Acepté el plan a la cabaña y no me arrepiento de nada
Cuatro mujeres, nueve hombres y una cabaña con piscina. Subí a la van sabiendo que algo iba a pasar, pero no que iba a entregarme a todos sin pensarlo dos veces.
Cuatro mujeres, nueve hombres y una cabaña con piscina. Subí a la van sabiendo que algo iba a pasar, pero no que iba a entregarme a todos sin pensarlo dos veces.
Mi mujer bajó al baño del avión detrás de la azafata y volvió despeinada, con una confesión que me dejó duro y con ganas de mucho más.
Bajé a la cocina prácticamente desnuda, con tres desconocidos arrodillados en mi salón y mi pareja al otro lado de la pared. Lo que no sabía era que él lo estaba grabando todo.
Cuando el pueblo entero dormía la siesta, Camila se paró en medio de la calle vacía, se mordió el labio y nos preguntó cuál de los cinco se animaba primero.
Pensé que solo serían unas fotos más. No imaginé que las manos de los tres terminarían recorriéndome a la vez, ni que yo me dejaría llevar sin pensar en mi marido.
Toqué la puerta de madera esperando a mi padre, pero quien me abrió fue el capataz, con una sonrisa distinta. Y entonces me dijo que él no estaba.
No planeabas trabajar ese día, pero el mensaje sonaba a una orden. Lo que no sabías era que tus compañeras llevaban semanas esperando verte entrar así.
—Solo a mirar —susurró ella en la puerta del club. Pero las manos de desconocidos ya buscaban su piel, y yo era incapaz de apartar la vista o de detenerlo.
Cuando la furgoneta frenó detrás de mí en plena madrugada, supe que esa noche no iba a terminar como cualquier otra. Y, para mi sorpresa, no quise que terminara.
Nunca me habían dado un masaje solo en los pechos, y mucho menos con mis cuatro amigas mirando desde el borde de la piscina, esperando su turno.
En el coche solo llegaba la luz de una farola lejana y una desconocida que me agarró del culo apenas cerré la puerta. La noche todavía no había empezado de verdad.
Bajé las escaleras desnuda, les sonreí y solo puse una regla: subir sin ropa. Eran once, sudados y necesitados; yo llevaba demasiado tiempo viuda.
Yo solo iba de acompañante, lo juro. Pero cuando los dos entraron en la terraza, idénticos y sonriendo igual, supe que esa noche no me iba a portar bien.
Vino a comprarme el libro y se sentó en mi regazo dándome la espalda. «Léelo despacio, en voz alta», le pedí, mientras mis dedos empezaban a bajar por su vientre.
Una sola mirada en el supermercado bastó para que dejara las bolsas tiradas y la siguiera escaleras arriba. No sabía su nombre, pero ya la deseaba.
Cada vez que Noa apartaba la mirada, Marina la observaba en silencio, convenciéndose de que mirar las piernas de su mejor amiga no significaba nada.
Cuando me dijo que llevaba tres días con la regla no aparté la mano: la acerqué más, porque su sinceridad fue el principio de todo lo que vino después.
«Cuidado con lo que deseas», dicen. Yo lo deseé tanto que una noche, en la penumbra de una sala vacía, una desconocida me enseñó lo que llevaba años fingiendo no querer.
Aceptó seguirla con el coche sin saber muy bien por qué. Solo sabía que, mientras conducía detrás de ella, algo se encendía dentro de su cuerpo.
Cuando Mariela tomó el micrófono y dijo que el local quedaba cerrado para nosotras solas, entendí que esa noche ninguna iba a volver a casa siendo la misma.