La noche en que decidí quedar embarazada
Apreté las piernas alrededor de su cintura justo cuando se corría. No fue casualidad: yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y lo quería.
Apreté las piernas alrededor de su cintura justo cuando se corría. No fue casualidad: yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y lo quería.
Hacía años que ningún hombre me miraba como él desde el balcón de al lado, y esa tarde descubrí que yo tampoco quería dejar de ser mirada.
Treinta años de amistad y nunca había pasado nada. Hasta que un grifo reventó, la camiseta se le pegó al cuerpo y me dijo: «Quítate la ropa».
Llevaba años escribiendo orgasmos para desconocidos sin rostro. Aquella madrugada, por primera vez, alguien al otro lado de la pantalla quiso saber cómo se llamaba de verdad.
Reconocí su cara en el semáforo y supe que esa semana de trabajo no terminaría como las demás. Solo me faltaba una excusa para tocar su puerta de noche.
Volví corriendo por el encargo de mi abuelo y, a mitad de la escalera, una ventana entreabierta me mostró lo que jamás imaginé ver de mi madre.
Antes de la alianza en el dedo hubo una década entera de tardes a oscuras y faldas que caían al suelo. Estas son las mujeres que nunca pude olvidar.
Tenía el turno de noche y una sola regla: no mezclarme con los huéspedes. La rompí la primera madrugada, y luego cada noche de aquella semana imposible.
No recordaba su nombre ni su cara, pero en cuanto dijo «tengo casa con piscina» supe perfectamente cómo iba a terminar esa noche.
Tenía veinte años y nunca había visto a un hombre desnudo cuando Mariela me llevó de la mano hasta la pared del fondo y susurró que mirara por la grieta.
Cuando le vendé los ojos no esperaba ver al viejo del balcón observándonos. Y en lugar de bajar la cortina, le ofrecí a mi novia.
Habíamos quedado para tomar algo sin más, como dos personas que se llevan bien. Lo que no esperaba era cómo terminaría esa noche de fiesta.
Su madre iba a misa los miércoles por la tarde, y ese hueco de media hora se convirtió en el secreto mejor guardado de toda la oficina.
Eran las tres de la mañana, ella se acurrucó más fuerte contra mí y mi mano encontró su piel. No había prisa, solo nosotros dos y el silencio de la ciudad dormida.
Trabajaba mientras la ciudad dormía encerrada, y el único momento mío era ese vagón vacío. Hasta que él dejó de pedirme el permiso y empezó a pedirme otra cosa.
Apreté el último tornillo, le di la vuelta y supe que algo había salido mal. Lo que no imaginé fue cómo terminaría aquella siesta frustrada.
No recuerdo sus nombres, pero llevo años sin poder olvidar sus caras. Ni sus cuerpos. Y sobre todo no me perdono haber disfrutado tanto de aquella noche.
Aquella mañana salí a pedalear todavía caliente por la noche anterior. No imaginé que me detendría en la ruta a buscar exactamente lo que me faltaba.
Nadie sospecha de la mujer respetable que finjo ser de día. Solo tú sabes lo que susurro cuando volvemos a quedar a solas, copa en mano.
El vaivén del autobús nos pegó tanto que su mano quedó justo donde no debía, y ninguno de los dos hizo nada por evitarlo.