La noche en que cambiamos de pareja en la finca
Compré lencería para una noche a solas con mi esposa. Jamás imaginé que terminaría viéndola en brazos de otro hombre mientras la mujer de él se acomodaba en mi regazo.
Compré lencería para una noche a solas con mi esposa. Jamás imaginé que terminaría viéndola en brazos de otro hombre mientras la mujer de él se acomodaba en mi regazo.
Maldita la hora en que abrí la boca. Solo fue un pensamiento en voz alta, pero mi mujer ya tenía el teléfono de la otra en la mano y una sonrisa que no le conocía.
Subimos con dos botellas de champán y la idea de pasar un rato agradable. Nadie nos dijo que la familia de enfrente entendía las cenas de otra manera.
Llevaba un año escuchándola contar quién la tocaba mientras yo solo miraba. Esa nochevieja, con la copa en la mano, me susurró al oído que esta vez no me iba a quedar afuera.
Marina me vendó los ojos y susurró que esa noche eligiera yo. Tres mujeres me miraban desde la penumbra de la terraza, y mi corazón latía como un tambor.
Cuando Diego me pidió que me sentara entre los dos asientos, supe que aquel viaje todavía no había terminado y que esa noche ninguno de los dos iba a irse temprano.
Si aguantábamos cinco minutos, ellas competirían después. Lo que empezó como una broma entre amigos nos terminó dejando a los cuatro desnudos en la misma cama.
Nunca imaginé que aquella chica tímida de gafas, que se sonrojaba al hablar de sexo, terminaría desnuda y entregada en una jaima perdida del desierto.
Habíamos quedado cinco para esa tarde de verano. A las siete sonó el teléfono, uno de nosotros no venía, y aun así abrimos la puerta a dos desconocidos.
Solo me puso una condición: si no le gustaba él, no había nada. Lo que no esperaba era que, al final de la noche, fuera ella quien decidiera dejarme a solas con la otra.
El plan era solo tomar café y conocernos. Pero en cuanto se llevaron a Lucía a dar una vuelta en coche, supe que aquella tarde no iba a quedar en nada.
La puerta estaba entreabierta y, mientras espiaba a mi amiga con dos desconocidos, una mano me giró por la cintura. Era él. Y me sonrió como si ya lo supiéramos los dos.
Estábamos solos en la playa hasta que un hombre se detuvo en la orilla a mirarnos. Y en lugar de cubrirnos, decidimos darle algo que mirar.
Sabía que quería tirármelo desde el primer mensaje. Lo que no sabía era hasta dónde iba a llegar mi marido cuando los tres cruzáramos la puerta del reservado.
Carla rodeó la mesa despacio, se detuvo detrás de Marina y apoyó las manos sobre sus hombros. Nadie en esa cena pensaba terminar la noche como empezó.
Pensé que solo era una broma entre sábanas, hasta que ella pronunció el nombre de nuestro amigo más joven y me confesó que lo deseaba de verdad.
Subí a la moto sin saber pilotar y bajé de ella convertido en otro. Pero lo que de verdad me cambió pasó después, en la arena, lejos de las miradas... o eso creía.
Le había dado mi palabra: esa noche yo solo miraría. Pero cuando él la besó contra la pared del cuarto, supe que no podría quedarme quieto en la silla.
Idénticas hasta en el último gesto, esa noche cada una sedujo al novio de su hermana. Ellos jamás lo notaron, y el morbo de la farsa las cambió para siempre.
Le elegí yo el vestido: blanco, ajustado y sin nada debajo. Quería que fuera la más deseada de la cena, y todavía no imaginaba hasta dónde nos llevaría esa noche.