El bikini blanco que no ocultaba nada bajo el agua
Cuando salió del agua y vi que la tela se le pegaba al cuerpo sin esconder nada, entendí que ese día íbamos a ser el centro de todas las miradas.
Cuando salió del agua y vi que la tela se le pegaba al cuerpo sin esconder nada, entendí que ese día íbamos a ser el centro de todas las miradas.
Estábamos casi solos frente al mar cuando ella se desató el bikini y, a pocos metros, un hombre giró la cabeza y ya no volvió a mirar el agua.
Cuando le vendé los ojos no esperaba ver al viejo del balcón observándonos. Y en lugar de bajar la cortina, le ofrecí a mi novia.
Bajo el abrigo largo no llevaba absolutamente nada, y en cuanto las puertas se cerraron mandé el ascensor al piso más alto del edificio para tenerla solo para mí.
Bajé la voz hasta volverla un susurro: —Imagina que vamos por la autopista y alguien, desde otro coche, ve justo lo que te hago con la mano.
Habíamos ensayado cada gesto, cada palabra, cada límite. El juego era nuestro y solo nuestro. Hasta que dos desconocidas aparecieron entre los árboles y lo cambiaron todo.
Estaba furiosa con la idea de mi marido, pero cuando me quité la última prenda y floté desnuda frente a ellos dos, entendí que me gustaba más de lo que debía.
Renata quería ocupar más espacio; Damián, dejar de decidir. El ritual les concedió justo eso, y a la mañana siguiente sus cuerpos empezaron a obedecer otro deseo.
Llevábamos doce años casados y jamás la había visto tan dueña de sí misma como aquella tarde, dejándose mirar de pie en el agua por hombres que no conocíamos.
Me senté frente a un desconocido, crucé las piernas muy despacio y dejé que mirara. Lo que no sabía era que no era el único par de ojos clavado en mí.
Salimos casi sin despedirnos. En el auto, con la rabia todavía ardiéndome por dentro, decidí recordarle a quién pertenecía esa noche.
Eran las tres de la mañana, ella se acurrucó más fuerte contra mí y mi mano encontró su piel. No había prisa, solo nosotros dos y el silencio de la ciudad dormida.
Le dije que el límite lo ponía ella. Lo que no esperaba era cuánto me gustaría quedarme a un lado, mirando, mientras otros la descubrían.
Apreté el último tornillo, le di la vuelta y supe que algo había salido mal. Lo que no imaginé fue cómo terminaría aquella siesta frustrada.
Tres meses después de la separación, Mariela apareció en mi puerta con la misma sonrisa de siempre. Lo que no esperaba era lo que estaba dispuesta a dejarme hacer esa mañana.
La calentura del ascensor seguía encendida cuando entramos al departamento, y mi novio ya se había acomodado en una silla, dispuesto solo a mirar.
Llevaba todo el día sin ganas de nada. Hasta que al encender la caldera vi a la mujer del edificio de enfrente caminar casi desnuda por su cocina, ajena a mi mirada.
Llevábamos días hablándolo en susurros, pero ninguno de los dos imaginaba lo lejos que íbamos a llegar esa noche.
Subió al estrado vestida mientras las demás ya estaban casi desnudas, y supe que esa noche iba a perder por completo la vergüenza delante de todos.
Aquella tarde su madre no estaba en casa y él tenía una sorpresa preparada. Yo todavía no sabía que esos minutos iban a despertarme un gusto que nunca solté.