El traje de látex que cambió nuestras noches
Cuando salió del dormitorio enfundada en aquel látex negro, con la coleta tirante y los tacones altos, supe que esa noche no íbamos a dormir temprano.
Cuando salió del dormitorio enfundada en aquel látex negro, con la coleta tirante y los tacones altos, supe que esa noche no íbamos a dormir temprano.
Sabía que aquellos dos hombres la despreciarían en cuanto cruzara la puerta, y eso era justo lo que la hacía volver una y otra vez a por más.
No tuve que leer su nombre para saber que esos pantalones verdes que describía con tanto detalle eran los míos. Y supe, en ese instante, que iba a hacerlo suplicar.
La echaron de la mansión por pedir demasiado. Caminando perdida en la noche, el hedor de un camión de basura le hizo sonreír: por fin alguien hablaría su idioma.
Bajó las escaleras de aquella consulta sabiendo que no saldría siendo la misma mujer: tres pares de manos la esperaban para recordarle lo que de verdad era.
Centella me sujetó contra la pared de la cabina, sus pechos contra mi cara, y susurró que aprendiera a quedarme quieta y a obedecer cada orden.
Subió descalza al autobús con las zapatillas en la mano y, al fondo, un desconocido no podía apartar los ojos de sus pies desnudos sobre el asiento.
Llevaba años persiguiendo este momento en aeropuertos y trenes, pero nunca imaginé que una desconocida me dejaría adorar sus pies descalzos en pleno vuelo.
Solo iba a tocarlo un instante, por lástima. No imaginé que ese viejo de manos enormes terminaría dándome órdenes mientras yo obedecía sin resistir.
Me ofreció el doble de sueldo que cualquier otro. Lo que no figuraba en el contrato era todo lo que su mano apretándome el hombro me estaba exigiendo.
La tienda quedó vacía de golpe, y al asomarse a los probadores Diego no imaginó que esa tarde alguien lo observaría a él mientras él miraba sin permiso.
Llevaba tres meses cuidando ese trabajo como oro. Esa mañana, sola con él antes de abrir, descubrí cuánto me gustaba que alguien me dijera qué hacer.
Me dijo que esa espera no se pagaba con plata. Y yo, en lugar de bajarme del taxi, me quedé a averiguar con qué quería que se la pagara.
Llevábamos dos semanas sin tocarnos. Esa tarde, con la casa por fin vacía, descubrí que el olor de su cuerpo dormido podía convertirme en otra mujer.
Nunca me atrajo, pero cada mensaje suyo me dejaba más caliente que el anterior. Y esa noche, con mi marido a unos metros, dejé de resistirme.
Cuando me dio la espalda para sacar las fotocopias, su mano subió por mis medias como si tuviera derecho a hacerlo. Y yo no dije que no.
La noche que lo esperé con la blusa entreabierta, supe que ya no era la misma mujer: me había rehecho entera para encender el deseo de un solo hombre.
La adrenalina me subía con solo pensarlo: salir de noche a una zona apartada y dejar que hombres que no conocía me usaran como quisieran. Sabía los riesgos.
Llegó al picadero como una semiprofesional de modales perfectos. Tres clases después, era ella quien me ponía la fusta en la mano y me pedía que no fuera flojo.
Nuria llegó a la consulta para que la curaran de su lujuria; salió habiéndole enseñado a la joven doctora que algunas calenturas no se curan, se obedecen.