Dejé que el chico de la tienda me llevara a casa
Lo escuché por teléfono decir «esta vieja ya está lista». Tendría que haberme ofendido. En lugar de eso, sentí que me mojaba entera contra la barra.
Lo escuché por teléfono decir «esta vieja ya está lista». Tendría que haberme ofendido. En lugar de eso, sentí que me mojaba entera contra la barra.
Me deslizó un papelito en la mano al levantar el plato. Lo leí en la habitación: era su número. Y supe que esa noche no iba a quedarme sola.
Empezó con un mensaje sobre un relato mío. Terminó conmigo en la cama, a oscuras, obedeciendo cada cosa que ella escribía desde el otro lado de la pantalla.
No miento sobre mi edad ni sobre el gimnasio, pero en ese sillón reclinado todo eso deja de importar. Solo queda la presión suave de su cuerpo contra el mío.
Nunca lo he hecho, pero conozco cada detalle: el café, el ascensor, sus manos. Esta es la fantasía que se repite y que nunca me animo a contar en voz alta.
Subía a su cuarto, abría el clóset y se cambiaba sabiendo que la mirábamos desde la calle. Yo era el más chico del grupo, pero fui el primero en cruzar su puerta.
Me había jurado que su virginidad era innegociable. Esa mañana, en el departamento que un amigo me prestó, me demostró hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Tenía sesenta años y un matrimonio dormido cuando noté que el chico de la casa de al lado me espiaba entre los setos. No me tapé. Le seguí el juego.
Lo había visto una sola vez y no pude olvidar su cuerpo. Cuando supe que él también me buscaba, esperé a que mi madre saliera a trabajar y lo dejé entrar.
Pensé que el merendero estaría vacío con esa lluvia. Entonces apareció ella, me pidió fuego y, dos horas después, dejó que su vestido resbalara hasta el suelo.
Sabía que él me deseaba desde hacía meses, y yo no iba a parar hasta tenerlo en mi cama. Lo que no calculé fue quién nos descubriría después.
Creí que estaba solo entre la ropa tendida. Hasta que una voz a mi espalda me preguntó si me gustaban sus pantaletas, y supe que ya no había vuelta atrás.
Solo quería ser amable y subir sus bolsas hasta el departamento. Ella me ofreció un refresco, se cambió de ropa y dejó la puerta de su cuarto entreabierta.
Lo guardé más de una década. Todo empezó por un par de medias blancas y terminó en un auto, a las dos de la mañana, con la última persona con la que debía meterme.
Empezó con un tobillo torcido en la cancha y terminó muchas semanas después, una noche en que su casa quedó vacía y ya no hubo motivos para frenar.
Quería sorprenderlo en la ducha, como cada tarde. Me deslicé desnuda detrás de esa espalda ancha y, cuando empezó a girarse, entendí que no era mi novio.
Volví por Bryan, pero fue Andrés quien me detuvo en plena calle, me agarró con descaro y me citó al día siguiente. Yo ya sabía lo que iba a pasar y no hice nada por evitarlo.
Estaba furiosa, temblando, con una botella casi vacía a mi lado. Marqué su número a las tres de la madrugada solo para escucharlo respirar al otro lado de la línea.
Me había acostumbrado a que me miraran, pero aquella tarde, sola en la cascada, decidí que esta vez no iba a taparme cuando lo descubriera escondido entre los árboles.
Llevaba años mirándola como no debía. Aquella noche, tras pillarla con otro, subió a mi coche sin saber que yo también escondía un secreto.