El vestidor, la villana y mi debut de heroína
Fui al shopping a buscar un traje nuevo. Terminé masturbándome en el vestidor y cara a cara con una villana que me dejó inmóvil justo cuando más me hervía la sangre.
Fui al shopping a buscar un traje nuevo. Terminé masturbándome en el vestidor y cara a cara con una villana que me dejó inmóvil justo cuando más me hervía la sangre.
Empezó como una prueba absurda entre jefa y subordinada, pero cuando me vio desnuda y sonrió, supe que ya no mandaba yo.
Cuando vi al hombre escondido entre los arbustos, ya era tarde para taparme... y peor todavía, no quise hacerlo.
Me quité la ropa interior antes de salir y, cuando el vagón se llenó, supe que no volvería a bajar del metro igual que había subido.
Los vidrios estaban empañados, yo seguía en cuatro y él ya sabía que esa noche mi cuerpo no iba a olvidar su primera entrada.
Al principio solo eran besos torpes y caricias sobre la ropa; después, él empezó a pedirme que me dejara mirar y mostrar cada vez más.
Ella me chupaba en el asiento trasero cuando oí su voz junto a la ventanilla; en vez de apartarse, siguió más caliente que antes.
A las dos de la mañana levanté la persiana en calzoncillos, y mi vecina del bloque de enfrente ya me estaba esperando con la luz encendida.
Cada mañana fingía mirarle la cara, pero vivía pendiente de sus tetas; el día que me habló, supe que ya no había vuelta atrás.
La cajera me miró raro cuando pasó por caja los pepinos, la zanahoria y la berenjena. No imaginaba dónde iban a terminar unas horas después.
Cuando cerré la persiana, ella ya sabía que la estaban mirando y, en vez de asustarse, me pidió que no encendiera todas las luces.
Esa noche entré al hotel pensando en trabajar, pero terminé confesando lo que siempre me moja: que me miren, me graben y me cojan sin pudor.
La segunda vez no salió de la sombra para gritar ni para huir: salió con el vestido abierto y dijo que llevaba semanas esperándome.
Fui sin bragas, pensando solo en mirar, pero bastó una mano entre mis muslos para que terminara exhibiéndome y follando delante de todos.
Me quité el bikini bajo el agua para excitarme sola, pero no contaba con que un hombre en mi mismo carril se acercara demasiado.
Creí que solo íbamos a besarnos después de la fiesta, hasta que vi a otra mujer desnudándose a pocos pasos y decidí no echarme atrás.
Llevaba meses mirándola por la ventana, pero el día que llamó a mi puerta entendí que ella también llevaba tiempo esperándome.
Apenas cerré la puerta de casa, él ya me estaba dando la vuelta, vendándome los ojos y ordenándome obedecer sin hacer una sola pregunta.
Cuando vi al corredor detenerse frente a la puerta abierta, supe que no íbamos a parar; ella ya estaba demasiado caliente para fingir pudor.
Sabía que tocaba matarme a pajas en silencio esas vacaciones, hasta que Andrés empezó a describirme la escena y la fantasía se me metió entre las piernas.