La rubia de la despedida de soltera me eligió a mí
Yo no conocía a nadie en esa cena de chicas, hasta que ella entró por la puerta y nuestras miradas se quedaron pegadas por encima de los platos.
Yo no conocía a nadie en esa cena de chicas, hasta que ella entró por la puerta y nuestras miradas se quedaron pegadas por encima de los platos.
Llegó del brazo de mi amigo, con esa boca de labios carnosos, y supe enseguida que esa noche, en mi cumpleaños, iba a ser mía aunque fuera la novia de otro.
La discoteca cerró a las dos y ninguna quería irse a dormir. Pedimos la habitación con jacuzzi, dos botellas más y lanzamos una idea que lo cambió todo.
Aceptó la invitación para pagarle a su novio con la misma moneda y eligió al zombie de rasgos finos, sin imaginar lo que descubriría al quitarle el disfraz.
Tenía un vestido rojo demasiado ajustado y cuarenta y dos años recién cumplidos cuando aquella rubia apoyó la mano en mi cintura y me apretó contra ella.
Sentí una mano en la cadera y una boca en la oreja: «Hueles increíble». Cuando me di la vuelta, era ella, la chica con la que mi amiga había venido a coquetear.
Nunca le confesé que me gustaban las mujeres ni que ella me quitaba el sueño. Pero esa madrugada, solas en la piscina, fui yo la que se atrevió a decir lo que sentía.
Llegué soltera y aburrida, dispuesta a marcharme temprano. Entonces sonó la lambada y unas manos firmes me tomaron de la cintura desde atrás.
La seguí en redes para vengarme de mi ex, pero terminé deseándola a ella. Meses después la vi entre la gente y supe que esta vez no la dejaría ir.
Llevábamos años odiándonos en la oficina, pero esa noche, con la cuarta margarita en la mano, su pulgar rozó mi muslo desnudo y todo cambió.
Mi marido me entregó a ese hombre y se dedicó a grabar mientras yo aguantaba más de una hora con él dentro. No le interesaba mi sexo: solo mi culo.
Llevábamos meses metidos en el ambiente, pero esa noche, entre la mazmorra y el club, descubrí hasta dónde era capaz de llegar mi mujer cuando se soltaba del todo.
La hermana del novio me esperaba cada noche, pero la verdadera sorpresa llegó cuando mi amigo me pidió un favor que ninguno de los dos olvidaría.
Cuando Néstor abrió la puerta buscando a quién emparejarse, mi novia ya tenía las manos donde no debía y una idea en la cabeza que lo cambiaría todo.
Mi mujer juraba que jamás cruzaría esa puerta. Tres horas después, era ella quien me suplicaba que no parásemos delante de todos.
Subimos con dos botellas de champán y la idea de pasar un rato agradable. Nadie nos dijo que la familia de enfrente entendía las cenas de otra manera.
Nunca había mirado a otra pareja coger a un metro de mí. Con mi amiga gimiendo en la cama de al lado, descubrí que mirar y dejarme ver me encendía como nada.
El plan era perfecto: con el disfraz de mi amigo, mi esposa jamás sabría que el desconocido que la sacaba a bailar entre las máscaras era yo.
La puerta estaba entreabierta y, mientras espiaba a mi amiga con dos desconocidos, una mano me giró por la cintura. Era él. Y me sonrió como si ya lo supiéramos los dos.
«Ven a las once a la zona norte del estacionamiento. Nada de palabras.» Una nota anónima, una máscara de monja y una mujer que tal vez no fuera la suya esperando contra el coche.