Embarazada, toqué el timbre del hombre del chat
Llevaba meses ardiente y su marido nunca llegaba a tiempo. Esa tarde, con la barriga de siete meses, se bajó del metro en la parada equivocada... o la correcta.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Llevaba meses ardiente y su marido nunca llegaba a tiempo. Esa tarde, con la barriga de siete meses, se bajó del metro en la parada equivocada... o la correcta.
El trayecto al gimnasio no justificaba ochenta kilómetros de más cada jueves. Esa cifra fue el primer hilo de una verdad que terminaría excitándome más que destruirme.
Le compré un bikini diminuto sin que lo eligiera, conté las horas hasta la madrugada y me recosté en el colchón pequeño, rezando para que ella se quedara a solas con él.
Aitor presumía de que ninguna mujer se le resistía y su anciana vecina lo escuchaba divertida… hasta que el chico reveló a quién pensaba seducir esta vez.
Sebastián le pidió que lo rompiera todo. Lo único que se rompió fue la promesa que le había hecho, en la cama de un desconocido que olía a triunfo.
Empezó con una amenaza por un rumor falso. Terminó con su marido de rodillas en la arena, suplicándome que cumpliera el deseo que nunca se atrevió a confesar.
Ella me dijo «desconfía de mi marido» y yo me reí. Tres meses después, mi mujer entró en mi despacho incapaz de mirarme a los ojos.
Le era fiel a mi marido hasta que aquel hombre levantó su copa hacia mí y, sin tocarme todavía, me dijo al oído todo lo que pensaba hacerme esa tarde.
Acepté el masaje por curiosidad y por el calor de sus manos. Lo que no imaginé fue todo lo que estaría dispuesta a pagar antes de que sonara su alarma.
Durante dos años entregó su cuerpo cada viernes para mantener vivo a su marido. Ahora él vuelve a casa, y ella no piensa renunciar a la celda que la hizo libre.
Bajé a la alberca en ropa interior solo para provocarlo. No imaginé que esa misma noche terminaría suplicándole que no parara dentro de mí.
Nunca le había puesto los cuernos a mi marido en dieciocho años. Bastó una pantalla, un atrevido y una tarde vacía para que todo eso dejara de importarme.
Cuando el puño de aquel desconocido tumbó a mi novio sobre la lona, supe que esa noche iba a hacer algo de lo que jamás podría arrepentirme del todo.
Para ella es solo cariño, una forma de cuidarlo. Para él es amor. Y entre los dos crece un secreto que late cada noche a pocos metros de su novio dormido.
Solo iba a usar nuestro ordenador una tarde de lluvia. Pero me enseñó un programa capaz de desnudar a cualquiera y, sin pensarlo, le pedí que me lo hiciera a mí.
Le dije que se desnudara él también. Era lo justo: él ya me había visto sin ropa en la pantalla y yo llevaba toda la tarde fingiendo curiosidad técnica.
Le dije que no iba a tocarlo, que solo mirara. Pero cada carpeta que abría en la pantalla me empujaba un poco más cerca de cruzar la línea que llevábamos meses bordeando.
Bajó por agua y los encontró riendo en el jardín. Esa noche, de rodillas en el pasillo, decidí recordarle a mi marido a quién pertenecía.
Cuando mi madre abrió la puerta y vi quién entraba a cenar, se me heló la sangre: era el hombre con el que me acostaba a escondidas desde hacía dos meses.
Daniel dormía en el asiento de delante mientras, a un metro, su tío y su novia compartían la litera estrecha del camión. Y Noelia ya no quería dormir.