Mi novia perdió la apuesta y yo solo pude mirar
Ella se subió el vestido, me miró con una sonrisa y empezó a tocarse para el camionero que circulaba a nuestro lado. Apenas era el comienzo de un viaje que no olvidaría.
Ella se subió el vestido, me miró con una sonrisa y empezó a tocarse para el camionero que circulaba a nuestro lado. Apenas era el comienzo de un viaje que no olvidaría.
Te dije que el viaje empezaba a las cuatro de la madrugada. No te conté que la mitad del placer estaría en quienes nos miraran por el camino.
Cuando bajó la voz para confesármelo, pensé en mil traiciones. Ninguna era esto: quería verme en la cama con su mejor amigo mientras él, sentado, no perdía detalle.
Llevaba siete años casada y jamás había mirado a otro hombre. Hasta que mi marido me tomó de la mano y me confesó lo que de verdad deseaba.
Me lo pedías en susurros, conteniendo la respiración mientras yo buscaba el lubricante. Y nunca te dije que yo esperaba esa madrugada tanto como tú.
Desde el primer día me pidió una foto para presumir ante sus amigas. Nunca imaginé hasta dónde llegaría su placer por exhibirme delante de otras.
Acordamos vernos temprano, cuando todavía no había nadie. Lo que empezó como otro de nuestros juegos por mensajes terminó siendo algo que no pude sacarme de la cabeza en todo el día.
Firmé mi renuncia sin mirar atrás. Esa noche sería el último polvo de mi vida como hombre, y pensaba aprovecharlo antes de empezar a ser quien Carla siempre quiso.
Dejé la cortina entreabierta a propósito. Esa tarde no era solo para Adrián y para mí: alguien más esperaba el espectáculo desde el otro lado de la calle.
La primera tarde aún no había deshecho la maleta y ya sabía que allí nadie apartaría la vista. Y lo peor era esto: a mí empezaba a gustarme.
Me puse el vestido vino que él había elegido, respiré hondo y entendí que esa noche sería el verdadero regalo: sentirme, por fin, la mujer que siempre fui.
Fui a su casa para que dejara en paz a mi pareja. Salí de allí sabiendo que volvería el domingo siguiente, y el otro, y todos los que vinieran.
Llevaba cinco años acostándome con hombres y, de rodillas otra vez, hice la cuenta exacta de cuántos habían pasado por mi boca. Esa noche entendí que algo se había roto.
Había un único límite que Marisa nunca cruzaba, y yo había aprendido a respetarlo. Hasta que una mañana, desayunando, se me ocurrió la manera de saltármelo sin que ella sufriera.
Me miro en el espejo con el liguero y las medias de rejilla, y sonrío: perdí la apuesta y sé exactamente lo que él va a pedirme esta tarde.
Las paredes eran de papel. La oímos gemir en el cuarto de al lado y entendimos que nos había estado escuchando todo el tiempo, esperando una invitación.
Nadie en el supermercado, en la farmacia ni en la panadería imaginaba lo que escondía bajo la ropa. Y esa era justo la parte que más me excitaba.
Me había pasado años cuidando que nadie la mirara de más. Esa tarde, escondido entre las hierbas altas, no podía dejar de mirar yo.
Cruzamos esa puerta sabiendo que, al hacerlo, dejábamos de tener voluntad propia hasta el lunes. Ninguno de los dos quiso dar marcha atrás.
Creíamos que jugábamos a escondidas en la arena, hasta que un extraño se acercó y nos confesó que llevaba horas observándonos. Y traía una propuesta.