Aquel chico arrogante me sometió en el vestuario
Era el rey de la piscina y lo sabía. Cuando me citó en el vestuario para reírse de mí, no imaginé que sería yo quien no podría dejar de mirarlo.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Era el rey de la piscina y lo sabía. Cuando me citó en el vestuario para reírse de mí, no imaginé que sería yo quien no podría dejar de mirarlo.
Llevaba casi dos meses sin saber de él. Entonces llegó el mensaje: «Mañana ven al trabajo con ropa interior de mujer». Y supe que no podría negarme.
Lo vi solo en la barra de la cocina, ajeno al grupo, pegado al celular. Con solo mirarlo supe que esa tarde no iba a quedarse tan macho como creía.
Estábamos solos en la sala de pesas cuando se quitó la camiseta y me dijo que tocara. No imaginé hasta dónde llegaríamos al cerrar la puerta del vestuario.
Eran las tres de la mañana cuando sentí su boca buscándome en la oscuridad, y supe que esta vez sería yo quien lo guiara hasta el final.
Sabía que mis padres eran dominantes. Lo que no sabía era hasta dónde estarían dispuestos a llegar para darme el regalo que les pedí esa mañana.
Cruzamos el umbral del departamento sabiendo que nos quedaban dos horas, y él se abalanzó sobre mí antes de que pudiera dejar las llaves sobre la mesa.
En cuanto oyó la llave girar en la cerradura, Nico supo que la llegada de su primo iba a cambiarlo todo, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta.
Me retó a nadar un último sprint con una condición que ninguno de los dos pensaba cumplir. Pero esa noche la piscina estaba vacía y nadie nos miraba.
Veinte años, virgen y encerrado entre cómics. Mi padre creía que un viaje al campo me convertiría en hombre. No imaginaba quién me estaría esperando allí.
Me hice el dormido para mirarlo. Lo que vi esa noche en la otra cama cambió por completo el rumbo de aquel viaje.
Llevaba más de dos horas en la sala de espera cuando él me llamó por mi nombre. No imaginé que esa misma tarde acabaríamos solos en una camilla que ya nadie usaba.
Lo vi en la esquina con el pito entre los dientes, avisando a los jíbaros. No pude dejar de mirarlo, y supe que esa madrugada no me iría a casa sin él.
Entré temblando en aquel piso a oscuras a esperar a un hombre al que jamás había visto. Lo que pasó esa tarde me marcó para el resto de mi vida.
Esperaba desnudo junto al olivo, con la mochila a los pies y el móvil en la mano, sin imaginar que aquella noche fría me dejaría dos sabores distintos en la boca.
Levanté la vista del móvil y sus ojos ya estaban clavados en los míos desde el otro extremo del aparcamiento. No hizo falta una sola palabra.
El agua caliente me recorrió la espalda y, por primera vez en aquel encierro, sentí sus manos callosas como una caricia. No abrí los ojos. Se lo había prometido.
Bajé la cremallera del mono en la penumbra, convencido de que estaba solo. Entonces sentí el peso de una mano huesuda posándose despacio sobre mi rodilla.
A los cincuenta y tres años, soltero y aburrido, Ramiro descubrió que la oferta y la demanda también funcionan a las tres de la tarde, en el sofá de su salón.
Me prometió que solo se rozaría un poco. Me relajé, confié en él, y ese fue el error que no debí cometer esa noche en su cama.