La pareja que nos inició volvió a casa
Apenas cerré la puerta, una silueta pelirroja se colgó de mi cuello y me besó como si no hubiera pasado el tiempo. La bienvenida apenas empezaba.
Apenas cerré la puerta, una silueta pelirroja se colgó de mi cuello y me besó como si no hubiera pasado el tiempo. La bienvenida apenas empezaba.
Bajé la voz para contarle cómo un austríaco me fotografió desnuda en la playa, sin imaginar que esa historia nos empujaría a vivir lo mismo las dos juntas.
Le dije a mi marido que solo íbamos a tomar unos tragos con otra pareja. En realidad llevaba toda la semana planeando lo que terminaría pasando en ese departamento.
Me besó el cuello, me miró a los ojos y soltó la frase que llevaba semanas guardando. No era una pregunta: era una invitación a romper todas las reglas.
Habíamos sido el primer amor el uno del otro. Diez años después ella volvía al pueblo, y yo aún no sabía que esa noche aprendería a odiar la sonrisa fácil de mi mejor amigo.
Salí mojado de la ducha pensando que era mi madre quien tocaba el timbre. Pero al abrir la puerta estaba ella, la única mujer que nunca pude sacarme de la cabeza.
Llegué a terapia hecha pedazos. La única forma de entender cómo lo perdí era volver a esa noche en que fui suya por completo, sin saber que sería la última.
Hacía casi treinta años que la conocía. Fue mi novia, mi amor imposible, la madrina de mi hija. Esa noche entró al baño envuelta en una toalla y la dejó caer.
«Vino a ver a su novio, el doctor», le dijo la recepcionista. Damián no tenía novia. Pero cuando ella describió el sonrojo de la visitante, supo exactamente quién lo esperaba dentro.
Lo había enterrado bajo años de oposiciones y rutina, pero bastó que pronunciara mi nombre desde el otro lado de la barra para que mi cuerpo recordara lo que mi cabeza quería olvidar.
La noche que me echó de casa soñé con mi propio cadáver pudriéndose en un taller vacío. Desperté empapado en lágrimas, con ella dormida a un palmo de mi piel.
Cinco años después la vi empujando un carrito con una niña dentro. Bajó la mirada y salió corriendo. Ninguno de los dos quería recordar lo que grabamos juntos.
Salí del baño con el bikini a medio desabrochar y él estaba ahí, secándose el pelo. Nos quedamos congelados. Lo que pasó después todavía me hace sonreír.
Llevaba meses imaginando sus manos, su perfume, su voz. Nunca pensó que una tormenta bastaría para que dejaran de fingir que no se deseaban.
Desperté con el olor a café y supe que esos dos días encerrados con ella, mientras llovía afuera, iban a quedarse grabados en mí para siempre.
Cuando me dijo que hacía años que no disfrutaba del sexo, lo normal habría sido despedirme. En cambio acerqué la mano a su pierna y ella no la apartó.
Llevábamos treinta años cruzándonos por casualidad. Aquella tarde de lluvia, en la cola de la farmacia, ella me miró distinto. Y yo también.
Llegaron al rancho buscando un colchón donde pasar la noche. Lo que no esperaban era el relato que los dos hermanos guardaban desde hacía años, ni las ganas con que se lo iban a contar.
Lo había odiado durante años, pero al verlo sentado en aquel café lo único que sintió fue calor entre las piernas y unas ganas que creía enterradas para siempre.
La conocí en un bar de mala muerte y, a los treinta, creía saberlo todo sobre el sexo. Esa señora me demostró en una sola noche que no sabía nada.