Fantaseo con que la mujer que amo sea mi gladiadora
Cuando el invierno me deja temblando y sola, cierro los ojos y la imagino entrando a paso firme, dispuesta a desnudarme despacio y a hacerme por fin completamente suya.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Cuando el invierno me deja temblando y sola, cierro los ojos y la imagino entrando a paso firme, dispuesta a desnudarme despacio y a hacerme por fin completamente suya.
Aceptó la sesión buscando fotos elegantes para su perfil. No esperaba que esa cámara antigua terminara desnudándole mucho más que el cuerpo.
Llevaba meses saludándola en el portal, conteniendo las ganas. Esa tarde se le cayeron las bolsas de la compra y por fin tuve una excusa para subir.
Las bragas todavía estaban tibias cuando las descolgó del pomo. No imaginaba que esa curiosidad la llevaría hasta la cama de una desconocida.
Llevaba meses sin sentir nada. Entonces ella entró detrás de mí en el reservado, echó el cerrojo y todo lo que creía saber sobre mí se vino abajo.
Llevaba años adiestrando sumisas por internet, pero jamás imaginé que detrás del antifaz de mi nueva esclava estaría la cara de la mujer que vivía justo enfrente.
Su padre me hablaba al oído por el teléfono mientras ella, en silencio, me bajaba la tanga. Sabíamos que un solo gemido podía delatarnos, y eso lo hacía mejor.
Compartían la misma clase tres días a la semana y se miraban a escondidas. Hasta que una de ellas decidió que ya estaba cansada de fingir que no pasaba nada.
Llevaba meses imaginando esa escena en su oficina, pero nunca creí que fuera ella quien diera el primer paso, con el pestillo echado y su perfume invadiéndolo todo.
Desde los quince guardé en silencio las ganas de besarla. Ahora, sentada frente a mí con esa sonrisa de siempre, no pensaba dejar pasar la oportunidad otra vez.
Llevaba semanas con el brazo enyesado y aburrida cuando una serie despertó algo en mí. Entonces ella apareció en la puerta con una sonrisa que no era del todo inocente.
Cuando pasé frente al baño entreabierto y la vi desnuda de espaldas, supe que esa noche en mi casa no iba a terminar como dos viejas conocidas tomando el té.
No era temporada de rebajas y la tienda estaba vacía. La vendedora rubia me siguió hasta el probador con una excusa, y yo dejé la cortina abierta a propósito.
Cuando subí a su coche aquel viernes, supe que ya no íbamos a hablar de mi futuro. Había otra cosa entre nosotras, y las dos llevábamos semanas fingiendo que no.
Sentí una mano en la cadera y una boca en la oreja: «Hueles increíble». Cuando me di la vuelta, era ella, la chica con la que mi amiga había venido a coquetear.
Cuando se quitó la camiseta empapada delante de aquella chica, supo que ya no estaba sudando solo por el calor del granero.
La adoraba en silencio desde niña. La noche antes de marcharse me pidió que la ayudara a desvestirse, y mis manos temblaron al rozar por fin su piel.
Llevaba diez años resignada al sexo tibio de mi matrimonio. Entonces Lorena cerró la puerta de la ducha por dentro y me besó sin pedir permiso.
Quedamos las tres el último jueves de diciembre, con la excusa de despedir el año. Ninguna mencionó en voz alta lo que de verdad íbamos a hacer.
Subí al séptimo piso buscando relajarme una hora. No imaginé que la masajista, y luego mi amante, tenían otros planes para mí esa noche.