Me tocaba pensando en él cuando llegó su mensaje
El vibrador todavía zumbaba dentro de mí cuando su nombre apareció en la pantalla. Podíamos salir a dar una vuelta, sí, o podía subir y terminar lo que yo había empezado sola.
Relatos de encuentros y experiencias trans
El vibrador todavía zumbaba dentro de mí cuando su nombre apareció en la pantalla. Podíamos salir a dar una vuelta, sí, o podía subir y terminar lo que yo había empezado sola.
Siempre había reprimido ese deseo. Pero esa tarde, frente al espejo y con el maquillaje puesto, dejé de pelear contra la mujer que quería ser.
Cuando Nicolás subió a quejarse de la música, encontró a Valentina en el balcón con una camisola mojada y una sonrisa que no prometía nada bueno.
Cuando llegó su mensaje al celular, llevaba horas ardiendo de deseo. Me puse la lencería, los tacones y esperé. Esa noche no iba a dormir sola.
Tenía quince años cuando abrí el cajón de mamá. Lo que encontré dentro no era solo lencería: era la primera pista de quién era en realidad.
Me había prometido no salir de la habitación ese día. Pero cuando Daniela me escribió diciéndome que estaba cerca, supe que la noche iba a terminar diferente.
Tres compañeros de oficina la invitaron a quedarse después de las diez. No sabían que Camila tenía sus propias reglas para esa clase de noches.
Renata tenía un vestido casi transparente por el sudor y una sonrisa que no era de descanso. Nadie sabía bailar. Esa noche no importó.
Llevaba semanas soñando con lo mismo. Esa noche dejé de fingir y me miré al espejo por primera vez como realmente era.
Fui a aquella pensión como Tomás. La noche que don Federico me llamó Valeria por primera vez, ya no hubo manera de volver atrás.
Llevaba meses mirándolo en los vestuarios sin atreverme. Esa tarde, cuando me preguntó si quería subir a su casa, supe que era ahora o nunca.
Cuando cerré el cajón de mi madre con el baby doll celeste en la mano, supe que la chica que había subido las escaleras ya no iba a bajar igual.
Cuatro sobres con dinero, cuatro regalos sobre la mesa. Valentina sabía exactamente cuánto valía, y esa noche se lo iban a demostrar.
Llevaba años cargando mi mochila en el coche con toda mi lencería dentro, por si acaso. Ese jueves por fin llegó el momento.
El calor nos pegó los cuerpos antes de que pudiéramos pensarlo. Ella bailaba descalza y yo ya no podía dejar de mirarla.
Se asomó desde el balcón con una camisola empapada y una sonrisa torcida. Yo subí cuatro pisos sabiendo exactamente lo que iba a pasar.
Me había vestido para él en el baño del piso doce: peluca rubia, tacones imposibles y un corsé que apretaba todo lo que llevaba años escondiendo bajo la camisa.
Un año atrás él me llamaba ratita frente a sus colegas. Hoy se arrodilla en tacones rojos para besarme las botas y me dice Señora con la voz quebrada.
Bajé al patio del bar a las dos de la mañana porque en mi cuarto no se podía respirar. No imaginaba que terminaría siguiéndola hasta el cuartito de atrás.
Cuarenta y tres grados, las cuatro de la tarde, y ella asomada al balcón con la camisola pegada al cuerpo, sabiendo perfectamente que iba a hacerme subir cinco pisos.