Lorena me pidió que consolara a su mejor amiga
Cuando me confesó el favor que quería pedirme, pensé que bromeaba. Su mejor amiga estaba rota, y Lorena había decidido que yo era la cura.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Cuando me confesó el favor que quería pedirme, pensé que bromeaba. Su mejor amiga estaba rota, y Lorena había decidido que yo era la cura.
Diego y yo llevábamos años bromeando con cambiar de pareja por una noche. Cuando Sofía me tomó de la mano hacia su dormitorio, dejó de ser una broma.
Subí al coche pensando solo en el viaje. Diez minutos después, mi jefa estaba sobre mí, su hermana giraba la cabeza para no perder detalle y su marido sonreía por el retrovisor.
Después de veinticuatro años casados, Marina me susurró que solo quería mirar. Tres horas más tarde, yo miraba cómo otro hombre la hacía perder la cabeza.
Crucé la cortina convencida de que buscaba a un hombre. La mano que me tomó en la penumbra era suave, perfumada y no me soltó hasta cambiarlo todo.
Subí a la moto sin saber pilotar y bajé de ella convertido en otro. Pero lo que de verdad me cambió pasó después, en la arena, lejos de las miradas... o eso creía.
Le elegí yo el vestido: blanco, ajustado y sin nada debajo. Quería que fuera la más deseada de la cena, y todavía no imaginaba hasta dónde nos llevaría esa noche.
Vagábamos disfrazados de monjes cuando el bosque nos escupió frente a una posada de carnes generosas y vino sin fondo; lo que pasó dentro no cabe en penitencia.
Abrí la puerta con un vestido fino y nada debajo. El chico que traía mis flores no sabía que el ramo era lo de menos esa tarde de calor.
Nunca se habían visto en persona, solo fotos y mensajes cargados de deseo. Pero ella viajaba a su ciudad y, esta vez, la fantasía amenazaba con volverse real.
Mujer pequeña, religiosa, casada en un pueblo donde todos hablan. Jamás imaginé que las fotos que mi marido guardaba en secreto terminarían recorriendo toda la región.
Recibí su mensaje a las diez de la mañana y supe que esa tarde, con la casa vacía, le concedería justo aquello que su novia jamás le permitiría.
Subió esos cinco pisos a discutir con la madre de su novia. No imaginaba que el marido estaba en casa, ni la propuesta que saldría de su boca esa tarde.
Bajó de las gradas vacías con un vestido rojo que no dejaba nada a la imaginación. El entrenador todavía no sabía que esa tarde lo cambiaría todo.
Lo encontré medio desnudo en la penumbra de la cocina y su mirada recorrió mi camisón. En ese instante supe que ya no habría vuelta atrás.
Subí los catorce escalones con el frío pegado a la ropa y el secreto pegado a la piel: nadie en el edificio imaginaba lo que pasaba un piso más abajo.
Mientras él guarda las fichas de dominó y se marcha al club, ella ya tiene el cuerpo encendido pensando en lo que la espera en ese piso de estudiantes.
Llevaba veinticuatro horas con el deseo atascado en el cuerpo. Cuando el chico del uniforme azul entró a dejar el paquete, Renata supo que esa mañana no iba a quedarse con las ganas.
Ella diseccionaba mentes ajenas para vivir; él también. Bastó compartir una mesa para que los dos dejaran de fingir que solo buscaban conversación.
Cuando lo vi salir desnudo del agua helada de febrero, supe que aquella mañana no iba a terminar frente al caballete.