El repartidor que llegó el día después de San Valentín
Llevaba veinticuatro horas con el deseo atascado en el cuerpo. Cuando el chico del uniforme azul entró a dejar el paquete, Renata supo que esa mañana no iba a quedarse con las ganas.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Llevaba veinticuatro horas con el deseo atascado en el cuerpo. Cuando el chico del uniforme azul entró a dejar el paquete, Renata supo que esa mañana no iba a quedarse con las ganas.
Esa tarde de calor, Lucía se sentó junto a él en el sillón y le confesó algo que ningún cuñado debería escuchar. Damián supo que estaba perdido antes de responder.
Llevaban diez años yendo a playas nudistas sin que pasara nada. Esa tarde un hombre se sentó frente a ellos y ella hizo lo que su marido llevaba años sin atreverse a imaginar.
Cuando abrí la laptop que Gonzalo «olvidó» en mi coche, entendí que esos dos maridos llevaban meses preparándome como el plato fuerte de su fantasía más oscura.
Ella diseccionaba mentes ajenas para vivir; él también. Bastó compartir una mesa para que los dos dejaran de fingir que solo buscaban conversación.
Subió las escaleras sabiendo que, al cruzar esa puerta, la mujer ingenua que había sido hasta entonces dejaría de existir para siempre.
Subí sola a la montaña con una alerta roja huyendo de mi marido. No buscaba refugio: buscaba el impacto, algo que rompiera por fin el cristal en el que vivía encerrada.
Después de aquel domingo en la playa, ninguno de mis compañeros podía mirarme igual. Y mi mujer lo sabía: era ella quien movía cada hilo.
Se sentó en el sofá, a un palmo de mí, con esa cara de niño arrepentido que tan bien le funcionaba. Y yo, que llevaba semanas sin dormir, supe que iba a perdonarlo otra vez.
Siempre estuve seguro de su fidelidad. Por eso, cuando bajó la mirada y empezó a hablar de aquella noche, sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
Esa mañana se miró las manos y no las reconoció: eran las mismas que habían firmado un compromiso y las mismas que habían traicionado todo por él.
Llegué a terapia hecha pedazos. La única forma de entender cómo lo perdí era volver a esa noche en que fui suya por completo, sin saber que sería la última.
Bajó las escaleras con el corazón acelerado y el vestido pegado a la piel desnuda. Sabía que él la observaba desde la ventana, y que esa noche el juego ya no tenía marcha atrás.
Cuando lo vi salir desnudo del agua helada de febrero, supe que aquella mañana no iba a terminar frente al caballete.
Bajé a la cala más solitaria a disfrutar del sol, pero detrás de aquella sombrilla tumbada había algo que no debía ver. Y se me ocurrió una idea.
Hacía casi treinta años que la conocía. Fue mi novia, mi amor imposible, la madrina de mi hija. Esa noche entró al baño envuelta en una toalla y la dejó caer.
Durante años fingí no entender por qué se demoraba al pasar frente a aquel local. La tarde que la seguí adentro comprendí que mi madre ya había dejado de ser solo de mi padre.
Bastó una fotografía colgada en la pared del taller para que el profesor entendiera que ya no podría mirarla nunca más como a una alumna.
Se decía que solo lo estaba ayudando a sentirse mejor. Pero cada tarde, con su novio fuera de casa, la distancia entre los dos se hacía más corta.
«Vino a ver a su novio, el doctor», le dijo la recepcionista. Damián no tenía novia. Pero cuando ella describió el sonrojo de la visitante, supo exactamente quién lo esperaba dentro.