Confieso que tres hombres se disputaban mi cama
No los elegí a los tres a la vez. Pasó de a poco, hasta que una noche descubrí que se mandaban mensajes entre ellos para sacarse del medio.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
No los elegí a los tres a la vez. Pasó de a poco, hasta que una noche descubrí que se mandaban mensajes entre ellos para sacarse del medio.
Se sentaron una a cada lado, seguras de que iban a desarmarme con sus juegos. Tardé toda la cena en dejárselo creer, y solo cinco minutos en darles la vuelta.
Bastó un comentario fuera de lugar en una foto de la playa para que Nora descubriera quién se escondía detrás de aquel perfil sin rostro.
«Quiero oír la voz de mi amo», me escribió a las tres de la madrugada. No sabía que meses después estaría de rodillas en el asiento de mi coche.
Llevaba años fingiendo con mi novio. Esa noche, al otro lado del bar, estaba el único hombre que de verdad sabía lo que mi cuerpo había estado pidiendo.
Cuando su jefe se ofreció a llevarme a comprar las bebidas, mi marido se quedó con cara de tonto. Yo ya sabía que esa salida no iba a ser inocente.
Apagué el móvil con sesenta llamadas perdidas de mi novio, encendí las velas y esperé en lo alto de la escalera a que sonara el timbre de abajo.
Cuando bajé a la cocina a las tres de la mañana, ella ya estaba allí esperándome, con un camisón tan fino que no dejaba nada a la imaginación.
Lo vi acercarse a aquel hombre en la barra y entendí que era gay. Lo que no imaginé fue que, semanas después, sería yo quien lo arrastrara a mi cama.
Escuché cada palabra sucia que dijeron sobre mi cuerpo, convencidos de que no les entendía. Cuando me levanté y les hablé en su idioma, las caras se les pusieron rojas.
Dejé el coche entre los árboles, me quité la ropa y me tumbé al sol. No imaginaba que aquella mañana iba a entregarme entera a un extraño.
Volví antes de tiempo, abrí la puerta de casa y entendí que el silencio entre nosotros tenía un nombre, una voz grave y una sonrisa que no era para mí.
Le di una pastilla para dormir, me puse la falda más corta que tenía y bajé al bar del hotel a buscar lo que él ya no sabía darme.
Mi marido salía a las seis de la mañana. Él llegaba a las siete. Esa hora de diferencia fue todo lo que necesité para empezar a engañarlo sin culpa.
A los sesenta y cuatro años, Amparo sacó del armario la minifalda de cuero que nunca se atrevió a usar. Esta vez sí pensaba ponérsela: él llegaba el lunes.
Volví al campo después de años en la ciudad y, buscando a mi padre entre el maíz, encontré a mi madre de rodillas frente a uno de sus peones.
Subí a su auto empapada, pensando solo en cambiarme de ropa. Don Mauricio tenía otros planes, y yo llevaba meses esperando que por fin se atreviera.
Lo oía cada noche al otro lado de la pared y me imaginaba en el lugar de mi madre, con ese hombre que me devoraba con la mirada cuando creía que nadie lo veía.
Veintiocho años casada con un hombre que me ignoraba. Hasta que el obrero más joven del barrio me miró como nadie lo había hecho en décadas y todo se rompió.
Los dos teníamos pareja y los dos lo sabíamos. Aun así me quité el suéter en el asiento del copiloto y dejé que me mirara como llevaba semanas queriendo mirarme.