Espié a la chica de la tienda un domingo temprano
Eran las nueve de la mañana de un domingo y yo era el único en la calle. Por eso fui el único que la vio salir de la tienda casi desnuda, sin saber que la observaba.
Eran las nueve de la mañana de un domingo y yo era el único en la calle. Por eso fui el único que la vio salir de la tienda casi desnuda, sin saber que la observaba.
Salimos del último bar muy borrachos, sin imaginar que esa calle desierta nos llevaría a algo que nunca nos habíamos atrevido a decir en voz alta.
Todos en la oficina hablaban del cuerpo de la mujer de Marcos. Yo solo quería comprobarlo con mis ojos, aunque para eso tuviera que inventarme un despido.
Le juré que no podían vernos a la salida de la oficina. Veinte minutos después estaba sobre él, con los cristales empañados y una sombra acercándose por el retrovisor.
Eran las once y media, estábamos contra una pared de una calle francesa cualquiera, y ella me miró a los ojos y dijo algo que me aceleró el corazón.
Salgo al jardín casi desnuda porque sé que él me observa tras las cortinas. Hoy he preparado algo especial para mi mirón favorito.
Empecé a bailar solo para entretener a mi marido, pero la mirada nerviosa del muchacho del camarote de enfrente me dejó claro que esa noche no acabaría en un baile.
Volvimos de las vacaciones y mi marido seguía con la misma idea fija: ofrecerme a otro hombre y quedarse mirando. Esa noche, por fin, lo dejé disfrutar del espectáculo.
Le pasé el teléfono para que viera las fotos de las vacaciones, sin recordar lo que había unas pantallas más adelante. Su cara cuando llegó allí lo cambió todo.
La primera mano en mi culo me asustó. La segunda la estuve esperando toda la noche, agachándome más de la cuenta para que volviera a pasar.
Cartografiaba una selva donde nadie hablaba mi idioma y, sin embargo, fue allí, entre cuerpos pintados de arcilla, donde dejé de sentirme un fantasma.
Treinta años de amistad y nunca había pasado nada. Hasta que un grifo reventó, la camiseta se le pegó al cuerpo y me dijo: «Quítate la ropa».
No nos exhibimos para que nos vean: simplemente dejamos de escondernos. Y si una persiana se mueve al otro lado del seto, ella sonríe y abre un poco más las piernas.
Sonia me esperaba en la puerta del restaurante con un vestido tan corto que cada vez que respiraba contaba un secreto. Y yo había ido dispuesta a contar el mío.
Apagué la luz de la terraza y me quedé inmóvil, fumando, mientras al otro lado del cristal ellos empezaban sin disimulo. Y supe que querían que mirara.
Escondí mis prendas por todo el terreno y me juré recuperarlas antes del quinto orgasmo. El claxon de aquel auto detenido frente a la reja lo cambió todo.
El traqueteo del autobús medio vacío me encendió, y cuando bajé la mano bajo la falda no imaginé que alguien al otro lado del pasillo no me quitaría los ojos de encima.
Marina no había dormido de la emoción. Lo que ninguna de las tres imaginaba era que aquella cala escondida iba a desnudarnos mucho más que la ropa.
Bajamos al garaje a jugar como cuando éramos novios. Lo que no esperábamos era que esa noche hubiera alguien más despierto entre los coches.
A los treinta y nueve, pensé que ya nada me sorprendía. Entonces abrí esa página, apareció él al otro lado de la pantalla y descubrí cuánto me gustaba que me miraran.