El proveedor que me enseñó a obedecer en silencio
Cuando me dio la espalda para sacar las fotocopias, su mano subió por mis medias como si tuviera derecho a hacerlo. Y yo no dije que no.
Cuando me dio la espalda para sacar las fotocopias, su mano subió por mis medias como si tuviera derecho a hacerlo. Y yo no dije que no.
La noche que lo esperé con la blusa entreabierta, supe que ya no era la misma mujer: me había rehecho entera para encender el deseo de un solo hombre.
La adrenalina me subía con solo pensarlo: salir de noche a una zona apartada y dejar que hombres que no conocía me usaran como quisieran. Sabía los riesgos.
Llegó al picadero como una semiprofesional de modales perfectos. Tres clases después, era ella quien me ponía la fusta en la mano y me pedía que no fuera flojo.
Nuria llegó a la consulta para que la curaran de su lujuria; salió habiéndole enseñado a la joven doctora que algunas calenturas no se curan, se obedecen.
Llevaba toda la tarde sin clientes cuando entró ella. Me arrodillé para calzarle un tacón y, con su pie desnudo entre mis manos, supe que no iba a poder parar.
Cuando me senté frente a él con la lista en la mano, ya sabía que no había ido a revisar materiales. Mi jefe me había enviado para conseguir el descuento, y yo era la moneda.
En cuanto él se puso al volante, Carmen supo quién mandaba: ningún beso ni caricia llegaría cuando ella lo pidiera, sino cuando él lo decidiera.
Acerqué la nariz a su pelo sin pensar, una vez, dos, tres. Cuando giró la cabeza y me preguntó si me gustaba, supe que ya no había vuelta atrás.
Bajé a su casa creyendo que era un favor cualquiera entre vecinos. Me recibió con una sonrisa que no admitía preguntas y una orden que no supe negarme a cumplir.
«No estamos haciendo nada, es un trozo de silicona», me dijo. Pero la forma en que me miraba mientras abría la caja decía exactamente lo contrario.
Se quedó dormida frente al televisor y yo sabía que no debía acercarme. Pero sus pies descalzos sobre el sofá eran una invitación que llevaba meses esperando.
Empezó como un juego con disfraz y botas altas, pero terminó conmigo de rodillas a las tres de la madrugada, incapaz de saciar lo que él despertó en mí.
Son las dos de la tarde, llevo horas acariciándolo y aún no le he dado permiso para correrse. Hoy mando yo, y él aprende a esperar.
Le grité que la reja estaba abierta para que entrara con las dos manos ocupadas. Lo que no anticipó fue la bombita que le esperaba justo al cruzar el umbral.
La conocí con veinte años y la deseé en silencio más de una década. Cuando volvió a aparecer, supe que esta vez no me conformaría solo con mirarla.
Bajé al embalse a huir del calor y terminé tumbado en la orilla, incapaz de moverme, mientras los dedos de una desconocida decidían a qué ritmo me rendía.
Adrián me indicaba cuántas tomar y en qué orden, y yo obedecía sin preguntar. No imaginaba hasta dónde estaba dispuesto a llevar el control sobre mi cuerpo.
Cuando la luz del baño se encendió de golpe me quedé inmóvil, con su bañador en la mano y sus ojos clavados en los míos. Supe que ya no mandaba yo.
Nunca me había fijado en los pies de nadie, hasta esa tarde calurosa en que ella estiró el suyo hacia mí y me preguntó, con una sonrisa, si me atrevía a tocarlo.