Mi primera noche con el viejo contramaestre del barco
Llevábamos semanas en alta mar y el viejo contramaestre me había estado mirando distinto. Esa medianoche, al terminar mi guardia, golpeé su puerta sin imaginar lo que me pediría.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Llevábamos semanas en alta mar y el viejo contramaestre me había estado mirando distinto. Esa medianoche, al terminar mi guardia, golpeé su puerta sin imaginar lo que me pediría.
Creía que estaba solo bajo el agua, hasta que un brazo le rodeó el cuello por la espalda y una voz ronca le susurró al oído lo que ya era evidente.
Subí las escaleras detrás de él oliendo su colonia, sin saber que sus compañeros volverían dos horas antes de lo previsto.
La llave giró en la cerradura a las dos de la madrugada y yo seguía debajo de él, sin intención de taparme. Cuatro pares de ojos me miraron desde la puerta.
Casi las nueve de la noche, el campus vacío y una mochila olvidada en los lavabos. La abrí solo para buscar al dueño. Lo que había en el fondo lo cambió todo.
El cabecero de su cama golpeaba la pared a un ritmo constante, y yo, despierto en la oscuridad, ya no podía fingir que aquello no me importaba.
Llevaba años entrando a escondidas solo para mirar. Aquella tarde de verano, por fin, decidí abrirle la puerta a uno de ellos.
Nos sentamos como dos amigos cualquiera, pero los dos sabíamos a qué habíamos venido. Al cerrar la puerta, ninguno se animaba a dar el primer paso.
Llevaba semanas fingiendo que no notaba sus miradas, sus piernas abiertas en el sofá, los bultos que marcaba a propósito. Esa noche volví antes de la cuenta y dejé de fingir.
En cuanto sus padres se metieron en la cocina, el chico le agarró el paquete por encima del vaquero. Nadie en esa casa imaginaba cómo iba a acabar la cena.
Ella me humilló por una videollamada y salí a beber hasta caerme. En la barra, dos tipos altos me sostuvieron del brazo y me ofrecieron un sitio más tranquilo.
Damián salvó a media ciudad y se llevó al novato a su suite para celebrarlo. Tomás lo admiraba como a un ídolo, hasta que esa noche descubrió quién mandaba de verdad.
La primera vez que lo vi sin camiseta en la playa me quedé sin aire. Era el hombre de mi madre, pero yo ya no podía mirarlo como un hijo mira a un padre.
Le ofrecí la ventanilla a la señora del autobús y ni me miró. No imaginaba que el verdadero viaje empezaría en el comedor del hotel, frente a dos extraños.
Pensé que solo cenaríamos los tres. Pero mi prima había invitado a sus amigos, y esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesto a llegar para complacer a su novio.
Llevaba casi dos meses sin saber de él. Entonces llegó el mensaje: «Mañana ven al trabajo con ropa interior de mujer». Y supe que no podría negarme.
Lo vi solo en la barra de la cocina, ajeno al grupo, pegado al celular. Con solo mirarlo supe que esa tarde no iba a quedarse tan macho como creía.
Estábamos solos en la sala de pesas cuando se quitó la camiseta y me dijo que tocara. No imaginé hasta dónde llegaríamos al cerrar la puerta del vestuario.
Eran las tres de la mañana cuando sentí su boca buscándome en la oscuridad, y supe que esta vez sería yo quien lo guiara hasta el final.
Sabía que mis padres eran dominantes. Lo que no sabía era hasta dónde estarían dispuestos a llegar para darme el regalo que les pedí esa mañana.