El regreso del jefe que reclamaba la oficina
Mariela reconoció esa voz ronca antes de girarse. El verdadero dueño de la oficina había vuelto, y traía con él todas las viejas reglas.
Mariela reconoció esa voz ronca antes de girarse. El verdadero dueño de la oficina había vuelto, y traía con él todas las viejas reglas.
Mis pechos siempre fueron mi arma secreta, y aquel viernes con la oficina vacía decidí usarlos para conseguir de él lo que de verdad quería.
Creyeron que pagaban un precio por una sola noche. Ariadna descubrió otra cosa: que mandar le gustaba demasiado como para volver atrás.
Pasó a buscarme, señaló su mejilla para que la besara y entendí que esta vez las órdenes no se quedarían en la habitación: empezaban al subir a su auto.
Tengo la boca seca, la cabeza a punto de estallar y no reconozco esta cama. A mi lado duermen cuerpos desnudos que anoche conocí demasiado bien.
Bajé las escaleras vestida para servirles tragos, pero todos en esa sala sabían que el verdadero premio de la partida no estaba sobre la mesa, sino entre sus manos.
Sonó el teléfono pasada la medianoche. Era ella, pero no dijo una palabra: solo giró la cámara para que yo viera, en la penumbra de aquel coche, lo que hacía.
No conocía sus nombres, solo sabíamos que trabajábamos para la misma empresa. Dos horas después estaba desnuda entre los seis, decidida a no arrepentirme de nada.
Aceptó enseñarles la ciudad creyendo que controlaba la situación. No sabía que cada cena, cada playa y cada descuido formaban parte de un juego pensado solo para ella.
Los aplausos llegaron desde los cuatro sillones que rodeaban la cama. Se giró, todavía agitada, y los encontró desnudos, esperando su turno.
No planeabas trabajar ese día, pero el mensaje sonaba a una orden. Lo que no sabías era que tus compañeras llevaban semanas esperando verte entrar así.
Aceptó seguirla con el coche sin saber muy bien por qué. Solo sabía que, mientras conducía detrás de ella, algo se encendía dentro de su cuerpo.
Eran las dos de la madrugada, la botella estaba casi vacía y ella seguía riéndose en mi sofá. Supe que ese era el momento que tanto había esperado.
Me dejó agitada frente al espejo, con la ropa a medio acomodar y una promesa colgando en el aire: esto no se iba a quedar así.
Pasé media vida creyendo que lo tenía todo, hasta que la vi parada en la línea de producción y supe que no iba a parar hasta tenerla en mi cama.
La detesté desde que entró: alta, callada, insoportable. Lo que no esperaba era pasar la noche imaginándola, ni lo que vendría después en la oficina vacía.
Llevaba meses imaginando esa escena en su oficina, pero nunca creí que fuera ella quien diera el primer paso, con el pestillo echado y su perfume invadiéndolo todo.
Llevábamos años odiándonos en la oficina, pero esa noche, con la cuarta margarita en la mano, su pulgar rozó mi muslo desnudo y todo cambió.
Cuando le ofrecí el trabajo, sonrió y me dijo que ahora le tocaba a ella preguntar. La primera fue si la llevaría a la cama después de cenar.
Cada vez que pasaba junto a mi mesa perdía el hilo de lo que hacía. No imaginaba que un solo descuido iba a delatar todo lo que sentía por ella.