Mi marido negoció mi precio con el dueño del club
Cuando me contó que había negociado mi precio sentado en la barra, debí indignarme. En cambio sentí que el coño me temblaba imaginando la escena.
Cuando me contó que había negociado mi precio sentado en la barra, debí indignarme. En cambio sentí que el coño me temblaba imaginando la escena.
Llevaba años guardando esa fantasía sin contársela ni a mi marido. Esa madrugada, en una casa que no era la mía, dejé de imaginarla y empecé a vivirla.
«Ven a las once a la zona norte del estacionamiento. Nada de palabras.» Una nota anónima, una máscara de monja y una mujer que tal vez no fuera la suya esperando contra el coche.
Cuando Marina los llevó al sofá y les pidió que empezaran sin prisa, supe que esa cena con la pareja del gimnasio no iba a terminar como cualquier otra noche.
Llegamos nerviosos, con la excusa de unas copas. Media hora después estábamos los cuatro desnudos en la piscina y ya nadie hablaba de irse temprano.
Tardé semanas en convencerlo, pero la noche que Damián llegó con una botella de cava entendí que mi marido llevaba tiempo deseando lo mismo que yo.
Habían ido buscando acción y el local estaba muerto. Hasta que una pareja tímida se quedó en la barra sin saber dónde se había metido.
Cada mañana se iban juntos a clase de surf y volvían demasiado unidos. Yo solo miraba, hasta que una noche en el porche dejé de querer mirar.
Cuando Sonia cerró la puerta del camarote y mi esposa entró en el de enfrente, supe que esa noche cruzaríamos una línea de la que no habría vuelta atrás.
Solté lo del trío para callarlo, convencida de que retrocedería. En vez de eso, Adrián convirtió mi farol en una misión, y yo empecé a temblar cada vez que lo mencionaba.
Me puse el vestido azul que Nadia eligió para mí, sin nada debajo, y subí a cubierta sabiendo que esa noche no habría una sola línea que no estuviera dispuesta a cruzar.
Amo a mi esposa y sé que ella me ama. Por eso nunca entendí por qué la idea de verla entregarse a otro hombre se volvió la fantasía que no podía sacarme de la cabeza.
Vagábamos disfrazados de monjes cuando el bosque nos escupió frente a una posada de carnes generosas y vino sin fondo; lo que pasó dentro no cabe en penitencia.
Apenas cerré la puerta, una silueta pelirroja se colgó de mi cuello y me besó como si no hubiera pasado el tiempo. La bienvenida apenas empezaba.
Acepté por él, porque era su fantasía. Pero cuando las manos de los dos me recorrieron a la vez, aquello dejó de ser solo suyo y se volvió mío.
La encontré esperándome en la cama, pero esa noche no la quería solo para mí. La saqué al pasillo, desnuda, justo frente a la puerta donde dormía mi amigo.
Marina aceptó la invitación sabiendo a lo que se exponía. Lo que no imaginaba era que un simple masaje con crema solar terminaría rompiendo todas sus reglas.
Su marido solo tenía ojos para el escote de la otra. Marina y yo nos miramos desde el otro extremo del salón y, sin decir nada, ya nos lo habíamos dicho todo.
Llevábamos meses con nuestro juego secreto, pero cuando Bruno cerró la puerta del hotel y Tomás se sentó a mirar, entendí que esa noche ya no había marcha atrás.
Empezó como un juego de palabras en la cama. Terminó conmigo subiendo al coche de otro hombre, mientras mi marido esperaba dentro del casino sabiéndolo todo.