El doctor que no supo dónde terminaba el examen
Natalia tenía las piernas abiertas en la camilla y el doctor fingía aplicarle crema. Yo miraba desde el rincón, inmóvil, sin querer que parara.
Natalia tenía las piernas abiertas en la camilla y el doctor fingía aplicarle crema. Yo miraba desde el rincón, inmóvil, sin querer que parara.
Bajé hacia ella y lo sentí de inmediato: ese sabor que no era suyo. Supe en ese instante lo que había pasado, pero no dije nada. Seguí.
Cuando el extraño del asiento de al lado empezó a mirar sus piernas, ella no cerró las rodillas. Yo tampoco hice nada para detenerlo.
Veinte años, virgen, y paralizada en el pasillo cuando lo vi por la rendija. Lo que pasó esa noche no fue lo que esperaba, pero fue exactamente lo que necesitaba.
Daniela eligió la falda más corta que tiene y entró al estudio como si fuera la dueña del lugar. Cuando salí, ellos no esperaron ni dos minutos para empezar.
Valeria tardó diez minutos en agarrar el valor para bajar del auto. Cuando se paró bajo la farola, yo miraba desde el retrovisor sin poder respirar.
Sofía lo llamó «el juego» y lo explicó con esa calma suya que lo hacía todo parecer normal. Nadie dijo que no. Nadie quería ser el primero en decirlo.
Cuando la vi cruzar la terraza con esa expresión que conozco de memoria supe que las palabras no iban a ser suficientes. Por suerte llevaba su arma favorita en el bolso.
Él salió del baño y la encontró como la había dejado: rendida sobre la sábana, marcada con sus huellas. Las nalgas enrojecidas eran su firma en ella.
Después de años con ese secreto, lo dije de golpe: mi esposa se acostaba con otros y yo lo sabía. Lo que vi en los ojos de mi tío no era juicio, sino algo más oscuro.
Cada vez que Marcos encendía la cámara, creía que controlaba el juego. Esa noche, al abrir la puerta, descubrió que siempre había sido la pieza que otros movían.
Cuando apuntó la cámara por primera vez, se dijo que era la última. Seis semanas después, aún seguía grabando. Y Laura seguía sonriendo desde el otro lado del objetivo.
No planeé serle infiel a Esteban. Pero Diego tenía algo que me desarmaba con cada conversación, y el día que puso su mano en mi rodilla mientras manejaba, ya era tarde.
No supe si lo que sentí fue celos o excitación. Probablemente las dos cosas a la vez, y eso me asustó más que cualquier otra cosa.
Me habían advertido: sin líos con mujeres locales. Nadie me dijo que las mujeres de los expats tampoco serían fáciles de evitar.
Él me hablaba de ella desde hacía meses. Una tarde nos la cruzamos en la calle y todo lo que habíamos fantasiado dejó de ser una fantasía.
Cuando Roberto señaló que yo era el marido, el señor Kanamoto sonrió por primera vez. Entendí entonces que mi papel esa tarde no iba a ser el de esposo.
Cuando vi las luces de esa camioneta parpadeando en el estacionamiento, supe que el desayuno familiar iba a esperar.
Llevaba más de treinta años con mi cuerpo y nunca me había mirado así. Fue su comentario el que lo desató todo. Puse el espejo en la cama y abrí los ojos.
Era la mujer de mi colega: cuarenta y pocos, un cuerpo que imponía desde el marco de la puerta. Esa noche también quiso elegir a los dos.