Lo que pedí a cambio de no despedir a mi empleado
Todos en la oficina hablaban del cuerpo de la mujer de Marcos. Yo solo quería comprobarlo con mis ojos, aunque para eso tuviera que inventarme un despido.
Todos en la oficina hablaban del cuerpo de la mujer de Marcos. Yo solo quería comprobarlo con mis ojos, aunque para eso tuviera que inventarme un despido.
Desperté con su cuerpo pegado al mío y su respiración en mi nuca, y supe que sería el fin de semana que llevaba meses imaginando.
Apreté las piernas alrededor de su cintura justo cuando se corría. No fue casualidad: yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y lo quería.
Le juré que no podían vernos a la salida de la oficina. Veinte minutos después estaba sobre él, con los cristales empañados y una sombra acercándose por el retrovisor.
Eran las once y media, estábamos contra una pared de una calle francesa cualquiera, y ella me miró a los ojos y dijo algo que me aceleró el corazón.
Empecé a bailar solo para entretener a mi marido, pero la mirada nerviosa del muchacho del camarote de enfrente me dejó claro que esa noche no acabaría en un baile.
Volvimos de las vacaciones y mi marido seguía con la misma idea fija: ofrecerme a otro hombre y quedarse mirando. Esa noche, por fin, lo dejé disfrutar del espectáculo.
No nos exhibimos para que nos vean: simplemente dejamos de escondernos. Y si una persiana se mueve al otro lado del seto, ella sonríe y abre un poco más las piernas.
Le pedí que manejara despacio, que no tenía prisa por llegar. Él todavía no sabía lo que yo había decidido hacerle apenas dejáramos atrás las luces de la fiesta.
Le dije que me hiciera lo que quisiera y lo dije en serio. Lo que vino después en aquel sofá todavía me enciende cada vez que lo recuerdo.
Apagué la luz de la terraza y me quedé inmóvil, fumando, mientras al otro lado del cristal ellos empezaban sin disimulo. Y supe que querían que mirara.
Yo solo quería ver hasta dónde llegaba mi mujer con esos dos chicos. Me encendí un cigarro y me quedé quieto, mirando cómo empezaba el juego.
Llevaba meses convirtiéndome en otra persona frente al espejo. Esa noche, en la cama de un desconocido, descubrí hasta dónde podía llegar mi nueva piel.
El traqueteo del autobús medio vacío me encendió, y cuando bajé la mano bajo la falda no imaginé que alguien al otro lado del pasillo no me quitaría los ojos de encima.
Empezamos el día con una apuesta tonta y lo terminamos en la habitación de unos desconocidos, con un teléfono grabándolo todo.
Nos desnudamos antes de llegar al dormitorio y nos besamos como si las bocas estuvieran en guerra. Esa noche el sofá fue suficiente, y aún quedaba el segundo asalto.
Bajamos al garaje a jugar como cuando éramos novios. Lo que no esperábamos era que esa noche hubiera alguien más despierto entre los coches.
Bajé al baño de aquel cine de barrio creyendo que solo buscaba intimidad, pero esa tarde descubrí algo de mí que ya no pude dejar de perseguir.
Hay algo que nunca le dije a nadie: mi lugar favorito del mundo no es ningún viaje ni ninguna cama de hotel. Es exactamente entre sus piernas, sin prisa.
Le dije que no se me ocurría nada para escribir. Se levantó de mi regazo, dejó caer la ropa al suelo y me ordenó con una sonrisa: «Descríbeme».