlaba el juego desde el principio.
Nunca había besado a una mujer. Frente al espejo de su recibidor entendí que esa tarde iba a hacer mucho más que mirar.
Pensé que la casa de al lado estaba vacía. Cuando levanté la vista del libro y lo vi en el balcón, supe exactamente lo que iba a hacer con él.
Subí por las escaleras eléctricas sabiendo que medio centro comercial me veía por debajo de la falda. Y esa noche todavía no había hecho lo más atrevido.
Salí a abrirles en bata corta sin pensarlo. Cuando vi cómo me miraban los tres, supe que mi jardín no sería lo único que iban a atender ese fin de semana.
Creí que mi futuro lo decidiría el dueño del antro más caro de la costa. No imaginé que la prueba final me la pondría su mano derecha, una mujer curtida en el oficio.