La doctora me enseñó a desear a otra mujer
Nunca había pensado en otra mujer así, hasta que su bata blanca rozó mi rodilla y entendí que aquella revisión no se parecería a ninguna otra.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Nunca había pensado en otra mujer así, hasta que su bata blanca rozó mi rodilla y entendí que aquella revisión no se parecería a ninguna otra.
Nunca se había planteado cómo sería estar con una mujer. Esa tarde, con la blusa a medio abrir, dejó de preguntárselo.
Aún faltaba media hora para la llamada y ya estaba desnudo en la cama, convencido de que ninguna desconocida marcaría mi número a las ocho en punto.
Llevábamos seis años reuniéndonos para lo mismo: contarnos cosas y tocarnos sin pudor. Esa noche Camila prometió una sorpresa y abrió la puerta del cuarto contiguo.
La oía discutir con su marido a través del patio. Esa noche llamó a mi puerta con una excusa de cartón y la bata medio abierta. Yo no sabía lo que venía.
Su mano bajó hasta mi entrepierna mientras los truenos cubrían lo demás. Para cuando se presentó como Lucía, ya sabía que esa semana en Alicante no iba a ser la que planeé.
Llevábamos casi cuarenta años juntos, pero esa noche Marta se sentó frente a mí y empezó a contarme, sin un solo filtro, lo que había hecho en el baño de aquel bar.
El correo no era una consulta, era un desafío: una foto, una mujer que le ganaba la partida al tiempo y un marido dispuesto a entregármela. Solo faltaba que ella dijera que sí.
A los cuarenta y uno creía que el deseo se había apagado, hasta que un hombre me atrapó en el aire y sentí, por primera vez en años, que alguien me miraba de verdad.
La Licenciada que me hacía firmar contratos millonarios apareció con dos valijas y la cara descompuesta: su casa estaba bajo el agua y necesitaba dónde dormir.
Veinte años entrando a las ocho y saliendo a las cinco, sin que nadie sospechara nada. Hasta el día en que tres hombres entraron a reparar la nave.
Mi marido cobró la entrada, mi amigo armó la lista de invitados y yo me cambié de ropa cinco veces antes de que alguien dejara el primer billete.
Releyó el mensaje cuatro veces y el corazón le latía como a los veinte. Tenía cincuenta y nueve años y una desconocida acababa de despertarle algo que creía perdido para siempre.
Quería comprobar si era verdad eso de que un masaje se descontrola solo. Lo que no esperaba era que aquel oso de manos rudas me leyera el deseo desde el saludo.
Vivía a tres portales del mío y solo quería ver porno y tocarnos. Lo que descubrí de él esa tarde lo cambió todo entre nosotros.
Andrés tenía cincuenta y tres años y un matrimonio roto cuando ella le rozó la mano con sus uñas rojas y le susurró al oído que no temiera explorar.
Llegó a última hora, cuando ya había cerrado, para darme su veredicto sobre mi tienda. Lo que no esperaba era que se arrodillara a mis pies y lo convirtiera todo en algo íntimo.
Cada mañana mi abuela me despertaba con un castigo que yo había aprendido a suplicar. Esa tarde, su vieja amiga llegó dispuesta a no quedarse solo mirando.
Debía dos meses de arriendo y tenía el gas cortado. Cuando el patrón me preguntó qué estaría dispuesta a hacer por el trabajo, supe que mi respuesta lo cambiaría todo.
«No te muevas de ahí», me ordenó con la voz baja, apretando el talón contra mí. Y yo, un desconocido, obedecí sin pensarlo dos veces.