Mi marido me soltó en el club liberal esa noche
«La decisión es tuya, tú decides.» No me pude quitar esa frase de la cabeza en toda la semana, mientras mi cuerpo ya había decidido por mí.
«La decisión es tuya, tú decides.» No me pude quitar esa frase de la cabeza en toda la semana, mientras mi cuerpo ya había decidido por mí.
Habíamos hablado durante semanas por mensajes, pero nada me preparó para tenerlos a los dos frente al mar, con todas las reglas listas para romperse.
Abrí la puerta con un vestido fino y nada debajo. El chico que traía mis flores no sabía que el ramo era lo de menos esa tarde de calor.
Llevaba meses durmiendo al lado de una mujer que rezaba en vez de tocarlo. Entonces entró al consultorio de la veterinaria, y ella cerró la puerta con llave.
Nunca se habían visto en persona, solo fotos y mensajes cargados de deseo. Pero ella viajaba a su ciudad y, esta vez, la fantasía amenazaba con volverse real.
Entré a la clínica con la espalda destrozada por el trabajo. Salí con los pezones duros, el deseo desbordado y una dirección anotada en el móvil.
Llevaba meses sin que su marido la tocara. Esa noche, en la discoteca, vi un pequeño lazo rojo colgado de su blusa y entendí exactamente lo que significaba.
Lo esperaba con las maletas hechas para dejarlo. Pero cuando empezó a contarme lo que pasó con ella, descubrí que mi cuerpo reaccionaba distinto a mi orgullo.
Llevaba meses susurrándole al oído la misma fantasía. Esa tarde, frente a una cala desierta, dejé de imaginarla para verla cumplirse delante de mí.
Mujer pequeña, religiosa, casada en un pueblo donde todos hablan. Jamás imaginé que las fotos que mi marido guardaba en secreto terminarían recorriendo toda la región.
Terminé de vestirme en el borde de esa cama y entendí que ya no había vuelta atrás: la esposa abnegada había muerto y quería más, mucho más.
Su marido llegaba cansado y se dormía frente al televisor. Su jefe, en cambio, la miraba como si supiera exactamente lo que ella se imaginaba en la ducha.
Embarazada de dos meses, abrí el móvil y vi a mi marido con una compañera de trabajo. No lloré tanto como creía: empecé a contar cuántos polvos me debía.
Recibí su mensaje a las diez de la mañana y supe que esa tarde, con la casa vacía, le concedería justo aquello que su novia jamás le permitiría.
Cuando Damián deslizó los dedos por sus caderas, Marina entendió que su marido no la observaba con celos, sino con un deseo que ella nunca le había conocido.
Mi mujer salió a trabajar y yo me quedé solo con mis informes. Entonces escuché la llave en la cerradura y entró ella, sin avisar, con esa minifalda roja.
Habíamos sido el primer amor el uno del otro. Diez años después ella volvía al pueblo, y yo aún no sabía que esa noche aprendería a odiar la sonrisa fácil de mi mejor amigo.
Salí a despejarme con la botella de tequila todavía en la mano. No imaginaba que cruzarme con él en el pasillo lo cambiaría todo esa noche.
Cuando rozó su antebrazo al salir del restaurante, Marina supo que aquello no había terminado en la mesa. Era el mejor amigo de su marido.
Ella cruza la calle apretando los muslos, cuidando de no perder ni una gota de lo que él le pidió que llevara a casa. Su marido la espera despierto.