Cómo terminé desnuda en la partida del jefe de mi marido
Cinco amigos del jefe, una casa alquilada y una partida de póker. Diego sabía cómo iba a vestirme en cada pasada; lo que nadie sabía era cómo terminaría la noche.
Cinco amigos del jefe, una casa alquilada y una partida de póker. Diego sabía cómo iba a vestirme en cada pasada; lo que nadie sabía era cómo terminaría la noche.
Cuando volvió corriendo al coche, todavía pensaba dejarlo en la estación. A las tres de la mañana lo tenía pegado a mi espalda, buscándome bajo la sábana.
Dejé la ropa interior secándose a la vista, repartí mis juguetes por el departamento y esperé a que tocara el timbre. El resto fue cuestión de provocarlo.
Crucé miradas con el conductor por el retrovisor, vi el cordón amarillo balanceándose junto al espejo y supe que esa noche no terminaba en mi ducha.
Marqué el número que me dio en la ruta sin saber su nombre. En dos horas estaría en mi puerta, y yo ya me había puesto la peluca rubia y los tacones más altos.
Estaba distraída con el móvil cuando sentí sus manos en mis costillas. Esa noche, en el patio, no quedó nada inocente entre nosotros.
Vino a mi casa a estudiar, pero yo llevaba un top sin sostén y una idea muy clara. Esa tarde descubrí cómo cogía el chico más tímido de la facultad.
Siempre es tan serio frente a los demás. Nadie imagina que basta una mirada suya para que yo baje la vista, me acerque y me arrodille sin que tenga que pedírmelo.
Me arreglé como para una cita sin admitir que lo era. Cuando él abrió la puerta sin camisa, supe que esa noche algo en mí iba a cambiar para siempre.
Sabía que tarde o temprano vendría a buscarme. Solo tenía que esperar bajo la farola y dejar que su culpa hiciera el resto del trabajo por mí.
Pensé que solo iban a apartar la nieve y se irían con un chocolate caliente. Pero cuando cerré la puerta del salón, sus miradas me dejaron claro que la tarde no había terminado.
Lo dejé al borde toda la noche, una y otra vez, sin permitirle terminar dentro de mí. No era crueldad: era mi manera de garantizar el día siguiente.
Llovía, su casa estaba sola y yo tenía una sorpresa guardada. Nunca lo había hecho, pero esa tarde decidí que era el momento de averiguar a qué sabía el deseo.
Me desperté con una sola idea fija entre las piernas y un nombre en la boca. Esa mañana Pamplona entera me olía a sexo, y yo solo quería encontrarla a ella.
El parquímetro había expirado y él ya se arrodillaba con el inmovilizador. Me quedaban pocos segundos para convencerlo de otra manera.
«Sé quién eres en realidad», le dijo su vecina en el rellano. Esa madrugada, a oscuras y con un antifaz puesto, Daniel descubrió que ella tenía un plan que jamás habría imaginado.
Hay confesiones que se quedan atoradas en la garganta. Esta es una de ellas, y te la cuento tal cual pasó: sin vergüenza, sin filtros y con una sonrisa enorme.
Tengo cincuenta y tres años y dos pastillas azules en el bolso. Lo que no esperaba era que una desconocida las viera caer al suelo.
Bajó la copa, lo miró a los ojos y supo que esa noche no habría vuelta atrás: dos años de aguantarse cabían en el silencio de su apartamento.
Pagué la entrada, elegí la cabina del fondo y me senté en la penumbra a esperar. No buscaba una cara ni un nombre: buscaba el morbo de no saber quién estaba al otro lado.