El capataz de la granja me hizo olvidar que era casada
Llevaba años engañando a mi marido sin culpa, pero nunca imaginé que un viaje de trabajo a una granja perdida terminaría conmigo de rodillas frente a un desconocido.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Llevaba años engañando a mi marido sin culpa, pero nunca imaginé que un viaje de trabajo a una granja perdida terminaría conmigo de rodillas frente a un desconocido.
Esa noche, escondido en la sombra del pasillo, mi marido entendió que ofrecerme a otro hombre tenía un precio: ver cómo otro me daba lo que él ya no sabía darme.
El trayecto al gimnasio no justificaba ochenta kilómetros de más cada jueves. Esa cifra fue el primer hilo de una verdad que terminaría excitándome más que destruirme.
Marina creía que solo era un muchacho indefenso. Esa tarde, descubrió que detrás de la timidez había alguien dispuesto a tomar el control de todo.
Aquella mañana abrí el sobre esperando un número de teléfono. Encontré diez mil euros y una nota de tres palabras que me rompió por completo.
Abrí la puerta esperando olor a humedad y abandono. La casa olía a café recién hecho y a hombre. Y él estaba ahí, sirviéndose una taza como si fuera el dueño.
Cuando me dijo que hacía años que no disfrutaba del sexo, lo normal habría sido despedirme. En cambio acerqué la mano a su pierna y ella no la apartó.
El frío casi la mata en la montaña. Cuando despertó, estaba envuelta en una manta frente al fuego, y el hombre que la había salvado la miraba como si fuera lo único vivo en kilómetros.
Llevaba años amasando pan con la vista clavada en el piso, hasta que una tarde de verano se quedó a solas con el hombre que la miraba distinto.
Mateo acababa de echar a su mujer del restaurante cuando llamaron a la puerta del despacho. Era la camarera de los tatuajes, y no venía a hablar de las cuentas del día.
Por la curva no apareció una grúa moderna, sino un camión oxidado y un hombre enorme que olía a campo. Y supe, antes de que abriera la boca, cómo nos iba a cobrar.
Llevaba dos años sin que nadie me tocara. Mi hija lo sabía, y esa tarde apareció en mi cuarto con un hilo dos tallas demasiado pequeño y una idea en la cabeza.
La conocí en un bar de mala muerte y, a los treinta, creía saberlo todo sobre el sexo. Esa señora me demostró en una sola noche que no sabía nada.
Subió al vagón pasada la medianoche, se sentó frente a mí y empezó a contarme cosas que nadie debería confesarle a un desconocido en la oscuridad.
Salgo a la parada del autobús sin ropa interior, no para ir a ningún sitio, sino para encontrar a alguien que me mire como me miró él aquel jueves de marzo.
Ella llevaba las riendas de su matrimonio, pero esa mañana en la arena descubrí cuánto le gustaba que un desconocido le marcara quién mandaba, con su marido mirando.
Nunca pensé que el chaval esmirriado que recordaba se convertiría en el hombre que me hizo temblar frente al espejo. Y todo empezó por un nombre.
Nunca le vi el rostro. Solo su espalda morena respirando entrecortada mientras mis manos bajaban más de lo que un masajista debería atreverse.
Llevaba tres semanas divorciada y creía que ya no sabía desear. Esa primera noche en alta mar, un desconocido apoyado en la barra me demostró que estaba equivocada.
Estaba a punto de meterme en el jacuzzi cuando llamaron a la puerta. Era ella, con mi tarjeta en la mano y esa sonrisa que yo llevaba meses imaginando.