Mi mujer cumplió su fantasía en el Caribe esa noche
Llevábamos años fantaseando con ello en voz baja. Aquella tarde, en la cabaña, mi mujer me ató las muñecas al cabecero y me dijo que tenía una sorpresa.
Llevábamos años fantaseando con ello en voz baja. Aquella tarde, en la cabaña, mi mujer me ató las muñecas al cabecero y me dijo que tenía una sorpresa.
Creí que dormía mientras una rubia se acercaba a mí en la playa. Al volver, me confesó que lo había visto todo con los ojos entreabiertos.
Llevaba semanas planeándolo en secreto. Esa noche, cuando entró al cuarto con la botella de vino, supo que su regalo no estaba envuelto en papel.
Bajé las escaleras con el conjunto que había escondido durante semanas, y por la forma en que me miró supe que esa noche no iba a haber marcha atrás.
Bruno me retó a calentar al camionero desde el coche. Lo que no imaginé fue que aquel desconocido nos seguiría hasta el bar para cobrarse el favor.
Acepté con tres condiciones claras y la mano de mi marido temblando en la mía. Lo que pasó esa tarde en la sala todavía me hace dudar de cuánto lo conozco.
Estábamos los tres en la cocina esperando que subiera la cafetera cuando se me ocurrió aquella locura. Ninguno imaginaba lo que iba a esconder en uno de los vasos.
Tenía veintiséis años y creía conocer mis límites. Bastó un desconocido en la arena y la mirada cómplice de mi marido para descubrir que no conocía nada.
Mi novio creía que no me animaría. Apostó que solo lo calentaría desde la ventana, pero esa tarde el jardinero terminó arrodillado frente a mí.
Le dije a un desconocido que mi esposa dormía en casa sin pensarlo, y esa frase encendió algo que llevaba años apagado entre nosotros.
Entré a la habitación esperando una cita íntima con mi marido y, cuando me puse en cuatro, descubrí que no estábamos solos. Lo que vino después me cambió.
Bea lo organizó todo al milímetro: la casa, la playa nudista, el restaurante. Lo que pasó esa madrugada en el club fue idea de mi mujer.
Llevábamos meses juntos cuando me atreví a decirle, con su sexo aún en mi mano, que jamás había deseado tanto a un hombre que entendiera el placer.
Cuando mi marido trajo a su amigo a vivir con nosotros, creí que sería un mes incómodo. No imaginé que él mismo me empujaría hacia lo que yo no me atrevía a confesar.
Me regaló un bañador carísimo para que solo él me admirara. No imaginaba que esa misma mañana yo dejaría que decenas de desconocidos me vieran sin nada.
Marcos me pidió que no juzgara ni preguntara nada cuando llegara su amigo. Esa misma noche, desde el cuarto de al lado, entendí qué clase de visitas recibían los viernes.
Las sábanas seguían tibias, pero él ya no estaba. Lo seguí hasta el baño sin imaginar hasta dónde íbamos a llegar antes del desayuno.
Cuando se apagaron las luces de la sala, supe que esa noche íbamos a cruzar una línea de la que ninguno de los dos querría volver.
Apoyaste los pies en el salpicadero, me sonreíste, y supe que aquel viaje de carretera no iba a terminar en el supermercado como habíamos planeado.
Llevaba días convenciéndola. Esa noche, con ella a punto sobre la mesa del jardín, marqué el número: si no llegaba rápido, no quería darle tiempo a arrepentirse.