Mi ex cumplió su fantasía con el camarero
Pensé que solo estábamos jugando bajo la mesa, hasta que me besó con la boca llena de la corrida de otro hombre.
Pensé que solo estábamos jugando bajo la mesa, hasta que me besó con la boca llena de la corrida de otro hombre.
Apenas cerró el auto en ese descampado, supe que no íbamos a volver a casa tan rápido.
Llevaba meses fantaseando con verla en manos de otro. Cuando Damián cerró la puerta esa madrugada, mi mujer se giró hacia Rubén con esa cara que yo solo conocía en la cama.
Lo leí durante semanas, me toqué pensando en su voz y, cuando lo vi salir por la terminal, supe que esa espera iba a terminar mal.
Mi esposa me ordenó calentar el salón, abrir la puerta y escuchar cómo otro hombre la usaba mientras yo obedecía en silencio.
Cuando vi sus sandalias sobre la cama supe que algo había cambiado, pero no imaginé que esa noche terminaría respirando pegado a sus plantas.
Después de tragarme su corrida, cenamos desnudos en mi cocina... y el helado terminó donde los dos estábamos deseando.
Fuimos de la mano hasta la casa del otro tío. Le di un beso en el portal, le dije que me esperara cerca y subí a hacer lo que llevábamos semanas fantaseando juntos.
Empezó con desayunos, miradas y una casa en silencio; terminó cuando su voz tembló al pedirme que cerrara la puerta de mi cuarto.
Me escribió meses después de mi ruptura, habló de mi polla sin rodeos y esa misma noche acabó arrodillada delante de mí con una propuesta indecente.
Volvimos sudados, medio borrachos y demasiado excitados; cuando las puertas quedaron abiertas, nadie durmió como había planeado.
Se dejó caer en el sofá con esa calma tramposa, y cuando mis manos bajaron por su espalda supe que no iba a detenerme.
Después de un error mínimo, su castigo no terminó en lágrimas, sino en una ducha donde la obediencia se volvió hambre pura.
Salí de la oficina bajo el abrigo, con el cuerpo lleno de vibraciones y la certeza de que esa noche no dormiría sola.
Cerré los ojos para relajarme, pero cuando sus manos bajaron por mi espalda supe que esa noche no iba a terminar durmiendo.
Le quemó el pantalón por reírse de él, y cuando la alcanzó, ella supo que iba a pagar su travesura con el cuerpo entero.
Cuando cerré la persiana, ella ya sabía que la estaban mirando y, en vez de asustarse, me pidió que no encendiera todas las luces.
Lo noté nervioso detrás de mí, con las manos en mi cintura y una pregunta que podía cambiar la noche entera.
Empapados, a oscuras y demasiado cerca, entendí que pedirle que se quedara era dejar de fingir lo que llevaba meses imaginando.
Todo empezó con una copa frente al mar y una pregunta inocente; terminó con cuatro adultos cruzando fantasías que ya no podían seguir callando.