Crucé el pasillo desnuda hasta el cuarto de mi padre
Cuando crucé el pasillo, escuché crujir bajo mis pies cada uno de mis tabúes. Llegué a su puerta sin ropa, solo con el cabello sobre los hombros.
Cuando crucé el pasillo, escuché crujir bajo mis pies cada uno de mis tabúes. Llegué a su puerta sin ropa, solo con el cabello sobre los hombros.
Salía de la ducha cuando llamaron a la puerta. Pensé que era ella otra vez; era él, con dos bolsas en las manos y una mirada que no dejaba lugar a dudas.
Descubrí que algunos hombres se paraban frente a las rendijas de los privados, respirando agitados. Esa noche decidí darles algo que mirar.
Abrió la puerta apenas vestido, con esa sonrisa que ya no era la del cliente educado, y entendí desde el primer minuto que aquel aviso no iba a terminar con la junta del desagüe.
Cuando vi que la película que poníamos era porno, su mano subió por mi muslo y yo dejé de querer bajarme del sofá. Era mi hermano. Y esa noche lo hicimos todo.
Cuando vi ese consolador rojo escondido en su cajón, supe que no iba a poder olvidarlo. Lo que no sabía era que él ya me había grabado.
Lucía nunca quiso saber nada con un hombre. Camila era una bomba que volvía locos a los huéspedes. Yo solo tenía una pregunta que no podía guardarme.
Tenía veinte años cuando descubrí que las miradas pícaras de mi tía bajo la mesa eran solo el principio. Lo que vino después, en el baño de los abuelos, no lo conté nunca.
Lo conocí trayéndome los pedidos durante la pandemia. Nunca imaginé que él tendría la llave de la única fantasía que jamás me había animado a contarle a nadie.
Compartíamos cuarto en un hotel barato y un partido en la tele. Bastaron cuatro cervezas para que el otro me sacara una verdad que jamás pensé decir en voz alta.
Cuando abrió la puerta, lo primero que vio fue una mujer desnuda arrodillada frente a mí. Por un segundo dudó. Después soltó la cartera y empezó a desvestirse en silencio.
Volvíamos de la playa hacia el camping cuando una chica nos hizo dedo en mitad del camino. No sabía que esa noche iba a descubrir otra cosa.
Cuando entró en la ducha, no dijo nada. Solo apoyó sus pezones contra mi espalda y susurró que me dejara llevar. Mi mujer estaba a miles de kilómetros, con otro.
Cuando volví a dejarme caer en su cama, supe que esa mañana iba a ser distinta. Mi primo me miraba como si llevara meses esperando justo ese momento, y yo dejé de fingir.
Esa tarde no buscaba amor ni explicaciones; buscaba dos cuerpos distintos en una misma habitación de motel y la certeza de que nadie sabría jamás lo que pasó allí.
Pensé que solo lo espiaría un segundo, pero sus jadeos me clavaron al pasillo. Esa noche, cuando volvió borracho del bar, supe que iba a pasar algo irreversible.
Cuando salí del despacho, las dos hermanas me esperaban con una sonrisa cómplice que no era inocente. Supe que esa tarde no iba a comer pasta.
Cuando me propuso quedar para «comparar notas» sobre él, dije que sí sin pensar. No imaginé que el primer beso lo daríamos en el sofá del fondo de la cafetería.
Llevaba años imaginándolo viendo videos a escondidas. Una tarde, un mensaje en una página de contactos, y un desconocido subió a mi coche dispuesto a cambiarlo todo.
Cuando salí de la ducha con la toalla en la cintura, ella se acercó, me besó suavemente y dejó caer la tela. Su marido nos miraba desde el sofá con una sonrisa.