El día que me quedé sola en la oficina de mi jefe
Él tenía una junta y me dejó sola toda la tarde. Aburrida, abrí una carpeta de su computadora que no debía abrir… y ya no pude dejar de mirar.
Él tenía una junta y me dejó sola toda la tarde. Aburrida, abrí una carpeta de su computadora que no debía abrir… y ya no pude dejar de mirar.
Bajo aquella ropa amplia y discreta se adivinaba una hembra con el deseo intacto. Yo solo tenía que esperar a que dejara de fingir delante de su marido.
Nunca le conté de mis gustos. Bastó una notificación de WhatsApp en su sillón para que aquella noche en su casa lo cambiara todo entre nosotros.
El ascensor frenó en el octavo y él subió. Llevaba los últimos pesos en el bolsillo y la certeza de que esa mañana algo iba a pasar entre nosotros.
Le serví el café de las cuatro como siempre. Solo que esta vez le había añadido algo que no figuraba en ninguna agenda.
Crucé la playa de estacionamiento, hambrienta y con un odio fino a la humanidad, y entonces la vi caer al pavimento de un puñetazo. Era mi jefa.
El leggin blanco se me transparentaba bajo la sudadera, y supe que esa noche, en la camioneta vacía, el chófer iba a mirarme de otra manera.
Empecé con espejos en el suelo y terminé descubriendo a mi vecina desnuda desde mi terraza. Cada vislumbre fugaz se convertía en una droga.
Cuando se sentó en mi sillón con el rímel corrido y la voz temblando, supe que no íbamos a resolver lo suyo con un whisky y dos palabras de consuelo.
Pensé que la había puesto en su sitio. Esa tarde, al salir del baño, oí una cremallera bajándose detrás de la puerta entornada del despacho.
Adrián entró a esa oficina como analista senior y supo, por la sonrisa de la directora, que saldría siendo otra cosa: algo bonito, dócil y sin nombre propio.
Su abrazo me subió un calor por todo el cuerpo que no supe explicar. Solo sabía que, en cuanto me quedara sola, tendría que terminar lo que él había empezado.
Todo empezó por una foto en el teléfono. Diez días después no puedo levantarme sin pensar en el momento del día en que voy a meterme mano otra vez.
Lo guardé en el bolso por las prisas, pero esa tarde lo saqué por otra razón: estaba sola, aburrida y demasiado caliente como para aguantarme.
Había terminado todo el trabajo, no quedaba nadie en el piso y el calor me tenía inquieta. Esa tarde decidí jugar con fuego sobre el escritorio.
El video llegó sin aviso: él, en su coche, con el semáforo en rojo y una mano que no estaba en el volante. Supe que no aguantaría hasta llegar a casa.
Nunca se había masturbado en el trabajo. Pero esa mañana, con el celular lleno de imágenes de su vecina y la puerta sin traba, descubrió cuánto la excitaba el riesgo.
Sabía que nadie me veía en aquel almacén oscuro. Solo el maniquí desnudo del rincón fue testigo de lo que hacía pensando en ella, la costurera de la falda más corta.
Esa noche bajé al estudio con la excusa de la fotocopiadora. En su carpeta personal había tres archivos que cambiaron todo lo que yo creía saber de ella.
Renata entró al despacho esperando una suspensión. La decana cerró la puerta con llave, le pidió que se levantara y le dijo que el castigo iba a ser muy distinto.