La esteticista que me reencontré en el sex shop
Hacía más de diez años que no la veía. La encontré frente a la estantería de los consoladores y, sin pensarlo, le ofrecí mi número.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Hacía más de diez años que no la veía. La encontré frente a la estantería de los consoladores y, sin pensarlo, le ofrecí mi número.
Frente a la cámara, la sexóloga prometió una simple clase de anatomía. Pero cuando la conductora deslizó la mano bajo su tanga, las dos supieron que ya no había vuelta atrás.
La diferencia de edad debía ser un problema, no una invitación. Pero cuando ella dejó caer los zapatos y me miró desde el sofá, supe que iba a obedecer cada orden.
Tenía un vestido rojo demasiado ajustado y cuarenta y dos años recién cumplidos cuando aquella rubia apoyó la mano en mi cintura y me apretó contra ella.
Pensaba que lo más difícil del año sería aprobar el examen de inglés. Me equivoqué: lo más difícil fue disimular cuánto deseaba a la mujer que venía a enseñarme.
Dijo entre risas que le gustaba dormir de cucharita, pegó su cuerpo al mío y, en la oscuridad de esa habitación prestada, entendí que no era ningún juego.
Llevaba una semana lejos de ella y, en cuanto crucé la puerta de su casa, supe que esa clase no iba a tratarse de ningún examen.
Beatriz ya no se resistía cuando le pasaba la cadena por el cuello. Le había cambiado el nombre, la rutina y la idea que tenía de sí misma.
Pensé que la tenía acorralada contra la pared. Tardé un segundo en entender que la única atrapada en esa casa vacía era yo.
Cuando el invierno me deja temblando y sola, cierro los ojos y la imagino entrando a paso firme, dispuesta a desnudarme despacio y a hacerme por fin completamente suya.
Aceptó la sesión buscando fotos elegantes para su perfil. No esperaba que esa cámara antigua terminara desnudándole mucho más que el cuerpo.
Llevaba meses saludándola en el portal, conteniendo las ganas. Esa tarde se le cayeron las bolsas de la compra y por fin tuve una excusa para subir.
Las bragas todavía estaban tibias cuando las descolgó del pomo. No imaginaba que esa curiosidad la llevaría hasta la cama de una desconocida.
Llevaba meses sin sentir nada. Entonces ella entró detrás de mí en el reservado, echó el cerrojo y todo lo que creía saber sobre mí se vino abajo.
Llevaba años adiestrando sumisas por internet, pero jamás imaginé que detrás del antifaz de mi nueva esclava estaría la cara de la mujer que vivía justo enfrente.
Su padre me hablaba al oído por el teléfono mientras ella, en silencio, me bajaba la tanga. Sabíamos que un solo gemido podía delatarnos, y eso lo hacía mejor.
Compartían la misma clase tres días a la semana y se miraban a escondidas. Hasta que una de ellas decidió que ya estaba cansada de fingir que no pasaba nada.
Llevaba meses imaginando esa escena en su oficina, pero nunca creí que fuera ella quien diera el primer paso, con el pestillo echado y su perfume invadiéndolo todo.
Desde los quince guardé en silencio las ganas de besarla. Ahora, sentada frente a mí con esa sonrisa de siempre, no pensaba dejar pasar la oportunidad otra vez.
Llevaba semanas con el brazo enyesado y aburrida cuando una serie despertó algo en mí. Entonces ella apareció en la puerta con una sonrisa que no era del todo inocente.