La confesión de hotel que nos cambió para siempre
Creí que me esperaba una noche romántica, pero al abrir la puerta del hotel encontré a un desconocido mirándome como si ya supiera lo que iba a hacerme.
Creí que me esperaba una noche romántica, pero al abrir la puerta del hotel encontré a un desconocido mirándome como si ya supiera lo que iba a hacerme.
Creí que solo íbamos a besarnos después de la fiesta, hasta que vi a otra mujer desnudándose a pocos pasos y decidí no echarme atrás.
Salí de casa con una condición: portarme como la puta que los dos llevábamos meses imaginando.
Cuando vi cómo ella miraba a mi novio, pensé que iba a enfurecerme; en cambio, sentí ganas de empujarla hacia él y mirar de cerca.
Creí que aquella noche había sido única, hasta que me invitaron a su casa y entendí que todavía querían usarme, mirarme y hacerme correr otra vez.
Creí que la cena terminaría con mi esposo en la cama, hasta que él pidió que otro hombre me hiciera suya frente a sus ojos.
Apenas cerré la puerta de casa, él ya me estaba dando la vuelta, vendándome los ojos y ordenándome obedecer sin hacer una sola pregunta.
Cuando vi al corredor detenerse frente a la puerta abierta, supe que no íbamos a parar; ella ya estaba demasiado caliente para fingir pudor.
Cuando abrió la puerta y vio a su ex en el porche, supe que otra vez iba a perderla delante de mis ojos.
Empezó con besos por una apuesta tonta, pero cuando vi a mi novia abrirse de piernas delante de todos, supe que la noche ya no tenía vuelta atrás.
Después de aquella primera mamada en el coche, supe que con él no iba a conocer un romance tranquilo, sino una obsesión cada vez más caliente.
La agarré por atrás en la cocina, la senté en la mesada y todavía no sabía que una desconocida había entrado esa mañana a mi oficina a decir su nombre.
Mi novia se quitó el bikini delante de nuestros amigos y, cuando vi cómo la miraban, supe que esa noche iba a follármela con otra hambre.
Me presenté sin avisar, vestida para provocar. Lo que no imaginaba era que el hermano de mi novio aprovecharía cada segundo que pasamos a solas.
Cada vez que íbamos a esa casa, mi marido encontraba un rincón para pararme, bajarme la ropa y susurrarme al oído el nombre de Damián mientras sacaba el móvil.
Eran las tres de la madrugada y yo no podía dejar de mirarte dormir. Quería tocarte, pero sabía que te dolía. Así que se me ocurrió otra cosa.
Cuando bajé las escaleras del bar, supe que aquel hombre me miraba sin disimulo. Y lo peor era que yo, con cada paso, quería que mirara más.
Sabía a lo que íbamos antes de subir al coche, pero me dejé llevar igual. Aquel chalet apartado, la piscina vacía y dos hombres que no me quitaban los ojos de encima.
Salí de casa sin ropa interior, con la cámara de mi marido apuntándome. Él no buscaba el paseo: buscaba que alguien me viera y se quedara con las ganas.
Don Rómulo me miraba las nalgas cada vez que me agachaba en su tienda. Esa tarde le pasé mi número, sin saber que mi marido lo estaba esperando con la cámara lista.